Los países no siempre se destruyen con guerras, crisis o catástrofes. También se pueden degradar lentamente, a base de errores. No de un gran error, sino de muchos pequeños que acaban erosionando la confianza colectiva en sus instituciones. Equivocarse es inevitable. Se equivocan las personas, lo hacen las empresas y los gobiernos. El error forma parte de cualquier sociedad viva. El problema no es el error. El problema es que el error constante se convierta en la manera de gobernar.
Cuando los errores se repiten muy a menudo, nadie asume las responsabilidades y nadie aprende, dejan de ser accidentes. Se transforman en una manera de hacer, en un sistema. Y un sistema que normaliza el error acaba normalizando la mediocridad. Las últimas semanas hemos tenido muchos ejemplos diversos: pruebas PISA, Rodalies, oposiciones, incidencias, huelgas, decisiones mal ejecutadas. No son hechos inconexos. Forman parte de una misma percepción: las instituciones fallan demasiado a menudo.
Lo más preocupante no es que la Generalitat falle. Lo más preocupante es que ya no sorprenda. La resignación es mucho más peligrosa que la indignación. Cuando un país deja de exigirse, empieza a aceptar que su techo es cada vez más bajo. Ninguna nación prospera si sus ciudadanos dan por sentado que las instituciones que los gobiernan funcionarán mal. La confianza es un capital invisible, pero tan decisivo como una buena economía o unas finanzas saneadas. Sobre todo en países pequeños.
Los países pequeños no compiten en población ni en recursos naturales. Compiten en calidad institucional. En eficiencia. En credibilidad. En la capacidad de hacer bien aquello que han prometido que harán. En la identificación del pueblo con las instituciones. Catalunya había construido esta reputación. Durante muchos años, fue sinónimo de rigor, de iniciativa y de capacidad de organización. De trabajo bien hecho. De calidad. Aquella imagen también era una forma de poder que hoy muestra grietas preocupantes.
Lo más preocupante no es que la Generalitat falle. Lo más preocupante es que ya no sorprenda
Cuando las instituciones fallan, pierden los gobiernos, pero sobre todo pierde el conjunto del país. Se deteriora la confianza de los inversores, de los profesionales, de los jóvenes y de los propios ciudadanos. Decae la ilusión y la tensión interna de orgullo bien entendido. El error repetido es también una fábrica de cinismo. Alimenta la idea de que nada cambiará, de que todo seguirá igual y de que exigir más es perder el tiempo. Esta es una derrota silenciosa, pero profundamente política, que afecta mucho la calidad democrática.
Construir un país es mucho más que aprobar leyes o inaugurar equipamientos. Es crear instituciones fuertes y fiables. Hacer que la palabra dada tenga valor. Que los servicios funcionen. Que una determinada cultura marque el rumbo. Que el error sea una excepción. Nos equivocaremos si confundimos el patriotismo con grandes discursos y grandes símbolos. Porque existe un patriotismo mucho más exigente: el de hacer bien las cosas. El de no aceptar que la incompetencia sea una rutina administrativa. El de no aceptar que el partidismo tape el error o la trampa.
La nación también se construye cuando un tren llega a la hora, cuando una oposición es impecable o cuando un ciudadano resuelve un trámite sin sentirse desamparado. Ya que la calidad institucional es uno de los pilares importantes de cualquier país. Catalunya necesita volver a hacer de la excelencia una aspiración colectiva. No como un orgullo malentendido, sino porque es la única manera de recuperar la confianza, la competitividad y la autoestima que toda sociedad necesita. Las naciones no desaparecen solo cuando alguien las derrota desde fuera. También se debilitan cuando dejan de corregir sus propios errores. Si nunca llega el día en que normalicemos el error, la mediocridad habrá devenido un arma de destrucción nacional.