Existe un consenso bastante generalizado que finalizamos un mes, enero de 2026, que ha sido desastroso a todos los niveles. Centrándonos en la dimensión internacional, esta realidad nefasta tiene mucho que ver, si bien no exclusivamente, con las políticas —tanto agresivas como erráticas— de Donald Trump. Un presidente, el de los Estados Unidos, que acaba de cumplir el primer año de su segundo mandato, algo de lo que se desprende automáticamente que aún le quedan tres más; y esto solo puede generar escalofríos por la incertidumbre que resulta, así como por la promesa de una inestabilidad y volatilidad que se hace difícil de digerir y aún más de gestionar.

Nos despertamos —el primer día del año— con el impacto del incendio, con cuarenta muertos, en el resort alpino de Crans-Montana, mientras en paralelo las protestas contra el régimen de los Ayatolás en Irán crecían y consecuentemente también lo hacía la represión del mencionado régimen.

Pero el shock global se dio el día 3, con el ataque militar a Venezuela, por parte del ejército y fuerzas especiales de los EE. UU., con el consiguiente secuestro y traslado a Nueva York de Nicolás Maduro. Una intervención de unas horas, seguramente de minutos, que comportó una sacudida global inmensa que de hecho hoy —aunque parezca que muchos ya lo hayan olvidado— todavía se hace difícil de entender, no tanto por la operación militar en sí, como por las consecuencias y la falta de reacción de las partes más afectadas. Empezando por la del mismo régimen venezolano, que hace como aquel que mira hacia otro lado, con la esperanza de poder sobrevivir y mantener así las prebendas y los beneficios del control del poder; o de los supuestos aliados del país como Rusia o la misma China, cuando esta última, horas antes del ataque contra Maduro, acababa de confirmar una “alianza de hierro” en una reunión con un alto enviado de Xi Jinping en el Palacio de Miraflores, sede de la presidencia venezolana.

Y permítanme que en este punto haga una pequeña reflexión sobre el rol del azar en el devenir del mundo y de los pueblos. Como en Sarajevo, en junio de 1914, donde fue un error del chófer que conducía al Archiduque Francisco Fernando de Austria lo que posibilitó el atentado de Gavrilo Princip, que desencadenó la Primera Guerra Mundial, con la consiguiente masacre y posterior disolución de cuatro grandes imperios y la reordenación completa del orden mundial; en un grado menor, el pasado 3 de enero fue la incapacidad de Maduro para cerrar correctamente la puerta de seguridad de la “cámara blindada” anexa a su habitación, la que permitió que los miembros de la Delta Force pudieran capturarlo con relativa facilidad. Y, y esto es importante, sin ninguna baja estadounidense —en contraste con la muerte de decenas de miembros de la guardia pretoriana cubana de Maduro— algo que habría cambiado completamente el contexto actual.

Poco después, el día 6, se inician los choques entre fuerzas del gobierno sirio y de la autonomía kurda del país, que en pocas semanas han comportado la pérdida del 80 % del territorio que los kurdos controlaban dentro del territorio sirio; algo que ha reforzado notablemente el nuevo régimen de Ahmed al-Shaara, exmiembro de Al-Qaeda que curiosamente ahora mantiene buenas relaciones con la Casa Blanca, mientras los kurdos sufren las consecuencias del abandono de los EE. UU., de los mismos que durante décadas les habían dado apoyo tanto político como militar.

Groenlandia y Davos marcan un antes y un después en cómo Europa, y también otros países, hace frente a Trump. Finalmente, Europa opta por subir el tono y demostrar desafío

Continúa avanzando el mes, las protestas en Irán se intensifican, Trump les da apoyo sugiriendo un posible ataque norteamericano al país, y se empiezan a conocer las primeras cifras de muertos resultantes de la durísima represión por parte de las autoridades de Teherán.

En el frente Ártico es el 8 de enero cuando saltan todas las alarmas, a raíz de las declaraciones del presidente Trump al New York Times, donde se plantea que quizás tendrá que “escoger entre mantener la OTAN o confiscar Groenlandia” y se despacha con un “yo no necesito el derecho internacional”; agravando la situación posteriormente con unas nuevas declaraciones donde insinúa que ya no se siente “obligado a pensar solo en la paz” por el hecho de no haber recibido el Premio Nobel de la Paz. Nueva sacudida global, con un impacto particular en Europa, que desencadena una actividad diplomática y militar frenética, en la que tradicionales aliados de los EE. UU. como la misma Dinamarca –hay que tener en cuenta que, por ejemplo, 44 soldados daneses murieron durante su participación en la coalición internacional dirigida por los EE. UU. en Afganistán– llegarán a hablar abiertamente de un posible enfrentamiento militar directo, de modo que se acabará incluso activando la Operación Resistencia Ártica, con el despliegue de tropas combinadas europeas en territorio groenlandés.

