Una nación milenaria que sabe mirar atrás, que conoce sus orígenes y a la vez sabe lucir su modernidad antigua que la abre al mundo. El Virolai como himno nacional oficioso —seas o no de misa, mirad si no el Ball d'en Robafaves de Mataró— y unos Segadors y un Cant de la Senyera que hablan de lucha y paz, mal les pese a algunos. Una virgen negra como patrona, un arquitecto genial, universal y catalanista hasta la médula, también por mucho que les duela. Tradiciones que nos definen, firme raíz de cualquier árbol que plantamos. De los Juegos Olímpicos del 92 a la bendición de la torre de Jesús de la Sagrada Família. Aquellos que deslumbrábamos el planeta con ceremonias majestuosas y emocionantes hacemos aparecer a Gaudí con puntitos de luz en el cielo y, si es necesario, creamos el infierno en Urquinaona. Sí, somos los mismos. Creámonoslo y sintámonos orgullosos.

Porque al otro lado hay un Estado que tiene que expulsar a 600 cantaires para evitar que, supuestamente, se muestren esteladas o se interprete el himno del país (aquella letra que les dice que son gente ufana y soberbia, porque lo son). Comportamiento propio de unos temerosos acomplejados que arrinconan a músicos, custodiados por la puerta trasera, como si fuesen delincuentes. Qué pequeña y miserable victoria de poca monta. Un ataque a la libertad de expresión que, además, trastocó la ceremonia en sí porque quedaron vacías las escaleras: el manto de luces, visto desde el aire, tenía que ser más amplio: faltaban 600 personas. Los cantaires tenían que participar en el canto final, con la Escolania de Montserrat. Tenían incluso los farolillos. España intentó deslucir el evento y ni así pudieron.

El acto de Madrid fue como una fiesta de fin de curso de EGB, pero mal hecha. Un show tosco, de vergüenza ajena (sí, ajena porque nosotros no somos de ese mundo). Inicialmente, el papa León XIV, a Madrid, no tenía que ir, pero la Meseta no podía digerir que Barcelona se llevara todo el foco y maniobraron para que el pontífice aterrizara primero en Barajas. Más les hubiera valido que no lo hiciera, porque la imagen que dieron fue bastante penosa. Cabe decir, por cierto, que allí ninguna bandera española fue confiscada. Reniegan de Catalunya y de los catalanes siempre que pueden, con torpeza y violencia si es necesario, hasta que la ceremonia de aquí les da mil vueltas a la suya y entonces reivindican la españolidad de Barcelona, para aferrarse a algo. Como recuerda la cuenta de la red X Efemèrides d'Arquitectura, en octubre de 1906, Miguel de Unamuno visitó la Sagrada Família y no le gustó. Gaudí se limitó a contestarle: "No le gusta a ningún castellano". Pues eso.

Se puede ser ateo y que el espectáculo de coronación te pusiera la piel de gallina, y se puede ser creyente y reconocer que Gaudí debía estar revolviéndose en la tumba por tener a unos Borbones y a un virrey presidiendo el acto

Hacer coincidir el centenario de la muerte de Gaudí con la bendición de la torre de Jesús fue un acierto memorable y hay que felicitar a quienes tuvieron la brillante idea. Como también es de justicia reconocer el talento del equipo que ideó esta maravillosa ceremonia: Paulí Subirà, dirección de imagen de TV3; Igor Cortadellas, dirección creativa; Domènec Gibert, director de fotografía; Eva Parra, colorista, y Daniel López Pradas, compositor de la música de la bendición (nos debemos dejar a unos cuantos, disculpas y gracias igualmente). Fue una subida de autoestima. Lengua, cultura, identidad, creatividad, buen gusto. Los primeros pasos de los escolanets con los cirios, preludio conmovedor de unos diez minutos que ya son historia. Cine en directo y a tiempo real. Hemos vuelto a dejar al mundo boquiabierto. El concepto, la ejecución. La estética y la mística. Una impresionante joya audiovisual. Hecho por catalanes y en catalán.

Ahora, por favor, ya podéis dejar de emitir aquel lamentable anuncio de Hola, Papa. Mal redactado, peor locutado. Y lo que es más grave: financiado con fondos públicos. El gasto final de todo ello se debería haber sufragado totalmente de forma privada. Separación de poderes: Iglesia y Estado. Que mientras no hay dinero para aires acondicionados en las aulas, el Govern se gasta más de dos millones de euros (que supiéramos) en esta visita religiosa. Y en paralelo, la vergüenza del arzobispo Omella, una babosa que habló menos catalán que el mismo Papa y que, a conciencia, castellanizó el nombre de Gaudí. Que sepáis que él es de Queretes, un pueblecito del Matarranya, y que la buena gente de esta querida comarca vecina de la Franja de Teruel no se merece tener un emisario tan indigno. Se puede ser ateo y que el espectáculo de coronación te pusiera la piel de gallina. Y se puede ser creyente y reconocer que Gaudí debía estar revolviéndose en la tumba por tener a un Borbón y a un virrey presidiendo el acto. El Papa seguro que llegó a Roma sabiendo que había visitado dos países diferentes.