No hay suficientes adjetivos en el diccionario para definir el comportamiento de lo más incompetente de la clase política de Catalunya, de todos los que la integran sin excepción. De hecho, la lista podría ser interminable, pero uno solo basta para entender cómo son, y sobre todo cómo se comportan, los políticos que cada día que pasa hacen avergonzar más a los catalanes por la incapacidad manifiesta a la hora de conducir un país que en estos momentos, gracias a su ineptitud y desidia, va a la deriva.
El último ejemplo que los ha dejado a todos en evidencia es el pacto que ha conseguido el lehendakari Imanol Pradales con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para que el País Vasco participe en la gestión de sus aeropuertos mediante la creación de un nuevo organismo en el que estarán representadas las dos administraciones. Catalunya hace muchos años que va detrás de ello y por ahora no ha conseguido nada de nada. Es un caso de aquellos que corrobora la sempiterna incapacidad negociadora de los catalanes en Madrid [ver ElNacional.cat del 24-2-2026], sean del color político que sean —antes CiU y ahora JxCat y ERC—; mientras que los vascos, en cambio, de la mano del PNV, sin hacer ruido, se salen siempre con la suya (y seguramente lo harán también con la cesión del Guernica de Picasso al Guggenheim de Bilbao, aunque sea temporalmente). Hace tiempo que se habla de que Catalunya quiere gestionar sus aeropuertos. Que también lo quisiera Euskadi, no se había oído hablar de ello nunca. Sin embargo, el resultado es que Euskadi lo tiene y Catalunya no.
Lo que tiene el País Vasco, con todo, es el acuerdo político, que, aunque es mucho, no lo es todo, porque ahora lo complicado será llevarlo a la práctica. El gestor aeroportuario español, AENA (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea), que es quien realmente corta el bacalao en este mundo, ya ha dicho que no piensa permitir que el ente público que controla todo el pastel tenga que compartir un trozo, por pequeño que sea, con alguien más. Esto quiere decir que no solo se opone frontalmente al pacto, sino que moverá cielo y tierra y lo combatirá para que no pueda aplicarse de ninguna de las maneras. AENA es la mejor muestra de la casta funcionarial que realmente manda en el Estado español y, de acuerdo con su filosofía, ya fue quien rechazó también la transferencia de la gestión de los aeropuertos catalanes a la Generalitat que preveía la reforma del Estatut que salió del Parlament el 2005. Y no hay duda de que consiguió frenarla, porque Artur Mas y José Luis Rodríguez Zapatero —entonces jefe de la oposición en Catalunya y líder de CiU y presidente del Gobierno y líder del PSOE, respectivamente— se la cargaron en la reunión que mantuvieron en la Moncloa en 2006 para desencallar la aprobación final del nuevo Estatut por las Cortes españolas.
Aun así, puede ser que incluso esta vez el País Vasco se salga con la suya allí donde Catalunya tropezó. Lo que es seguro es que Catalunya ha fracasado siempre en todos los intentos, el último de ellos el acuerdo alcanzado entre ERC y el PSC para la investidura de Salvador Illa como president de la Generalitat que preveía la creación de una autoridad aeroportuaria catalana que hiciera posible la participación del Govern catalán en la gobernanza de los aeropuertos catalanes. Lo mismo que ha obtenido Euskadi, pero con la diferencia de que aquí hace tiempo —no es de ahora— que Maurici Lucena, presidente de AENA, descarta tajantemente cualquier tipo de cesión, por mucho que desde el entorno de Salvador Illa se intente sacar pecho y se diga que se está trabajando en la cuestión. Suerte que ambos son del mismo partido y que el partido que gobierna en España y en Catalunya es el mismo, que, si no, vete a saber cuál sería la reacción. O quizás el problema es justamente este, que los que gobiernan aquí y allí son los mismos y los de aquí tienen lo que se denomina obediencia debida a los de allí.
El PSC ha fracasado estrepitosamente también en lo que tenía que ser la insignia de su obra de gobierno: la gestión
El caso es que se nota mucho que el PSC va a remolque del camino que le marca el PSOE. Y no es solo que el PNV le haya pasado la mano por la cara —como la había pasado históricamente a CiU— ahora en el asunto de la gestión de los aeropuertos, es que, como depende absolutamente en todo del PSOE —a estas alturas del partido todo el mundo sabe que el PSC no es más que la marca del PSOE en Catalunya—, no puede cumplir ninguno de los compromisos adquiridos sobre la oficialidad del catalán en Europa, la transferencia de las competencias en inmigración, el traspaso de Rodalies, la cesión del 100% del IRPF o la gestión de los aeropuertos catalanes. Pero no solo esto, es que el PSC ha fracasado estrepitosamente también en lo que tenía que ser la insignia de su obra de gobierno: la gestión. Basta con ver el desbarajuste de Rodalies o la incapacidad para hacer frente al aumento exponencial del tráfico en la autopista AP-7 desde que se liberó el peaje o las huelgas de médicos y de maestros.
Además, el PSC también ha sido incapaz de revertir, ahora que gobierna, políticas que criticaba severamente cuando estaba en la oposición. Una de las más clamorosas es la presión fiscal que soportan los ciudadanos de Catalunya, que es la más elevada de todo el Estado español. Los catalanes son los que tienen el tipo del IRPF más alto y los que pagan más por un impuesto de sucesiones que la mayor parte de las autonomías ha eliminado. Pero el equipo de Salvador Illa, con Alicia Romero, la consellera de Economia, al frente —que se supone que es la espabilada del grupo—, no quiere ni oír hablar de rebajar impuestos y prefiere mantener un nivel impositivo que en muchos casos es un ahogo para muchas familias. Y encima ha coincidido con que en 2025 la inversión extranjera en Catalunya cayó un 14% respecto al año anterior. Todo ello sitúa un primer balance provisional de estos todavía no dos años de gobierno del PSC en un suspenso sin paliativos.
Mientras el hombre quiere volver a la luna, en Catalunya hace tiempo que hay quienes viven en la luna, pero, como señala el dicho popular, en la de València, que es tanto como decir que se está fuera de la realidad y que es, poco más o menos, lo que le ocurre a la clase política catalana. Una cuadrilla de incompetentes.