Ya no compartimos vida, nos la resumimos. Dentro de la sociedad del cansancio, la agenda apenas nos deja tiempo para nosotros. Y decir nosotros es también decir amigos. Calendarizamos un café, como quien se apunta una reunión de trabajo. Repasamos los últimos acontecimientos vividos. Primero hablas tú, después yo. Uy, qué tarde se ha hecho y hasta la próxima. Las vivencias son para vivirlas, pero estamos en la época del rendimiento y la exigencia. Resumir nuestra rutina no es una experiencia, es una nota a pie de página y nosotros queremos la novela entera.
Este nuevo mal de nuestra sociedad se ve que ya tiene nombre propio y se ha bautizado, para variar, en inglés. Tres o cuatro palabras cortas que no reproduciré aquí porque empiezo a estar harta de esta invasión lingüística que, cuando no viene de la meseta, viene del otro lado del océano. El caso es que parecemos más máquinas que humanos. Siempre estamos ocupadas, tenemos mil cosas que hacer y una de estas mil, con suerte, es quedar con las amigas. Un encuentro que, a veces y para aprovechar el tiempo, hacemos mientras vamos a comprar juntas y así matamos dos pájaros de un tiro. Le hacemos un tetris a la agenda, quedamos y nos intercambiamos titulares mientras elegimos productos en la sección de lácteos.
También es cierto que, si no nos obligáramos, quizás habría personas con quienes ya no tendríamos contacto. Como tampoco es menos verdad que hay personas con quienes, por mucho tiempo que pase, cuando te reencuentras es como si te hubieras visto ayer. Puede ayudar a separar el grano de la paja y hay personas que un día significan mucho y al otro no tanto. De acuerdo. Todo esto es verdad, pero lo virtual está desbancando lo real y lo real cada vez es más breve y enunciativo. Por no hablar del hecho de que, cuando quedamos presencialmente, miramos más la pantalla del móvil que los ojos de quien tenemos delante (un acto de enorme mala educación). Somos menos orgánicos y más digitales, y esta dinámica moderna nos atropella.
Ya no compartimos vida, nos la resumimos. Esta Semana Santa vivamos el tiempo y construyamos intimidad; si no, aquello de amigos, conocidos y saludados acabará siendo solo esto último
Llamamos por teléfono, desde el coche, en los diez minutos que van desde que dejamos a la niña en el entrenamiento hasta que entramos al gimnasio. Y eso no es vivir, ni eso es conversar. Y me pregunto: ponerte al día, ¿de qué? ¡Si no has tenido tiempo de vivir! Le faltan horas al día o quizás nos sobra información y prisa. Tenemos que invertir tiempo, no gastar horas. La amistad no puede ser tratada como una tarea más dentro de la jungla diaria, cuando debería ser el oasis. Si no se llega a todo, lo primero que suele caer del plan es el encuentro de amigos; ya lo haremos más adelante. Y mientras tanto somos máquinas de trabajar que minutamos las reservas, fabricamos productos, sueldos y cansancio.
Necesitamos construir intimidad. Un like no es una mirada. Es esencial generar recuerdos para que después se conviertan en anécdota, y no solo hacer un repaso de deudas, hijas, patriarcado capitalista, familiares que envejecen o series de Netflix. Las redes sociales cambian la manera que tenemos de interactuar entre nosotros y en algunos aspectos han ayudado mucho, sí. Pero la proximidad a través de las pantallas es un espejismo que, además, el día que no hay cobertura desaparece. Los momentos compartidos hacen florecer el vínculo, la piel, la energía. Sin embargo, ahora nos limitamos a contar qué ha pasado desde el último café que tomamos hasta ahora y pasamos revista de todo lo que podemos, como quien va a hacer una transferencia al banco.
Ahora que vienen días festivos. Ahora que la agenda se vacía y respiraremos más lentamente, ojalá encontráramos espacio para hacer excursiones, cenas, paseos en bicicleta, cafés largos, sin relojes ni alarmas. Tenemos que generar recuerdos, no solo repasar inputs. La presencia física da sentido al vínculo y genera afecto. Tampoco deberíamos caer en la tentación de solo producir selfies por el simple hecho de después colgarlos. Comunicar no es compartir. De lo contrario, corremos el riesgo de tener conexión sin convivencia. Esta Semana Santa estemos al aire libre, compartamos tiempo y desprogramemos la aceleración; si no, aquello de amigos, conocidos y saludados acabará siendo solo esto último.
