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"Por detestables que sean los gobernantes, nunca son peores que cuando no gobiernan"
José Ingenieros

Habrá entre ustedes eclipsefílicos y eclipsefóbicos, no me cabe duda. O quizá se mezan, como es mi caso, en una tranquila indiferencia, pues lo que tengan que hacer los astros lo harán sin ustedes y sin mí. Más allá del fenómeno astronómico, asistimos a un fenómeno social que arroja luz, paradójicamente, sobre nuestra egocéntrica forma de asomarnos al mundo. Es histórico, te dicen, y el adjetivo parece forzarte a asistir al acontecimiento, como si no sucediera ya que los acontecimientos nos persiguen para conformar una historia en muchos extremos distópica.

Estarán hartos de oír hablar del eclipse y no es mi intención llevarles por esos derroteros. Permitan el introito. En aquella otra ocasión, 17 de abril de 1912, una sociedad distinta afrontaba de forma diferente el baile de las esferas terrestres. El inicio del XX respiraba pasión por la ciencia, por la medición, por el conocimiento derivado de la experiencia, y por ello fueron astrónomos, científicos, naturalistas o físicos los que más se desplazaron en tren hacia Cacabelos, el lugar más preciso de ocultación absoluta. Hubo otros puntos de observación, viajes en tren y referencias no demasiado escandalosas en prensa. No en vano, dos días antes había naufragado el Titanic y la noticia internacional estaba servida. En 1912, muchos buscaron la experiencia para obtener conocimiento; en 2026, buscamos la experiencia para no perdernos nada. Hubo entonces cegueras y me temo que las habrá ahora. Ayer por desconocimiento científico, hoy por ignorancia personalizada.

Decía que el eclipse se ha magnificado tanto, que hasta se ha polarizado. Tengo la sensación de que, si comparan minutos y emplazamientos, el eclipse se ha convertido en animosamente progresista, empujado por la disposición gubernamental a magnificarlo. No sabemos si lo que se pretende que quede oculto es solo el sol, pero hasta el presidente Sol se ha pronunciado sobre él en uno de sus extemporáneos videos en la red china. Y vamos entrando en materia, porque el gobierno y el aparato estatal han sido puestos en máxima alerta para prever las consecuencias de seis millones de desplazamientos, los riesgos de incendio y de seguridad, que serán controlados desde una unidad central de control. Visto el despliegue, hasta parece de un país del primer mundo. Un poco menos ya cuando lees el aviso del Ayuntamiento de Yebes (Guadalajara) en el que se anuncia que el observatorio astronómico permanecerá cerrado en esa histórica jornada "debido a la celebración de un acto institucional con presencia de autoridades", solo vehículos autorizados y con controles en el acceso al casco urbano. Les traduzco: el presi se va a venir de Lanzarote a Madrid en nuestro avioncito, suponemos que acompañado de sus invitados, y de ahí a un observatorio cerrado para su disfrute. ¿Ven como el eclipse es muy y mucho progresista?

Todo sería solo criticable si a la vez que Sánchez disfruta del eclipse con nuestra pasta, no estuviéramos viendo al Estado eclipsarse en Ceuta. A pesar de que haya decretado que la escalada a la normalidad terminó, lo cierto es que es doloroso y preocupante ver flaquear al que todos consideramos un estado moderno y confiable hasta el punto de convertir en anómala la vida de 86.000 ciudadanos que están sufriendo en su cotidianidad la desidia, la dejadez o la estupidez de unos gobernantes que creen que gobernar es pintar la mona. Lo hacen además de una forma tan frívola y chapucera que incluye playlist en plena invasión híbrida o miradas lánguidas al mar mientras en otra costa se levantan chabolas de ramas para acoger a los que aún no han llegado a gestionar.

¿Esto es todo lo que un Estado moderno y europeo puede hacer por una ciudad sitiada?

El eclipse del Estado en Ceuta es clamoroso. Más visible y más total que el que vimos en inundaciones, apagones, accidentes ferroviarios y otros. Ya les conté que yo viví varios años en la ciudad norteafricana. Conozco su pequeñez, su angostura, y a la vista de las imágenes que nos llegan soy capaz de somatizar y hasta oler lo que sucede en sus calles. Hay niños tirados en montes y aceras, hay peleas, hay niñas violadas, hay chozas en las playas, hay personas de las que entraron que sufren sarna, tuberculosis o impétigo. Hay inmigrantes con antecedentes que se cuelan en los dormitorios de las ceutíes. Hay suciedad, olores y miedo. Hay una comisaría cercada, unos militares a los que se les han retirado los permisos por si vuelve a suceder, hay unos médicos desbordados, hay ciudadanos y sobre todo ciudadanas con miedo, hay miles de niños sin censar, hay subsaharianos tirados por las calles y los desmontes, hay hartura, hay dejadez. Y, a la par, hay un desfile cosmético de ministros que van para hacerse la foto sin aportar nada (Rego, Albares, Torres, Marlaska…). Mónica García ni asoma y les recuerdo que Ceuta no tiene las competencias de sanidad transferidas y que siguen siendo estatales.

¿Esto es todo lo que un Estado moderno y europeo puede hacer por una ciudad sitiada? Hay ceutíes que huyen de esta insoportable situación y otros que vuelven de sus vacaciones para, con su presencia, proteger su patrimonio y sus viviendas. Hasta el propio PSOE de Ceuta se ha partido y dejado solo al tiralevitas de su líder y delegado del Gobierno ante el seguidismo que este hace de Sánchez, siendo consciente de lo que está sucediendo. Tan grave es la dejadez que la que fuera amiga e impulsora de Sánchez, la que le avaló cuando ingresó en el partido, oriunda de Ceuta, ha llamado inútil en redes al delegado del gobierno que le apoya. El resto, ya desencantados después de haber vivido la pandemia, el apagón, las inundaciones, Filomena, Adamuz, los incendios y tanto desastre histórico que hemos soportado eclipsado por las mentiras del gobierno, nos podemos preguntar cuándo y cómo nos va a tocar de nuevo quedar al pairo de la ineficacia y el engaño.

No tienen mayoría, no pueden gobernar, están solos en Europa y, además, no nos cuidan. El eclipse que nos tiene a oscuras es algo más que un juego de esferas en el firmamento y, desgraciadamente, será más largo. 

Si piensan mirar al cielo, tengan cuidado. Nos quieren ciegos y mudos. No les demos el gusto.