Simon Kuper se lamentaba este fin de semana de que París no volverá a ser la misma ciudad cuando el bichito amarillo de Wuhan pase finalmente a mejor vida. El periodista holandés, que es uno de los productos más refinados de la vieja Europa acomodada y cosmopolita, sostenida por Bruselas, contaba en el Financial Times el caso de un amigo suyo que ha reducido la plantilla del negocio y se prepara para trabajar desde la provincia.  

La pandemia ha puesto al descubierto las comedias de las democracias avanzadas, y sus capitales van a pagar por ellas un precio altísimo. Una filial de Google ha anunciado estos días la cancelación del proyecto de ciudad inteligente que tenía previsto implementar en el puerto de Toronto. El mes pasado, el New Yorker llevaba un reportaje sobre las ventajas de establecerse en Seúl que empezaba diciendo que el tercer mundo se ha trasladado a vivir a las ciudades americanas.  

Es verdad que los países democráticos suelen tardar en reaccionar de una manera organizada y eficiente a los grandes descalabros. Las remontadas son una especialidad de las sociedades libres, a pesar de que la historia también va repleta de caídas barnizadas de literatura. El espíritu individualista necesita encontrarse entre la espada y la pared, para empezar a pensar en el bien común, pero cuando un grupo de personas libres encuentra la manera de colaborar, en general hacen equipos imbatibles.

De momento, la pandemia ha golpeado el corazón del sistema de vida que tenía que servir para que Occidente no acabara de perder su liderazgo. La fuerza deslumbrante de la vida urbana era la mejor carta que los países democráticos tenían para contener la emergencia del autoritarismo y dirigir la fuerza demográfica de los países emergentes a favor de sus intereses. La pandemia ha eliminado la última ventaja  importante que las viejas democracias habían heredado de la historia. 

Ya no bastará con que Europa y los Estados Unidos conviertan sus capitales en museos de glorias pasadas o en un refugio de lujo para oligarcas y políticos perseguidos. La historia nos dice que las ciudades que prosperan son las que se adaptan mejor a los cambios, las que desarrollan una tecnología y una idea de talento más eficaz para navegar los problemas de su tiempo. La brillantez de la vida urbana puede engañar al ojo porque siempre llega con retraso, como la luz de las estrellas.

París hacía años que estaba por debajo de la idea que teníamos de ella y, incluso yo, que todavía soy joven, he visto como declinaba. Barcelona hace como mínimo una década que se dedica a tirar por la ventana las oportunidades que le regalan. Nueva York se tendrá que volver a reinventar, mientras que Madrid, que nunca se ha sentido realmente cómoda con los refinamientos de la cultura occidental, quizás acaba de encontrar su lugar ahora que todo volverá a la simplicidad.

La pandemia hará recular el protagonismo de la vida urbana en todas partes, como siempre que el hombre se siente pequeño y frágil. La pregunta es qué ciudades resistirán mejor y qué entenderemos por progreso, talento y libertad de aquí a unos cuantos años. Incluso cuando la muerte las golpea sin compasión, las ciudades definen el futuro y, después de siglos de representar la quintaesencia de la vida moderna y las creaciones de vanguardia, las capitales de Europa y de los Estados Unidos han ido por primera vez a remolque de los cambios históricos.

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