Una crisis que dura semanas, pero que se resuelve —con un punto de sorpresa— el 21 de enero, en el esperado —y temido— discurso de Trump en el Foro Económico Mundial de Davos, en Suiza. En Davos, en contra de lo que todo el mundo esperaba, vemos un Trump diferente, con un tono mucho más rebajado, en absoluto contraste con su discurso por videoconferencia del año anterior, con un cambio súbito de guion y de dirección, dando marcha atrás, congelando una posible anexión, y aceptando —aunque sea temporalmente— un planteamiento de ampliación de su presencia militar en la isla que, por otra parte, habría podido llevar a cabo prácticamente igual simplemente respetando el marco legal vigente.

Groenlandia y Davos marcan un antes y un después en cómo Europa, y también otros países —solo hay que releer el impactante discurso que hizo allí el primer ministro canadiense Mark Carney— hacen frente a Trump. Ante la evidencia de que la doctrina de la “paciencia estratégica” que había desarrollado Ucrania tras la “visita trampa” de Zelenski a la Casa Blanca —y que otros países y líderes habían adoptado— ya no da resultados, finalmente Europa opta por subir el tono y demostrar desafío no solo en las palabras (y en unas gafas de sol), sino también en los hechos. A esto se suma una creciente oposición interna, también dentro del partido republicano, y unas encuestas que mostraban un rechazo abrumador por parte de los estadounidenses a las aventuras árticas de la administración Trump. Y ante esta oposición robusta, tanto externa como interna, donde no solo hay palabras sino que también hay hechos, Trump cambia completamente de dirección, como ha hecho tantas otras veces cuando lo que le parecía una victoria relativamente fácil se le complica.

Hasta Trump tiene límites, por lo tanto, se le puede confrontar. Algo a tener en cuenta para los tres largos, y seguramente complejos, años que nos esperan de su mandato

Una situación diferente, pero similar en la forma de funcionar de Trump, es la que se está dando en Minnesota. Desde hace semanas este estado, y en particular su ciudad principal –que no es capital– Minneapolis, ha sufrido una campaña de extrema virulencia por parte de los cuerpos policiales federales encargados de la lucha contra la migración ilegal. En esta campaña, que a muchos les ha recordado tristemente la Alemania de los años 30 del siglo pasado, ha tenido un papel especial el ahora ya infame ICE –el cuerpo policial encargado del control de inmigración y aduanas–, con todo tipo de actuaciones arbitrarias, desproporcionadas, aterrorizando a la población local y con el triste resultado de dos ciudadanos norteamericanos muertos por disparos de miembros de este cuerpo, fruto de sus extralimitaciones constantes.

Pues bien, durante semanas Trump, y su entorno, ha defendido las actuaciones de su administración en este estado tradicionalmente demócrata. A pesar de la creciente alarma social resultado del cada vez más evidente descontrol y desproporción de la actuación del ICE, Trump continuaba dándoles apoyo y atacando agresivamente a todos aquellos, también a los de su propio partido, que lo cuestionaban, incluso después de la primera muerte, la de Renee Nicole Good. A raíz, sin embargo, de la segunda muerte, Alex Pretti, la indignación estalla, de manera creciente también en el partido republicano y –atención– por parte de los lobbies de las armas, entre ellos la omnipotente Asociación Nacional del Rifle; ya que en una desesperada maniobra para defenderse, el ICE y la Secretaría de Seguridad Nacional —actualmente en la cuerda floja— intentan justificar la muerte de Pretti por el hecho de que llevaba un arma. Un argumento que ha resultado fatal, ya que son precisamente los votantes de Trump los principales defensores de la segunda enmienda, es decir, del derecho de los estadounidenses a llevar armas, también en lugares públicos.

Y de nuevo, y en poco tiempo de diferencia, segunda frenada y reculada; destitución del polémico Gregory Bovino y promesas de reducir la presencia del ICE en Minnesota, así como de hacer cambios en los protocolos de actuación. Todo un giro radical en uno de los puntos más sensibles de la agenda de Trump, fruto de un vistoso fracaso de uno de los “experimentos” más extremos que su administración ha llevado a cabo hasta ahora en territorio norteamericano.

Dos ejemplos, pues, de que incluso Trump tiene límites y de que, por tanto, se le puede confrontar. Algo a tener en cuenta para los tres largos, y seguramente complejos, años que nos esperan de su mandato.

Otra cuestión es cómo se gestionará en los próximos días la cuestión persa, sin obviar que Irán tiene, como Venezuela, unas suculentas reservas de petróleo y gas, sobre todo ahora que Teherán ha anunciado maniobras militares navales en el estrecho de Ormuz, no muy lejos de donde se encuentra la importante flota –encabezada por el USS Abraham Lincoln– que los EE. UU. han enviado a la zona.