La dirección de TV3 nos sorprendió el domingo con un programa sobre el catalán que recordaba a los tiempos más frívolos del franquismo. En el libro de Josep Pla ya advertí que la generación nacida en los años sesenta tiene tendencia a boicotearse a sí misma porque fue educada cuando la censura había normalizado tanto sus mensajes que incluso la oposición trabajaba para la dictadura.

Solo desde la inquina, o desde la estupidez más profunda, se puede promover la emisión de un programa sobre el futuro del catalán en las condiciones políticas actuales. Si los periodistas de TV3 no pueden, ni siquiera, emplear libremente el término “presos políticos”, cómo van a plantear con libertad de conciencia un debate serio sobre el meollo del conflicto entre Catalunya y España.

No es inocente que TV3 invitara a figuras como Víctor Amela, que ganó el premio Ramon Llull con una novela infumable, literalmente traducida del castellano con el Google Translator. O que dé un altavoz tan exagerado a los discursos lingüísticos de Carme Junyent, que gustan sobre todo a diarios como VilaWeb, que han vivido de los sentimientos de los votantes independentistas durante todo el procés. 

Antoni Tàpies lo explicó a un periodista del New Yorker, en los sesenta, cuando el catalán empezaba a reavivarse de la mano de curas y comunistas, con la primera apertura de la dictadura. El exterminio, decía, va más allá de la violencia, la censura y la propaganda. Lo que realmente continúa prohibido ―explicaba entonces el pintor― es pensar en catalán. El catalán, decía Tàpies, corría el riesgo de morir porque España impedía que se pudiera utilizar para hablar públicamente de nada importante.

El independentismo rompió esta tendencia durante un tiempo, hasta que los partidos procesistas utilizaron su fuerza para controlar el presupuesto autonómico. Ahora, igual que en tiempos de Franco, las élites de Madrid y Barcelona vuelven a estar de acuerdo en que el objetivo es excluir el imaginario del país rebelde de los grandes debates, para que muera en espacios pequeños, corrompidos por pasiones y miedos todavía más pequeños. 

La dictadura intentó utilizar la inmigración para que una mano inocente acabara el trabajo que el ejército no había podido terminar solo, después de siglos de intentarlo. Desde 1975, siempre que el catalán se normaliza, el Estado mira de exprimir los restos de esta política. Como que una democracia no puede ejercer la violencia de forma cruda, se trata de hacer creer a los catalanes que Catalunya tiene problemas de convivencia y está dividida. 

La realidad, pero, es que España sí que está fatalmente dividida y por eso ha tenido problemas de terrorismo y se ha tenido que inventar lenguas y partidos estrambóticos para que el castellano mantuviera las posiciones conseguidas por la fuerza en València, Mallorca y Aragón. Es España que no tiene un gobierno estable porque sus partidos no se ponen de acuerdo sobre el grado de represión que hay que ejercer contra los catalanes que quieren la independencia.

Es España que tiene que celebrar juicios farsa y obligar a los catalanes a declarar en castellano para que quede más claro ante el mundo que es un país fallido, con una cultura deficitaria y gritona, que una parte importante de su población desprecia u odia de forma más o menos secreta. Es España que se cae a trozos y por eso tuvo que llevar la policía a pegar viejitas como Neus Català, que se pasaron el siglo XX combatiendo el fascismo.

La indigencia intelectual de los programadores de TV3 pronto igualará la de Inés Arrimadas, que el otro día afirmaba que no hay manera de ser catalán sin ser español, como sí en el Rosselló no hubiera a montones. Los editores de TV3 hace tiempo que piensan como si trabajaran en La Vanguardia, que ayer se reía de los ingleses que prefieren ver Irlanda reunificada y Escocia independiente que no renunciar a ver aplicado el referéndum sobre la Unión Europea.

El Financial Times llevaba este fin de semana una reseña muy interesante sobre el libro que Donald Sassoon ha dedicado a los orígenes del capitalismo. Entre otras cosas, el profesor de historia comparada de la Queen Mary cuenta que el imperialismo europeo no fue una consecuencia de la fuerza expansiva del capitalismo, sino más bien un producto de sus debilidades y contradicciones. 

El capitalismo ―cuenta Sassoon en su libro― forjó los estados modernos pero justamente por eso cada vez que un país europeo veía amenazado su modelo económico lo compensaba acentuando su obsesión colonizadora. Todavía hoy el único problema gordo que tiene Catalunya es que, a pesar de los famosos 500 millones de castellanohablantes que hay en el mundo, el estado español no se aguanta si no persigue, tribaliza y arrincona la lengua catalana en todo su territorio.

El idioma que los niños hablan en el patio de la escuela tiene importancia en la medida de que es un síntoma de esta vieja política.