Creo que ya podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el buenismo es y ha sido un fracaso absoluto. Básicamente porque es una farsa. El buenismo ("Conducta basada en la creencia de que los problemas se pueden resolver a través del diálogo, la solidaridad y la tolerancia, es decir, a través de una actitud característica de las buenas personas") solo funcionaría en una sociedad idílica compuesta de personas muy centradas mentalmente. Y ya sabemos que no es el caso. Por desgracia, en la sociedad donde vivimos no se da prioridad a la salud mental. Tampoco se exige a los profesionales de la salud mental que hagan terapia antes de ejercer como tales. El resultado es una sociedad repleta de sociópatas con poder y de ciudadanos atiborrados de pastillas para poder soportar una vida que no los hace felices.
Sé que es muy bonito que de la boca de un político salgan mensajes como "Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente […] Ama a los demás como a ti mismo" (Mt 22,37-39) o "No mates, no cometas adulterio, no robes, no acuses a nadie falsamente, no cometas ningún fraude, honra a tu padre y a tu madre" (Mc 10,19). Pero queda feo que sea solo para conseguir votos y que de puertas adentro haga todo lo contrario de lo que predica. También es muy bonito que un político o un empresario diga que su prioridad es el catalán y que hará todo lo posible para que no se muera (por los votos o las ventas, claro está), pero muy triste que no cumpla lo que promete y que de puertas adentro hable en castellano todo el día. No se puede ser buenista e hipócrita al mismo tiempo. O una cosa o la otra.
Decir que en Catalunya no cabemos todos no es ser egoísta ni de extrema derecha, es ser realista y tener los pies en el suelo
Lo mismo pasa con el "queremos acoger". Es admirable que algunos políticos quieran acoger a todo el mundo sin juzgar si son asesinos, criminales o mafias, pero queda feo que lo hagan solo para ganar las elecciones y seguir ingresando. Aunque en el Nuevo Testamento ya se nos recordaba que "No os olvidéis de practicar la hospitalidad; gracias a ella, algunos, sin saberlo, acogieron a ángeles" (Hb 13,2), hemos visto con nuestros propios ojos que no todos los recién llegados son ángeles —ni de lejos—. Ser buena persona no significa ir por la vida con un lirio en la mano y dando saltitos por la calle. Donde caben cuatro, no caben dos mil. Ni donde caben seis millones de personas caben diez millones. Haber querido ir en contra de esta lógica indiscutible lo único que ha provocado es el hundimiento de la sociedad del bienestar que tantos años hemos tardado en consolidar y en la que vivíamos tan satisfechos. Y esto no solo afecta y afectará a los autóctonos, sino también a los recién llegados. Os pondré un ejemplo de ello muy sencillo, porque parece que a algunas personas les cuesta entender esta idea tan simple. Imaginaos que tenemos un litro de agua diario y que lo tenemos que repartir entre diez mil personas. Si dividimos el agua entre diez mil personas, a cada persona le tocará beber 0,0001 litros de agua al día (que vendría a ser el grosor de un cabello humano). ¿Creéis que alguien podrá sobrevivir sin morir deshidratado? Seguramente no nos moriremos todos inmediatamente —algunos tardarán dos días; otros, tres, y los más sufridos, hasta cinco días—, pero lo que podemos afirmar con seguridad es que al cabo de cinco días estaremos todos muertos. Una cosa parecida pasa con la sociedad del bienestar a la que hacía referencia: el buenismo la está destruyendo día tras día. Ahora no me atienden en catalán en la consulta del médico; ahora me tengo que esperar dos años para que me operen; ahora me atracan por la calle y dejan libre al atracador porque solo ha atracado a cuarenta personas en un año; ahora no llego a final de mes; ahora me imponen una cultura que no sé de dónde sale y que no es la mía; ahora el precio del alquiler se dispara; ahora mis vecinos solo hablan castellano y se ofenden si les hablo en catalán; ahora me sale más barato viajar a Brasil que comprar un tomate en el supermercado; ahora mi hijo de diez años aún no sabe leer ni escribir bien porque no se le puede forzar a aprender y porque la "persona profesora" tiene que trampear el caos en el aula… No puedes meter en un mismo lugar a más personas de las que caben y con valores y culturas completamente diferentes: nunca acaba bien.
Decir que en Catalunya no cabemos todos no es ser egoísta ni de extrema derecha, es ser realista y tener los pies en el suelo. Es dejar el lirio donde mejor está: plantado en la tierra. Hemos llegado a un punto de buenismo tan delirante que no decimos obviedades por miedo a ser señalados y marginados social y laboralmente. No podemos acoger a todo el mundo. Y menos a los delincuentes. Y menos para que algunos políticos con sanidad privada y con hijos escolarizados en escuelas privadas ganen las elecciones. No es justo ni para los autóctonos ni para los recién llegados. Perdemos todos. Que tengáis un buen día.