Empiezo a escribir estas líneas cuando se cumplen exactamente dos años y dos días desde que Salvador Illa ganó las elecciones catalanas de 2024. Como se recordará, Illa fue investido el 8 de agosto gracias al voto de ERC y de los Comuns. Fue el día de la escenificación —para mí ininteligible— de Carles Puigdemont apareciendo y desapareciendo ante un ejército de mossos desconcertados.
Salvador Illa había hecho y siguió haciendo un discurso basado en dos propuestas. La primera, pacificar, recoser, normalizar el país después de unos años —argumentó— de confrontación estéril provocada por el independentismo. No decía, claro, que él también había sido protagonista de aquellos años, apoyando el 155 y manifestándose con la extrema derecha contra el derecho a decidir. Si el primer objetivo era hacer olvidar al país sus anhelos independentistas, la segunda promesa se basaba en la gestión. De la misma forma que Felipe González prometió sobre España en los ochenta, Salvador Illa prometía ahora hacer “que Catalunya funcione”. Vendía eficacia, arreglar las cosas, mejorar el país. Nos decía que los socialistas —que no gobernaban Catalunya desde hacía catorce años— demostrarían que eran los mejores, los más listos, los más trabajadores, los más valientes para hacerse cargo de la Generalitat.
Casi dos años después, podemos hacer ya un balance. Un balance a grandes rasgos. El primer objetivo, anestesiar el soberanismo y el independentismo, me parece que se ha logrado. Claro que no gracias a Illa y el PSC, sino por la frustración, el agotamiento y el acusado desconcierto de los partidos, entidades y las propias bases del soberanismo y el independentismo. Se ha hablado mucho de ello, hemos hablado mucho de ello. Seguramente aún faltan varios años para que aquel movimiento se reconfigure, reviva y coja nueva fuerza. A este decaimiento ha contribuido que todos nos hayamos dado cuenta de que el país está seriamente amenazado por una serie de problemas gravísimos que reclaman actuaciones urgentes. Desde la vivienda hasta la enseñanza, pasando por la lengua, las infraestructuras y los servicios sociales. Catalunya se encuentra en un momento peligroso y decisivo. La percepción general es que el país se encuentra al borde del colapso, con las costuras a punto de reventar.
Y esto liga con la oferta socialista de buena gestión. Una buena gestión que, según ellos, marcaría un antes y un después respecto a la dejadez y torpeza de los gobiernos de Junts y ERC. Cuando alguien sitúa en su programa hacer que las cosas funcionen —que, por otro lado, sería lo mínimo exigible a cualquier gobierno— y no un proyecto de futuro ambicioso e inspirador, las cosas no solo tienen que funcionar, sino que se tiene que notar un salto adelante en términos de eficacia y buena gestión. Creo que todo el mundo estará de acuerdo en que esto no ha sido así. La crisis brutal de Rodalies en enero y la también brutal huelga de maestros de ahora —con una torpe infiltración policial— son dos muestras, dos ejemplos especialmente elocuentes. Han salido gravemente señaladas la consellera Paneque, la consellera Niubó y la consellera Parlon. Paneque es portavoz del Govern y consellera de Territori, Habitatge i Transició Ecològica. Esther Niubó es consellera de Educació i Formació Professional. Núria Parlon es consellera de Interior i Seguretat Pública.
La percepción general es que el país se encuentra al borde del colapso, con las costuras a punto de reventar
Otro ejemplo son los apuros de Illa para aprobar unos presupuestos. Ahora, una vez pasadas las elecciones andaluzas, parece que ERC concederá la luz verde. El supuesto éxito —así se venderá— consistirá en tener los presupuestos para 2025 a mediados de… ¡2025! Tampoco aquí se puede decir que los socialistas brillen. Hay que añadir, en el pasivo de este Govern, todos los incumplimientos o cumplimientos muy parciales del PSOE en cuanto a los compromisos adquiridos para que Illa fuera president: recaudación de impuestos, modelo de financiación, IRPF, aeropuerto, traspaso de Rodalies…
Y aquí está la gran piedra en el zapato de este gobierno: su vínculo y sumisión a los intereses de Pedro Sánchez y el PSOE. El Govern de Illa, y el propio president, son incapaces de enfrentarse a Sánchez y el PSOE. Más que nunca, mucho más que en tiempos de los presidents Maragall y Montilla, los socialistas catalanes son una delegación territorial, una franquicia, una sucursal. Esto se nota en el día a día, y más aún cuando se producen conflictos evidentes, como ocurrió durante el caos de Rodalies de principios de año.
Como hizo el copiloto de Carlos Sainz, a Salvador Illa alguien le debería gritar: "¡Trata de arrancarlo!. ¡Trata de arrancarlo, Salvador!, ¡Por Dios, trata de arrancarlo!". Pero no parece, al menos por ahora, que el Govern pueda despegar. La única posibilidad que adivino para que este ejecutivo de la Generalitat —que, a pesar de tener bastantes elementos a favor, no mejora en las encuestas— pueda revivir es que, el próximo año, PP y Vox conquisten el gobierno de España. Entonces Illa y el PSC ineludiblemente chocarán con Madrid. Descargado del lastre de Sánchez y el PSOE, en estas circunstancias el president Illa podrá aparecer no solo como la némesis de la derecha y la extrema derecha españolistas, sino también como un campeón del catalanismo y la defensa del país. Será una oportunidad, si sabe aprovecharla. Otra cosa muy distinta es si bastará solo con eso.