Cuando tú, lector, lectora, haces como Inés Arrimadas, como la hija del policía, que pudiendo hablar catalán hablas la lengua de Justo Molinero estás ayudando, aunque no te lo parezca, un poco, a matar el catalán a pellizcos, a la sustitución lingüística y a la muerte de la lengua catalana, a la colonización cultural de los Países Catalanes y de Catalunya, a la castellanización del Oriente peninsular. Las lenguas que no se utiliza se mueren poco a poco y los yogures caducan en la nevera, la vida está hecha así. En cambio, cuando haces como Justo Molinero, que pudiendo hablar en castellano hablas la lengua propia de los catalanes, el catalán, estás ayudando a que continúe viva, a preservarla ecológicamente, a la continuidad histórica de la lengua catalana en territorio catalán, una continuidad que se remonta a los siglos VII y VIII, o lo que es lo mismo, una continuidad que no es más que la continuidad de la lengua latina en nuestro país, de la romanización que comenzó exactamente el año 218 antes de Cristo, cuando nuestros abuelos Escipiones desembarcaron en Ampurias durante la Segunda Guerra Púnica. La lengua catalana es el resultado histórico de dos mil doscientos años de civilización latina que vale la pena conservar. El catalán no es una curiosidad de la historia sino civilización.

Más allá de las buenas intenciones y de la hipocresía de algunos políticos, lo cierto es que el catalán está desapareciendo como la pesca merma en el Mediterráneo, como se derrite el hielo de los polos de la Tierra. Es tan natural y deseable para nuestra sociedad catalana, tan diversa y plural, tan chula ella, como la sobredosis de basura plásticas en nuestros mares o como la desaparición del lince en la Península Ibérica. Lo cierto es que el último InformeCAT2018, que realiza la Plataforma per la Llengua, cuantifica en 300.000 hablantes menos de catalán, sólo en Catalunya, durante los últimos quince años. A pesar de la tímida inmersión lingüística y el llamado proceso de normalización, tan criticados por las fuerzas políticas coloniales, lo cierto es que el catalán está enfermo y cada vez más marginado, cada vez más próximo al colapso. Si no se actúa pronto y de manera unánime y decidida, en Catalunya pasará lo que le ha pasado a Irlanda con el gaélico o en Occitania con el occitano: que se acabó lo que se daba. Que la lengua y la cultura catalanas ya no son operativas. Que es tanto como decir que se ha acabado Catalunya.

Las políticas culturales y lingüísticas que hablan de bilingüismo o de trilingüismo en las escuelas o del español como segunda lengua propia de Cataluña no hacen otra cosa que abusar de la buena fe de la opinión pública. No hay, en realidad, en el planeta ni una sola sociedad bilingüe. Que no os engañen diciendo que en Catalunya el español tiene carta de naturaleza histórica, porque hasta la Guerra Civil española la inmensa mayoría de los catalanes no sabía hablar esa lengua forastera. Cuando se cita maliciosamente el caso de Joan Boscà i Almogàver, de Barcelona, como prueba, no se dice toda la verdad. Es cierto que el gran escritor del siglo XVI se convirtió en el famoso Juan Boscán de la literatura española, pero es un caso absolutamente individual, comparable al de Samuel Beckett con el francés. La Barcelona de la época de Boscà era absolutamente monolingüe en catalán. Lo cierto es que todas las sociedades, todos los países, en los que conviven dos o más lenguas, presentan en realidad un estadio provisional, inestable, propio de una situación de colonialismo cultural en el que el pez grande se come siempre al chico. El bilingüismo, históricamente, nunca se mantiene mucho tiempo en un territorio ya que la naturaleza de las lenguas siempre es expansiva y cruel. Como ocurrió en Aragón cuando el español comenzó a convivir con el aragonés, o en Asturias con el asturiano. En los Países Catalanes o el catalán destierra de la vida pública y cívica las lenguas extrañas o desaparecerá sin remedio. Nuestra identidad colectiva no se defiende con buenas intenciones y buenas palabras conciliadoras. La pervivencia del catalán es a todo o nada.

Jordi Galves
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