Es curioso, y hasta cierto punto incluso aleccionador, ver las interpretaciones —y las manipulaciones— que se han hecho de las manifestaciones que recorrieron las calles de las principales ciudades de Catalunya con motivo de la celebración de la última Diada nacional. Después de unos años de mucha apatía, la gente volvió a dejar oír su voz en la calle, lejos de los centenares de miles de personas que se habían manifestado entre el 2012 y el 2017 —nada comparable con aquello—, pero aun así las imágenes de las esteladas volando al viento volvían a lucir. Y, como es obvio en toda fiesta nacional de cualquier país, la reivindicación de la jornada giró alrededor de los derechos nacionales, de la capacidad de autogobierno y, en definitiva, de la independencia que necesita Catalunya para garantizar su futuro como nación.
La gente, pues, se manifestó el Onze de Setembre, como con más o menos entusiasmo lo ha hecho desde el 2012, para reclamar la independencia, sin ninguna otra intención. Y esto conviene que quede claro, sobre todo a quienes han pretendido devaluar la celebración dándole un sentido y un significado que no tiene. El leitmotiv de la última Diada nacional no ha sido el combate contra la extrema derecha, al contrario de lo que han querido hacer creer las fuerzas políticas del sistema, ni la conclusión de la fiesta ha sido un llamamiento a combatir, precisamente, la extrema derecha, aunque esto sea lo que han suscrito partidos teóricamente catalanistas como ERC, JxCat y la CUP y entidades también supuestamente catalanistas como la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural. Todos han caído en la trampa del PSC, que cada día pone en práctica, tal como una bota malaya, una política de desnacionalización de Catalunya con el único objetivo de convertirla en una autonomía más de España y que lo hace con el apoyo inestimable, entre otros, de los Comuns, que son los primeros en abanderar actuaciones de este tipo.
Bastaba con escuchar el mensaje institucional de Salvador Illa con motivo del Onze de Setembre para ver la capacidad que tiene el actual president de la Generalitat de igualar por abajo el techo del autogobierno de Catalunya y de obviar, de acuerdo con esta lógica, toda aspiración nacional posible. De hecho, ahora que ha llegado a la mitad del mandato él podrá hacer un balance tan triunfalista como quiera, pero la realidad es que ya se puede decir sin temor a equivocarse que el exministro de Sanidad de Pedro Sánchez es, de lejos, no solo el peor president que ha tenido jamás la Generalitat, sino también el más españolista de todos. Lo más grave del caso, aun así, no es esto, es que formaciones que sobre el papel son catalanistas —se hacen llamar independentistas, pero a estas alturas no queda nadie que no sepa que no lo son— compren acríticamente este relato y participen de manera activa en la dilución de lo que es y representa la Diada nacional de Catalunya.
La masa crítica de un movimiento social tan potente como lo ha sido este está ahí, preparada para cuando haya que activarse de nuevo, siempre que, eso sí, no se trate de otro engaño
La Diada nacional no se celebra cada 11 de septiembre para boicotear a Aliança Catalana, a la que todos han decidido calificar con el mote de extrema derecha porque no han encontrado ninguna manera racional de contrarrestar el avance con el que les está comiendo el terreno a todos. La Diada nacional no es el día para ir al Fossar de les Moreres —donde el poema de Frederic Soler, Pitarra, recuerda, por cierto, que "no s’hi enterra cap traidor"— con la bandera de Palestina y el discurso judeofóbico de manual para insultar a Sílvia Orriols, tildándola de "judía de mierda". La Diada nacional tampoco es el momento de reconocer a los extremeños que Illa dice que "levantaron Catalunya". La Diada nacional, muy al contrario, es el escenario para llevar la bandera de Catalunya, para homenajear a los catalanes que hace siglos que levantan Catalunya mientras otros se dedican a hundirla y para no poner en práctica cordones sanitarios a una fuerza política catalanista, y en las actuales circunstancias quizás también más independentista que cualquier otra, sencillamente porque se ha convertido en un competidor inalcanzable.
Los partidos procesistas, en cambio, han comprado entero el marco mental de una izquierda catalana que cada vez tiene menos de izquierda y de catalana y más de española, y cuyo único propósito es aguar, hasta hacer desaparecer, el hecho nacional catalán. Luego estas mismas formaciones pretenden ser creíbles cuando corren a abrazar la propuesta de la ANC y Òmnium Cultural —la enésima de estas características que plantean— de recuperar la unidad del independentismo, aprovechando el "punto de inflexión" que entienden justamente que ha habido en el tono reivindicativo de la última Diada nacional. Una unidad, en todo caso, que no tiene razón de ser desde el momento que ERC, JxCat y la CUP, que hace tiempo que está acreditado que han dejado de ser independentistas, excluyen que participe el único actor que todavía lo es, Aliança Catalana.
Y es que, a disgusto de los partidos sistémicos y a pesar de sus acciones para contenerlo, el movimiento independentista continúa muy presente en la sociedad civil. De hecho, al contrario de algunas interpretaciones según las cuales las manifestaciones de este Onze de Setembre han representado el retorno del independentismo, puede decirse que el independentismo no ha vuelto sencillamente porque no se había ido nunca, porque ha estado siempre allí. Desmovilizado y medio dormido, si se quiere, pero la masa crítica de un movimiento social tan potente como lo ha sido este está presente, preparada para cuando haya que activarse de nuevo, siempre que, eso sí, no se trate de otro engaño. El problema fundamental es que, como ocurre desde 2017, hoy todavía no hay ningún líder capaz de ponerse al frente.
A la gente que ha aprovechado la última Diada nacional para volverse a movilizar, lo haya hecho o no desde la calle, no le quedará, por lo tanto, más remedio que continuar esperando, y hacerlo entre el intento de manipulación de quienes quieren liquidar la historia milenaria del país y la voluntad firme de no dejarse destruir de quienes desean ir más lejos para recuperar la libertad perdida hace más de trescientos años. Como dice el poema de Bertolt Brecht, corren malos tiempos para la lírica, en el sentido de que las épocas de crisis no son propicias ni para el arte ni para la sensibilidad, sino para el pragmatismo y el mercantilismo, pero aun así habrá que confiar en que la capacidad de levantarse después de cada caída que ha exhibido Catalunya a lo largo de estos mil años salga adelante una vez más.