Dentro de pocos días se cumplirán cuarenta y cuatro años de la primera victoria por mayoría absoluta del PSOE en las elecciones generales, aquella noche en que Felipe González y Alfonso Guerra salieron a la ventana, y según algunos cronistas se acabó la llamada Transición española. De estos cuarenta y cuatro años, el Partido Popular solo ha gobernado catorce y medio: ocho años de presidencia de José María Aznar, seis y medio de Mariano Rajoy. Durante todo el resto, poco más del doble, el Gobierno ha estado en manos del PSOE.
Es importante recordar este dato, porque hoy tanto el PSOE como sus socios quieren vender que son una especie de resistencia marginal, unas víctimas del sistema que no pueden aprobar sus políticas por culpa de una derecha que se ha apropiado de todo el poder. Y, evidentemente, no es así. El PSOE es el pilar de la segunda restauración borbónica, el período histórico que también se ha etiquetado como el Régimen del 78.
La España de 2026 es un país con una economía basada en sectores de poco valor añadido (turismo, construcción, cárnicas), y que, por lo tanto, solo puede ofrecer salarios bajos. Este modelo es el resultado de las políticas liberales que impulsó Felipe González y sus dos primeros ministros de Economía, Miguel Boyer y Carlos Solchaga, ambos procedentes de la tecnocracia franquista. Para compensar la desindustrialización y los cambios resultantes de la entrada en la Comunidad Económica Europea, aplicaron la idea thatcherista de que el aumento del precio de la vivienda compensaría el empobrecimiento general. Más adelante, el PSOE inició la privatización de las empresas estatales y la creación del Ibex-35, y convirtió a España, en palabras de Solchaga, en "el país donde es más fácil hacerse rico y en menos tiempo". También fue el PSOE quien decidió que el primer tren de alta velocidad conectaría Madrid con Sevilla, o que se suprimirían los contratos de alquiler con prórroga forzosa indefinida (Decreto Boyer de 1985).
De vez en cuando viene bien releer el Informe Petras (1995), aquel estudio sobre la juventud española que el Centro Superior de Investigaciones Científicas encargó al sociólogo americano James Petras (1937-2026). El resultado fue tan crudo que el CSIC no lo publicó nunca, a pesar de que se acabó filtrando a algunos medios alternativos. Se decía que "la clase trabajadora española está profundamente dividida entre una minoría menguante de trabajadores fijos y sindicatos, con un sueldo aceptable y beneficios complementarios, y una masa creciente de trabajadores eventuales que trabajan por el mínimo, con horarios irregulares, sin beneficios complementarios y totalmente sujetos a los dictados del empresario".
Todo este proyecto económico fue posible porque el PSOE compró o captó a los intelectuales, las asociaciones de vecinos, las facultades de ciencias sociales y, sobre todo, los medios y la cultura. Como escribió Petras, "la cultura cívica emergente de finales de los setenta y principios de los ochenta se ha transformado en una cultura política autoritaria, en la que una reducida clase política ha marginado el grueso de la clase trabajadora de lo público y de la consulta política. El resultado es una generación veterana y ansiosa de trabajadores frustrados, y una generación joven marginada y apolítica". Todo esto, repito, lo escribió hace treinta años.
El PSOE hoy se presenta como la resistencia ante unas estructuras profundas del Estado que son herencia del franquismo, pero a pesar de que estas estructuras existen, ha tenido treinta años para desmontarlas y no lo ha hecho
¿Es todo culpa del PSOE? El PP de José María Aznar fue responsable de la decisión que consolidó el modelo, abrir las puertas a la importación masiva de mano de obra extranjera. Ahora bien, José Luis Rodríguez Zapatero abrazó la medida y navegó los años de euforia de la burbuja inmobiliaria, hasta que la crisis financiera de 2008 lo derribó todo. La novedad de Pedro Sánchez es la apuesta total por el peronismo y la conversión definitiva de España en un estado latinoamericano. ¿Eres pobre y precario? Tranquilo, el papá Estado te dará una paga de subsistencia y te hará una rebaja en el precio del autobús, a pesar de que para pagar todo esto hay que exprimir a unas clases medias empobrecidas. Y ha sido durante un dominio total del PSOE en las instituciones (Illa, Sánchez, Collboni) que el chabolismo —en forma de tiendas de campaña— ha vuelto con fuerza en el área metropolitana de Barcelona.
El PSOE hoy se presenta como la resistencia ante unas estructuras profundas del Estado que son herencia del franquismo, pero aunque estas estructuras existen, ha tenido treinta años para desmontarlas y no lo ha hecho. Recordemos que cuando al PP le interesó para conseguir el poder, liquidó dos instituciones del siglo XIX que parecían eternas: los gobernadores civiles y el servicio militar obligatorio para los hombres. El PSOE, en cambio, ha hecho sobrevivir figuras tan antidemocráticas como la Audiencia Nacional, la Ley Mordaza de 2015 o el bloqueo del acceso a los archivos públicos.
El poder del PSOE es tan grande que ha supeditado todo el espacio que tiene a la izquierda, hasta el punto de que hoy hay un ministro de Sumar que es hijo de una ministra de Felipe González. Gabriel Rufián actúa como si hubiera sido concebido durante una Fiesta de la Rosa, y todos sabemos que en Catalunya tanto Esquerra como Junts y la CUP aspiran también a pactar con él. Hay demasiados cargos y pagas en juego.
Al final, la España de 2026 es la culminación de más de cuarenta años de proyecto socialista, con un par de paréntesis que no han cambiado radicalmente sus políticas, sino que solo las han profundizado. La campaña mediática para las próximas elecciones españolas —"¡o nosotros, o la derecha fascista!"— está en marcha, y como siempre ocultará que en España no ha habido nunca ningún partido socialdemócrata de tradición europea. Como ocurre en la mayoría de los países latinoamericanos, la única elección que resta a los ciudadanos españoles es escoger el proyecto autoritario al que quieren estar sometidos.