¡Cuántos años hace que las películas en catalán tienen un personaje, una trama, una escena en castellano! ¡Cuántos años hace que la gente del mundo de la cultura, el tipo de gente siempre dispuesta a alzar la voz contra las injusticias, el tipo de gente sensible y politizada acostumbrada a movilizarse, se dedica a agachar la cabeza cobardemente cuando la injusticia en cuestión es el trato que se da a la lengua catalana, por ejemplo, en el mundo del cine! Y no solo agachan la cabeza cobardemente, sino que para poder navegar por este mundo con comodidad, para no dejar de cobrar ninguna subvención, se pliegan al chantaje ambiental y se prestan a hacer de altavoz del marco ideológico —que es el españolismo de siempre— que justifica todo este entramado. Ahora es Aina Clotet quien, en nombre de la libertad, presenta la mezcla lingüística de la película Viva como el fruto de un proceso creativo sin vicios ni tensiones, haciendo pasar bilingüización por bilingüismo en nombre de lo que es natural.
Si en Catalunya se habla castellano es porque la libertad de los catalanes ha sido premeditada y violentamente pisoteada
Los argumentos de Aina Clotet —que casualmente son idénticos a la retahíla de argumentos que han blandido antes todos los actores, productores y directores siempre sensibles con lo que sea mientras no sea la lengua— asumen la castellanización como un proceso ineludible. Sin causa política y sin consecuencias preocupantes. Quien los emplea enseguida tiene que ponerse la palabra libertad en la boca, porque tiene que positivizar una minorización programada y dirigida que de casual no ha tenido ni tiene nada. Si en Catalunya se habla castellano es porque la libertad de los catalanes ha sido premeditada y violentamente pisoteada. En nombre de la naturalidad se tapa el artificio la asimilación castellana, que tiene que tener a los poderes españoles, también —sobre todo— el de la cultura trabajando en todo momento para asentarse. En nombre de la modernidad se barren nociones arcaicas, como la de una catalanidad que no necesita la muleta española para existir. En nombre de la realidad, toda cultura que normaliza el genocidio lingüístico y cultural que sufrimos los catalanes es una cultura que trabaja para definir la realidad misma y para justificar la asimilación en cuestión.
Cuando Aina Clotet hace películas bilingües en nombre de la realidad, lo que hace son productos que validen la realidad que muestra y que impidan contestarla por miedo a caer del lado de la mentira. Cuando Aina Clotet dice "no me he cuestionado en ningún caso los idiomas", pues, lo que dice es que la libertad, la naturalidad, aquello que hace que uno se mantenga en contacto con lo que es verdadero es no cuestionárselos. Que aquello que permite adentrarse en un proceso creativo pasa por todas las reflexiones posibles, excepto por la reflexión lingüística. "Como en la vida", porque aquel que viva una vida desenvueltamente en catalán porque el contexto se lo permite, o militantemente en catalán a pesar de que el contexto le sea hostil, pase automáticamente a ser visto como alguien que no es libre, en vez de ser un ciudadano que hace uso de su libertad al margen de la inercia. Y para que la creación no sirva nunca para reflejarse en unos ideales que puedan cambiar la realidad a la que Clotet se refiere: con el proceso de bilingüización tan avanzado como está, en nombre de la realidad, cualquier producto audiovisual que no incluya el castellano podrá ser considerado una falta a la verdad, incluso si se trata de ficción.
En el mundo de la culturilla desarraigada y acomplejada de nuestro país, toda realidad es imaginable, modelable y reconfigurable para que el espectador digiera determinadas ideas, excepto la realidad de la lengua, que no puede moverse ni un milímetro de donde está. Si todo es ficcionable excepto la bilingüización es porque al españolismo no le hace falta imaginar nada para construir un mundo cultural que subliminalmente reme a favor de su objetivo: que asumamos el castellano como una lengua propia. Y porque toda ficción es susceptible de ser guionizada, narrada y proyectada excepto la de unos actores, y productores, y directores haciendo posible que los catalanes tengamos referentes de catalanidad sin interferencias castellanoespañolas. A menudo, la cultura hegemónica se tiene que revestir de una cierta contracultura para legitimarse, para darse aires de lucha y para dejar clara su independencia del poder político. Pero el mundo de la cultura vive del poder político español, y la muestra es que aquello que lo contestaría de verdad —filmes netamente en catalán, por ejemplo— es lo único que muchos no se atreven a hacer. Viven del espejismo de la contracultura, pero son las criadas del españolismo cultural. En nombre de la realidad, siempre crean sobre realidades lingüísticas que refuerzan la dinámica castellanizadora del poder español.
