Ya antes del procés existía una fuerte crisis de desconfianza hacia los partidos. La decepción respecto a sus posibilidades transformadoras (veníamos de la sentencia del Estatut), la sensación de callejón sin salida social y económico tras la crisis de 2008, la falta de mensajes nuevos (tanto el pujolismo como el tripartito parecían promover ideas ya obsoletas o, como mínimo, oxidadas) empujaba a la gente a buscar refugio en entidades con un alto contenido político, pero formalmente apartadas de los partidos: Òmnium, la ANC, la AMI, Súmate… El desenlace del procés ha hecho que estas entidades hayan sufrido, en mayor o menor grado, el precio de la decepción política general. Òmnium es quien mejor ha resistido el golpe y quien ahora seguramente puede reunir una mayor fuerza movilizadora (hablamos de un enorme ejército de activistas al que no se puede renunciar directamente, sino que más bien conviene sacudir y actualizar). Saldrán más, sin duda, porque no todo el descontento tiene que traducirse electoralmente (ya sea mediante la abstención, mediante Aliança Catalana o mediante el fomento del nihilismo). Hay demasiada gente con ganas de participar, de empujar, de no malgastar las pocas herramientas útiles que nos quedan. En el ámbito cultural, sobre todo (yo mismo formo parte de la junta del Orfeó Català y me presento para intentar ayudar dentro de la futura junta de Òmnium), pero también en el ámbito de la reivindicación política, vuelve a quedar claro que la política demasiado a menudo no llega donde debe llegar o, directamente, no da la talla que debería dar. Hemos visto tantos capítulos últimamente que, dada la pérdida de talento para ganar las guerras políticas (e incluso algunas guerras empresariales), como mínimo tendremos que hacer lo posible para ganar las guerras culturales.
No es cierto que los partidos lo hagan todo mal; más bien parece sobrevolar la política catalana una especie de impotencia o de bloqueo que acaba contaminándolo todo y deriva, casi por eliminación, en la fórmula de gobierno más aburrida, españolizadora y autoritaria que podíamos imaginar. Ya se sabe: cuando tú no ocupas el poder, el poder no desaparece (imbécil), sino que lo ocupa otro. Cabe destacar que, después de octubre de 2017, el independentismo siguió gobernando este país con una amplia mayoría absoluta, y que los efectos de esta “mayoría del 52%” fueron más bien imperceptibles (todo sea dicho, con la persecución y la represión todavía vigentes e incluso con cordones sanitarios directos, como el que sufrió Trias tras ganar las elecciones en Barcelona). Ahora vivimos las sobras de un pacto con el PSOE que puede haber servido a los partidos para coger aire y salvar algunas pieles, pero que ha llevado a la población a notar precisamente que se ahogaba por falta de aire. Todo el mundo ve cómo se ha instalado, desde entonces, una sensación de lejanía entre votantes y partidos, en la que unos y otros han decidido ir por libre. Los electores, ya sea absteniéndose, derivando hacia el voto tóxico o apostando exclusivamente por el activismo cívico. Pero a veces parece que los partidos también: en el caso de Barcelona, por ejemplo, después de tres años, Junts parece haber superado la primera pantalla de una especie de “primarias latentes” que ha ganado Jordi Martí, pero que aún, quizá —y en función de otros aspirantes—, tendrá una segunda vuelta. Lo que deseo es que lo que aparezca no sean aspirantes, sino ideas. Porque el debate ha sido (y sigue siendo) tan interno, tan encerrado en sí mismo y autocontemplativo, que también le falta oxígeno. Imaginación, propuestas, inspiración. Una visión de ciudad.
Todos, dentro y fuera de los partidos, tenemos que sacudirnos y actualizarnos. Tener ideas, exponerlas y ejecutarlas. Es decir, mojarnos, implicarnos, sin tantos miedos ni tantas prudencias
Para el país, lo mismo: si la idea es ir tirando y sobrevivir, no tengan ninguna duda de que entre todos conseguiremos ir tirando y sobrevivir. Lo que ocurre es que otros, más decididos a imponer una idea alternativa que a simplemente sobrevivir, evidentemente logran imponerla. Más que por incomparecencia, es por sequía, por pérdida de la alegría, por un miedo atmosférico a hacerse daño que hace que nadie se atreva a empezar el baile. El acuerdo entre ERC y PSC para los presupuestos de la Generalitat es de un autonomismo gerencial deprimente, ya no carente de un contenido estimulante, sino directamente de un relato estimulante, sin ni siquiera intentar vestir la mona, porque la mona es imposible de vestir con un tren orbital. Todo parece orbitar, precisamente, alrededor de la política española y del eterno debate entre rojos y “nacionales”, en el que los catalanes, como siempre, vemos pasar las balas por delante (o clavársenos en el pecho por parte de unos o de otros). Ahora Pedro Sánchez tiene problemas, porque a Zapatero (el gran artífice de las mediaciones helvéticas) le han encontrado sombras en su “Finance boutique”. Y ya estamos todos otra vez intentando situarnos en este nuevo escenario, marcado exclusivamente por el debate entre PP y PSOE. Si queremos una Catalunya no gobernada por el sucursalismo, antes necesitaremos una política con la mente no sucursalizada. Pactar puede ser fructífero si no te hace desaparecer, si no te seca todas las ideas, si no secuestra todas tus ambiciones. Todos, dentro y fuera de los partidos, tenemos que sacudirnos y actualizarnos. Tener ideas, exponerlas y ejecutarlas. Es decir, mojarnos, implicarnos, sin tantos miedos ni tantas prudencias. Las entidades civiles son una posibilidad, y por eso invito a participar en ellas. Pero, aun así… ¿Recuerdan ustedes aquella época en la que los partidos eran (o al menos parecían) exactamente entidades civiles?
