Ahora que nuestros enemigos han traído unos premios cinematográficos a Barcelona, coincidiendo con dos éxitos recientes enmarcables en aquello que los madrileños viajados llaman “la multiculturalidad” (refiriéndose a las naciones más antiguas de España), sería bueno contraatacar su engreimiento intelectualoide con algún producto estrictamente tribal. Catalunya, el lector lo sabe, tiene peña del cine de una talla gigantesca, pero últimamente hemos podido descubrir una amazona del séptimo arte que, superando el ámbito de la estética, ha conseguido la dificilísima meta de elaborar una cosmogonía propia. Se trata de Elisenda Alamany, alcaldable de Esquerra en Barcelona (gracias a unas primarias de aquellas que practican los ayatolás, sin ninguna alternativa), quien ha revolucionado el mundo del audiovisual con unos vídeos de campaña que han hecho empalidecer aún más el cadáver de nostro señor Béla Tarr.
Se hace muy difícil elegir entre los cortometrajes que Elisenda nos ha regalado los últimos meses, donde la nueva estrella de la pantalla luce haciendo running en la carretera de las Aigües, buscando a alguien que hable catalán entre las manadas de turistas que inundan el Parc Güell o penetrando en el género tan peligroso como necesario de la pornografía, dejándose filmar con su descendencia (femenina), diciéndole frases tan poco ensayadas como “mamá ha pedido a los que mandan en Barcelona que pongan mucho y mucho dinero para que todo el mundo se pueda quedar.” Pero incluso los genios necesitan cierta progresión en su arte, y diría que su creación más excelsa es el último spot sobre los comedores escolares, un prodigio de film que quiere traducir en imágenes la propuesta republicana de bonificar en un 50 % el coste del comedor social. Cada obra maestra genera su lenguaje, y será difícil que mi prosa llegue a ello.
Esta joya de película se inicia con Elisenda caminando por un barrio obrero random cargada de bolsas repletas de víveres (intuimos que en la avenida Meridiana, con el falo de plaza de las Glòries Catalanes a lo lejos; es decir, en un barrio que no es el suyo). “¿Cómo es la vida de una madre en Barcelona?”, se pregunta la protagonista, a quien vemos sufridísima, acarreando un carrito de bebé por las escaleras de un piso notoriamente destartalado (en un edificio que no es el de Elisenda y en el cual, por cierto, se puede ver un ascensor que habría hecho la tarea menos pesada). A pesar de este arranque monumental, el momento álgido del film acontece cuando Alamany dice que las madres tienen que ir apresuradísimas por todas partes sacando la lengua y, en excelsa metáfora, la podemos ver —en un esprint digno de un Oscar— cruzando cagando leches un semáforo y poniendo en peligro su vida por amor al arte. ¡Ni Tom Cruise se había implicado así en una peli!
Revelación, porque hasta ahora solo le conocíamos la virtud de saltar de partido en partido con el objetivo de seguir viviendo del momio. Secundaria, porque la señora no mueve ni un dedo sin el permiso expreso del capataz de su partido
Acto seguido, en un plano secuencia igualmente memorable, Alamany nos explica cómo la afecta el coste de vida y la inflación de precios en Barcelona. Es una pena que este fragmento de la obra maestra —donde la candidata menciona el precio “del transporte, el de la ropa de las niñas... que no paran de crecer” y etc.— no se cite el sueldo de casi noventa mil pepinos que Elisenda ya percibe de nuestro consistorio. Pero bueno, si hasta Citizen Kane tenía algún defecto, ¡ya me diréis si ahora nos tenemos que poner tiquismiquis! Una vez explicada su propuesta de bonificación —en un banco de la calle, depositadas las bolsas de comida, que tampoco son suyas— Elisenda vuelve a cruzar la idéntica calle por donde había ensayado la carrera, ahora milagrosamente tranquila y a una velocidad prácticamente burguesa. El objetivo ya se ha cumplido; la prota se ha disfrazado de pobre, ha ejercido de precaria, y ya es digna de conjugar vocablos de la ética victimista.
No he visto las películas triunfadoras de los Goya, y ni puta falta que hace, pues ni los mejores artistas del género podrían alcanzar un solo segundo de esta maravilla visual que ni mi prosa excelsa puede llegar a describir. De hecho, en casa esperamos los vídeos de Alamany como si su reproducción fuera un fragmento inédito de Tarkovski; dado que las próximas municipales se producirán bien entrado el 2027, uno debería esperar que la filmografía de Elisenda llegue muy pronto a la cincuentena de obras maestras. El premio que le hemos reservado es el de mejor actriz revelación secundaria. La primera palabra se justifica en nuestra sorpresa, pues hasta ahora solo le conocíamos la virtud de saltar de partido a partido con el objetivo de seguir viviendo del momio. La condición de secundaria, por mucho que parezca denigrante, se debe entender en el contexto político; porque la señora no mueve ni un dedo sin el permiso expreso del capataz de su partido.
Los españoles ya pueden ir fardando de su cine, que nosotros tenemos a Elisenda, nuestra actriz, ¡la futura alcaldesa de los pobres! ¡Que aprenda todo el mundo y que su carrera sea larga! Si os la encontráis por la calle, ayudadla con las bolsas, pobrecita mía, que va muy atareada y parece que esté a punto de darse una hostia monumental.