ERC hace la campaña electoral en Catalunya en castellano. Sin la necesidad de profundizar en la evidencia de qué supone hacer campaña electoral —o cualquier cosa— en castellano en Catalunya —y de hacerlo con los datos de uso habitual del catalán que tenemos sobre la mesa—, el planteamiento es especialmente nocivo en diversos frentes. Es nocivo para el país, obviamente: preguntarse "¿de qué sirve hablar un catalán perfecto?" en un mitin en el que los discursos han sido mayoritariamente en castellano envía el mensaje de que el catalán no sirve para nada. Y hacerlo en Nou Barris formando parte de un partido que todavía se hace llamar independentista y de izquierdas, además, apuntala el marco de la izquierda españolista según el cual las "clases bajas" castellanas están sometidas por el fantasma de la burguesía catalana. Pero también es un planteamiento nocivo para el sistema democrático, porque en el caso de ERC trabaja sobre la idea de que la ideología de los partidos se tiene que mimetizar con la sociedad que aspiran a gobernar, en vez de ser una herramienta útil para pulir una sociedad a la luz de unos ideales.

Que en ERC hace tiempo que los principios que históricamente han vertebrado el partido son negociables no es ningún secreto. Es el patrón que había tras la tesis de ensanchar la base después del 17, y es el patrón que hay tras el pacto con Podemos y la tolerancia con Rufián de hoy. Los principios históricos son negociables a cambio de la perspectiva de unos buenos resultados electorales. Y para alcanzar nuevas bolsas de votantes, hay que diluir todo aquello que, por la firmeza con la que pide ser defendido, supone una frontera ideológica con otros espacios políticos. El independentismo o la lengua son algunas de las fronteras que ERC ha decidido intercambiar con la posibilidad de nuevos votantes como contrapartida, con el argumento aparentemente democrático de que los partidos tienen que representar a la sociedad a la que piden el voto.

El partido que adapta sus principios a los principios que son mayoritarios en cada ciclo electoral es un partido que ha perdido su razón de ser

Aparte de ser un enfoque perezoso —adaptarte a lo que hay es más fácil que abrir camino sin renunciar a quien eres—, también es un enfoque naïf: por mucho que tengas vocación de catch-all, en algún momento necesitarás definirte para diferenciarte, por lo tanto, arriesgarte a perder apoyo de una parte del electorado. Y, en contra de lo que se argumenta, en ningún caso favorece el sistema democrático, porque el partido que adapta sus principios a los principios que son mayoritarios en cada ciclo electoral es un partido que ha perdido su razón de ser. Es un partido que a la larga genera desconfianza, porque la imposibilidad de ubicarlo en un espacio político más o menos definido lo hace imprevisible. Y es un partido que ha renunciado a ser una herramienta política con incidencia palpable en la realidad social, porque ha renunciado a convencer y porque siempre estará a merced de unos cambios y de unas dinámicas sobre las que ha elegido no intervenir, como mínimo no directamente. Es evidente que no problematizar la dominación castellana en Catalunya es remar a favor de ella: cuando existe una relación de poder tan clara, no confrontarla es abonarla. 

Con el argumento de representar mejor a la sociedad a la que se dirige, un partido que tiene como única prioridad los resultados, que cambia acríticamente con la sociedad en vez de ser precursor de cambio, y que renuncia a cualquier proyecto político, es un partido que despoja a los electores de la capacidad real de decidir nada. No es un problema solo de ERC: esta es una tentación común entre actores en una democracia representativa. Pero en el caso de la ERC de los últimos años, la estrategia se hace especialmente evidente porque se trata de un partido histórico levantado sobre unos pilares sólidos y diáfanos, y por lo tanto hay un legado con el que establecer comparación. En vez de ser un actor político contra la ocupación española, ERC ha elegido aprovecharse electoralmente de la ocupación española y, como resultado, validarla y apuntalarla. Da lástima ver cómo todavía se piensan que ensanchan la base mientras el adversario político les revuelve los cajones de la cocina.