Por cuestiones de trabajo (y también porque la comunicación política es una de mis pasiones) puedo decir que tengo relación y conversaciones habituales con personas que militan (e incluso dirigen) formaciones de casi todo el arco parlamentario catalán. En todos estos años, solo he detectado un factor transversal en todos los partidos y que quedaría resumido en una frase similar a “lo peor de la política son los egos personales”.
Efectivamente, hay un choque evidente entre la dimensión de servicio público que tiene la función política y la dimensión privada de lucimiento individual de la persona que la ejerce. No hay nada más antipolítico que pensar antes en el beneficio personal que en el bien común. Pero también es cierto que, tal como está montado el sistema electoral, la visibilización de un buen liderazgo puede recoger más votos al mismo partido que si la persona que está al frente no seduce a los votantes. Es esta la semilla del ego en política.
Hay políticos que acumulan inseguridades y las transforman en un narcisismo que acaba desembocando en sectarismo
Hay tantos motivos como circunstancias y casuística que explican que una persona dedicada a la política acabe sufriendo el mal de este ego. Desde personas que creen que sus ideas y formas de actuar son mejores que las de sus iguales, a un cúmulo de inseguridades (personales y profesionales) que, en lugar de saber situarlas psicológicamente donde corresponden, se desatan en forma de narcisismo, síndrome del impostor y un menosprecio hacia el resto de compañeros que conduce indefectiblemente al sectarismo: o estás conmigo o estás contra mí.
Ahora que se acercan elecciones municipales veremos en unos cuantos pueblos y ciudades y en unos cuantos partidos y coaliciones ejemplos de todo esto, en una cosa tan fratricida como la confección de listas electorales. La posibilidad de estar en la parte alta de la papeleta conduce indefectiblemente a pensar que, por poco mal que vayan las cosas, tendrá asegurado un cargo en forma de tenencia de alcaldía que durante cuatro años permitirá dos cosas: estabilidad profesional y aún más lucimiento personal. No hace falta decir que, si el egocéntrico alcanza un mínimo de éxito social, esto no hace más que acelerar la ascensión a la cima de la vanidad.
Como el colesterol, hay un ego bueno y un ego malo, y conviene tener ambos controlados a niveles saludables
He puesto el ejemplo de las municipales porque son las primeras elecciones que tocan según el calendario, pero este fenómeno también ocurre con las catalanas, las españolas, las europeas y toda cuanta elección se ponga por delante. Esto es transversal en todos los partidos, tengan la forma de elección que tengan: asamblea, primarias, consejo nacional o a dedo por parte del líder de la formación. Y también puede afectar a cualquier rango del partido o de la administración, desde un ministro o consejero a un militante de agrupación local con ínfulas de Churchill.
Pero este artículo no sería justo si no quedara aclarado que este mal de los egos de la política —compartido por todos— no es un mal generalizable. Y que al lado de estos personajes hay cientos, o miles, de personas que sí que ven la política como un bien común superior al que servir cada uno desde su visión ideológica y capaces de ceder parte de su proyección personal en beneficio del proyecto u organización. Y, nuevamente, esta bondad también es aplicable a todas las formaciones, todos los cargos públicos y cualquier rol dentro de un partido. Hay muy buenos secretarios generales, hay afiliados que se dejan horas y humor y también he conocido consejeros y presidentes que —a pesar de su popularidad— han sabido guardar el ego en su sitio. Porque ego hace falta y, como el colesterol, hay un ego bueno y un ego malo. Para dedicarse a la política hace falta tenerlos ambos controlados a unos niveles saludables. El remedio al ego no es no tenerlo, sino saberlo transformar en confianza, seguridad y gestión de equipos, es decir, liderazgo en positivo, lo que a menudo implica convertir convicciones individuales en ideas colectivas. Sería fácil poner nombres a cada una de las líneas de este texto, pero sería abrir la caja de Pandora porque si algo tienen los egocéntricos es que niegan serlo. Y, lógicamente, hoy tampoco se darán por aludidos.