“Un hervidero de pensamientos
Alimento para los leones
El cerebro como un laberinto
En un nido de especulaciones”
Enrique Bunbury

No hace falta que les diga que los juicios me han apasionado de siempre. Si no, no llevaría 35 años dándole a la historia ni hubiera pasado etapas de mi vida en las que metía más horas de sala que los propios jueces. Por eso puede que les extrañe mi confesión de que el juicio contra el major Trapero y la cúpula de los Mossos se me hace un poco bola. Lo sigo a trancas y barrancas y eso que no ha hecho sino empezar.

Una de las cosas que siempre me atrajeron de la ceremonia de la justicia fue su engrasado engranaje racional y lógico. Las normas procesales, que en sala se convierten en la mejor de las armas en manos de gladiadores más o menos expertos, y que respondiendo a un sistema complejo constituyen un bordado delicado de preceptos cuya razón de ser estriba en el respeto a cuestiones de fondo. El Derecho y la Justicia, amén de utilidad, destilan una suerte de belleza racional que cuando te sumerges en ella te cautiva.

Eso era hasta que... hasta que la razón de estado se empeñó en hacer saltar por los aires esa obra de relojería. Del caso Nóos, pasando por el juicio en el Supremo y llegando hasta la escenografía de Ikea de la Audiencia Nacional. Este juicio a los Mossos está carente de cualquier belleza jurídica y es producto de una confusión y de un retorcimiento de los términos de la lógica procesal que lo convierte en algo caótico y feo. Dicho todo ello sin entrar a valorar si es justo.

Para empezar tenemos esa acusación por rebelión. Ya era pura ficción jurídica al inicio, pero, ¿y ahora, que sabemos que no puede prosperar? Porque no puede prosperar, afortunadamente. La Fiscalía de la AN ―de momento, y hasta nueva orden las fiscalías siguen funcionando a su compás cada una― se ha agarrado a la formalidad procesal para no retirarla hasta el trámite de conclusiones, pero eso no le evita el penoso papel de interrogar como si se creyera que puede haberla o hacerlo como si ya supiera que no y buscara la sedición o hacerlo a trompicones, sin una línea muy definida. Elijan ustedes, que lo están viendo. El fiscal Carballo pertenece al género halcón y no va a perder la oportunidad de demostrarlo a quienes pueda interesar. En su interrogatorio nos va desgranando también su particular forma de entender la democracia: "¿Y pasadas las doce, por qué no los disolvió si llevaban ya mucho rato, desde las diez y cuarto?", introduciéndonos ese concepto maravilloso del exceso de libertad de manifestación y un cuerpo policial calibrándolo. O, esta otra: "¿Por qué entonces no empezó a investigar usted motu proprio al Govern?", que forma parte de ese clásico de la democracia de que un cuerpo policial investigue a los políticos electos a decisión propia y sin haber sido requerido por nadie. En fin, ya se ve el género. El mismo que le llevó a hablar de una organización terrorista de nuevo cuño de índole secesionista catalana ―¡wrong!― o del terrorismo del bar de Altsasu que le tiró abajo el Tribunal Supremo ―¡wrong!―. ¿No sabe o no quiere saber? À vous de choisir.

Una vez que los super tacañones han hablado, ¿qué puede hacer este tribunal o la Audiencia de Barcelona? Los tipos están marcados. Como mucho pueden decir que tal o tal persona en concreto no participaron en la sedición y absolverlos, pero una vez consagrada la sedición, los monaguillos no pueden desmontarla

Luego está el ámbito de la Audiencia Nacional, y no me refiero a ese horror de sala de lego, sino al hecho de que estén siendo juzgados por la AN. Ese tribunal que se declaró no competente para una sedición en 2011 ―la de los controladores en muchas provincias distintas― pero que sí consideró que lo era siete años después sin que mediara reforma legal alguna por medio. Claro que ya nos dijo Lamela que no todas las sediciones son de su competencia. No, oiga, no. Todas no, pero esta sí. Esta sí “porque forma parte de un ataque a la forma de gobierno”. Ya, pero es que ahora ya sabemos que no hubo tal ataque. Lo ha dicho el Tribunal Supremo. Habló dios y punto redondo. No lo hubo. Si no lo hubo entonces, ¿cómo es que esta sedición sigue en la AN? Pues debe ser, porque el maravilloso engranaje, el delicado bordado que yo admiro, a veces se vuelve chicle o martillo de herrero. Cuando conviene. Ya ven por qué no puede gustarme este juicio. Claro que llevárselos al Supremo ―arrastrando competencias forzadas como se hizo con todos los no aforados, incluidos los que siguen sin juzgar que no lo son― hubiera sido “exorbitante” según Llarena, o sea, que era una pasada tanta gente y que iba a ser un lío de juicio, que se los dejó a Espejel que también tiene derecho a lucirse.

La confusión se deriva de que un sistema que está diseñado, pergeñado y previsto como un sistema de escalones ascendentes, en forma de recursos, hasta llegar a una cúspide que cierra y culmina el procedimiento, esté siendo utilizado a la inversa. Una vez que los super tacañones han hablado, ¿qué puede hacer este tribunal o la Audiencia de Barcelona? Los tipos están marcados. Como mucho pueden decir que tal o tal persona en concreto no participaron en la sedición y absolverlos, pero una vez consagrada la sedición, los monaguillos no pueden desmontarla.

Así que esa es la papeleta que tiene el tribunal de la AN. Ese tribunal que preside una “Querida Concha” que está siendo más que discreta en su papel de directora del plenario. No tiene demasiada experiencia en estas cosas. Los “ehh, ehh” de su respuesta a las cuestiones previas la delatan. Lo mejor que puede hacer es no meter la pata. Ella tiene un ojo en la sala y el otro en el Supremo, que es el lugar al que desea acceder, para que no decaiga la dosis de mediocridad con que lo están copando. A su derecha, Vieira, un magistrado conservador, con experiencia, correcto pero de poco complicarse la vida con cualquier cosa. La carrera es la carrera. Por último, el ponente, Ramón Sáez, uno de los mejores jueces penalistas de España, si no el mejor. El que quedó el primero en las duras pruebas realizadas internamente por el CGPJ para la especialidad. Nunca llegará al Supremo, aún siendo el más merecedor de ello, porque, oigan, es un juez rojo y temido por los peperos como el diablo cojuelo. En esto sí tendremos fortuna, si no se ve obligado a renunciar a la ponencia, tendremos una buena sentencia en el sentido técnico. Vamos a ver qué pasa.

Se que me repito, pero cuando se prostituye el sistema, no hay forma de encarrilar luego nada. Eso me lleva a que cualquier desmontaje del montaje ha de ser más respetuoso con el delicado mecanismo.

Y en esas seguimos.

Aunque prometo seguir viendo algunas sesiones.

Jordi Galves
Diario de la revuelta(57) Vida privada de Trapero Jordi Galves