La fraternidad es un concepto de la Revolución Francesa, pero que es hijo del cristianismo. La fraternidad implica el deber hacia el otro y es la base sobre la que se fundamenta el principio de la solidaridad universal.
El concepto de fraternidad, como tantos otros, ha ido variando con el tiempo, y hoy en día se ha pasado, quizás con excesiva desenvoltura y facilidad, de preocuparnos por el prójimo, por el otro, a la formulación genérica y menos comprometedora de vivir juntos. En este sentido, quizás nos convendría pasar de la fraternidad bipolar a la praxis real de vivir juntos, es decir, a vivir sin desasosiegos ni excesivas prevenciones, y todo en el marco de una sociedad diversa y multipolar.
En las encuestas sociológicas que se van presentando periódicamente, las sociedades occidentales mencionan como principales problemas de convivencia la falta de seguridad y el incivismo. En estos temas intervienen muchas percepciones, pero no deja de ser cierto que un número significativo, y creciente, de ciudadanos consideran que viven en un ambiente hostil, que algunos consideran que puede evolucionar a peligroso.
Además, nunca faltan los apóstoles del miedo, los que tienen prevenciones contra todo aquello o contra aquellos que no les son históricamente conocidos o reconocibles. Y en una especie de efecto espejo, al otro lado, encontramos los profetas del buenismo, aquellos que no ven ni quieren ver los problemas crecientes de convivencia —algunos ya graves— que se producen en nuestras sociedades y que dificultan mucho que el hecho de vivir juntos pueda ser una apuesta asumida por el conjunto de la ciudadanía.
Otra vez tenemos que hablar de límites y de equilibrios. Es seguro que ni con los apóstoles del miedo ni con los profetas del laxismo podremos conformar una sociedad equilibrada, una sociedad de mutuos respetos y de igualdad de oportunidades. Y el caso es que este equilibrio basado en el respeto y las oportunidades para todos es más necesario que nunca, porque se ha ido configurando, y en estos últimos tiempos de manera acelerada, unas sociedades más diversas y más complejas, pero a la vez menos trabadas y menos homogéneas.
Todo el mundo debería sentirse —y debería hacer todo para sentirse— parte de una colectividad que dice que quiere acoger y que debería saber acoger, pero que a la vez es capaz y sabe hacer respetar las normas y las pautas que, a través de la decantación histórica, nos hemos ido dando e integrando.
En este sentido, y a modo de ejemplo, debemos entender que la ocupación del espacio público sin ningún tipo de reglas es algo que no deberíamos dejar pasar como si nada. Porque, precisamente, una de las conquistas democráticas fue y es la conciencia de que el espacio público nos pertenece a todos, y que todos debemos poder disfrutar de él en igualdad de condiciones, sabiendo cuáles son los límites de cada acción.
La falta de arraigo en una identidad compartida la encontramos en la base de muchas actitudes que hacen daño, o pueden hacer daño, a la convivencia cívica
La apropiación, que ya se puede vislumbrar en determinados puntos de nuestras ciudades, de este espacio público por parte de grupos o de gangs organizados, y la impunidad con que a menudo actúan en esta línea, sumada a la pasividad de los que deberían controlar que los bienes comunitarios sigan siendo comunes, dificultan la posibilidad de compartir una identidad básica, que debería ser común a todos.
La falta de arraigo en una identidad compartida la encontramos en la base de muchas actitudes que hacen daño, o pueden hacer daño, a la convivencia cívica. Conocer, compartir y amar una lengua y una historia comunes debe ser la base de la fraternidad, la base sobre la cual construir nuevas complicidades. Ciertamente, la diversidad es un valor, pero sin esta base común recién mencionada, solo encontraremos dispersión, solo quedaremos individuos o colectivos, agrupados según las características que se elijan, que apenas nos autoalimentamos autárquicamente. Y las autarquías, sean del orden que sean, siempre son estériles y acaban mal, porque solo hacen sufrir a quienes las padecen y son fuente de miseria y corrupción.
Conocemos por experiencia que algunas sociedades vecinas ya se han configurado como archipiélagos, como conjuntos de islas donde determinados colectivos se consideran islotes, una especie de islas que acostumbran a no tener ningún o poco contacto con el resto de islas que configuran el archipiélago. Islas vivenciales que quedan configuradas en función de la pertenencia a un determinado grupo social, donde cada uno está autorreferenciado por motivo de origen, religión, etnia, pensamiento, orientación sexual, etc.
Me parece que no es el modelo hacia el cual deberíamos tender, y que tampoco debería ser el modelo en el futuro. Este modelo de islas aisladas, de archipiélago disperso, está muy alejado de la fraternidad, del ideal de vivir juntos civilizadamente, de la voluntad de compartir el espacio público y común, de la necesidad de compartir una base común lingüística e histórica, y de la asunción del respeto de las reglas que nos hemos ido dando entre todos. Es aquí donde cuenta la suma de las experiencias del paso de las generaciones, del que nosotros deberíamos ser conscientes de ser solo un eslabón.
Saint-Just consideraba que existe el derecho a la felicidad pública, pero este, como todos los derechos, es necesario que sea definido, construido y empleado en las acciones de cada día. La felicidad pública debería ser el fruto intangible, pero presente y visible, del ejercicio de la fraternidad.
Habrá que elegir entre felicidad pública y archipiélago, y no deberíamos elegir un muestrario de islas separadas desconectadas. Por lo tanto, habrá que destinar muchos esfuerzos a construir puentes en todas las direcciones, a partir de la base común enunciada, y habrá que hacerlo con voluntad firme, decidida y empática.