Hay veces en las que la ilusión por un proyecto no puede imponerse al principio de realidad, y ha llegado el momento de admitirlo. Había parecido factible, incluso algunos creían que lo teníamos al alcance de la mano, pero debemos ser honestos y, si no queremos seguir dándonos cabezazos contra la pared, concluir que la fiesta se ha acabado. No hay nada que hacer, no es un proyecto viable y, mires donde mires, solo encuentras barreras legales, judiciales, administrativas, empresariales y políticas. Dentro y fuera. Por lo tanto, será mejor olvidarse de ello: como decía Collboni, es mejor no meterse en la lucha por quimeras imposibles. Se ha intentado, y no se ha podido. Asumámoslo, pues: no hay ningún encaje posible de Catalunya dentro del Estado español.
Dirán, y prometerán, y volverán a hablarnos de plurinacionalidad y de mediadores, pero han transcurrido nueve años desde 2017 y la estrategia del diálogo no ha funcionado. Todo encaje de Catalunya dentro de España ha sido y es por la fuerza; no existe ni siquiera un pacto estatutario votado por la gente, y la táctica de la “pacificación” simplemente no ha funcionado. Sí se ha conseguido aflojar la fiebre represiva, sí se puede hablar en catalán en el Congreso de los Diputados (ya me dirán), pero estructuralmente no se ha resuelto —ni siquiera movido— nada. Ni catalán en Europa, ni reconocimiento nacional, ni financiaciones singulares, ni competencias en inmigración, ni referéndums sobre nuestro futuro, ni siquiera un nuevo Estatut. Nada. Ni permiten que nos marchemos, ni nos permiten escoger la manera de quedarnos: seguramente esa es la definición de una colonia, de un territorio ocupado. La última carta que tenía España, y que ya advertí que utilizarían, llamada reformismo impulsado por el PSOE, ha quedado en nada. Este hecho, que puede parecer circunstancial, históricamente no lo es: si se trataba de “pasar página” del procés y ver qué podía venir después, queda descartada la opción de la reforma de España. Por incapacidad o por engaño, da igual: es el final de la historia, de la comedia. Es como el “final del procés”, pero de un procés a la inversa. Déjenlo estar. Abandonen toda esperanza. Se ha acabado.
Había parecido factible, pero debemos ser honestos y asumirlo: no hay ningún encaje posible de Catalunya dentro del Estado español
¿Cuál es la pantalla siguiente a esta derrota del “poli bueno” socialista que estaba llamado a “normalizarnos”, a “pacificar” Catalunya? Primero, digerir este dato: Catalunya no puede “pacificarse” con promesas abstractas, con concesiones graciosas y con zanahorias eternas. Lo que sí debe admitirse es que han logrado desactivar temporalmente, o al menos desmotivar profundamente, al movimiento independentista. El desconcierto, la división y la desconfianza hacia los partidos se han vuelto profundos y difíciles de reparar. Costará tiempo revertirlo, o bien hará falta una sacudida fuerte y rápida. Una vez digerida esta idea, como decíamos, ¿qué viene después? Viene, creo, un debate guerracivilista español en el que los catalanes haríamos bien en no pronunciarnos o en hablar de otra cosa. A saber: el debate será entre una enésima oferta de reforma plurinacional (vestida, diría yo, de referéndum sobre la monarquía) y las malignas fuerzas de la derecha postaznariana. La ventaja que tenemos es que ambas historias acaban mal: la primera, porque hará que el Estado colapse de indigestión (como ya ha dado síntomas: el “el que pueda hacer, que haga” de Aznar viene de la ley de amnistía, y si vuelve a pronunciarlo ahora, debe de tener algo que ver con la inminencia de determinadas resoluciones judiciales). Y la segunda opción, porque previsiblemente encenderá las brasas que permanecían expectantes dentro del movimiento independentista, que no son pocas. España, aparentemente, solo puede dar pasos hacia el abismo: que los dé hacia la izquierda o hacia la derecha parece, a estas alturas, completamente indiferente.
¿Y nosotros? A nosotros se nos quiso convencer de que la propuesta de la independencia era imposible y, sin creérnoslo ni un segundo, sí dimos, resignadamente, una última oportunidad al diálogo. Si se tratara de una cuestión de legislaturas o de acceso al poder, aún; pero desde la moción de censura que convirtió a Pedro Sánchez en presidente, las legislaturas ya solo tratan de cómo se resuelve (o no se resuelve) el conflicto que estalló en 2017. Como no se ha hecho nada para resolverlo, se acerca el momento de concluir que no se ha resuelto. Por lo tanto, a nosotros solo nos queda la opción de agradecer todos los esfuerzos, condenar la pérdida cósmica de tiempo y recapitular unas páginas atrás (nueve años exactos) para entender la página que tiene que venir. No queda otra que escoger el momento, reunir fuerzas y decir: “¿Por dónde íbamos?”.