Para mi hermano pequeño, Martí, la entrada en la preadolescencia fue, también, la entrada en el mundo del metal. Con trece años ya llevaba la melena a la altura de las caderas y, con catorce años, quería ir a cada concierto y a cada festival que se celebrara cerca o lejos de casa. Su armario se metamorfoseó a partir de entonces: la ropa que le compraba mi madre fue abriendo paso a las camisetas negras con nombres de grupos ilegibles que se compraba él en los puestos de merchandising y en las tiendas del carrer Tallers. Como todavía era demasiado joven y no podía ir solo a muchos de los conciertos en cuestión, mis padres iban con él con mucho gusto. Y como mis padres lo acompañaban, mi hermano mayor y yo, a menudo, también lo hicimos.
Así, durante algunos años, el ocio familiar se transfiguró a raíz de la fiebre metalera de mi hermano pequeño: él y mis padres bajaron un par de años a Villena, al Leyendas del Rock. Fuimos todos juntos al Rock Fest a ver Megadeth y un sinfín de grupos que ya no recuerdo. Cuando vino Batushka a Barcelona en 2018 con Litourgiya, también estuvimos allí. Al año siguiente fuimos a la Sala Salamandra a ver a Mayhem. Cuando fuimos de viaje a Oslo, peregrinamos hasta Neseblod Records, una tienda del rollo un punto tétrica que, por todo lo que me contó Martí, asumí que ocupaba en su imaginario el lugar que en el mío debe ocupar la Mare de Déu de Montserrat. Mi hermano pequeño no tenía muchos amigos metaleros: era metalero porque le había nacido de dentro, como si la fiebre metalera lo hubiera tomado por azar y por fuerza, sin pedir permiso. Con la familia nos inventamos una especie de eslogan para resumir este sentido del deber con la música y lo proclamábamos cuando Martí decía o hacía algo para autoafirmarse como melenudo: cuando el metal te llama, tienes que responder a su llamada.
Este viernes, por la Diada, la sala Paral·lel 62 de Barcelona estaba llena de catalanes a quienes el metal había llamado. Allí se celebraba el festival de metal catalán Catalunya Triomfant, y solo con entrar en la sala y fundirme en la marea de compatriotas uniformados de negro saboreé un regusto de victoria. La conciencia de los clichés que planean sobre la catalanidad lleva, a veces, a expresiones forzadas y artificiosas de la catalanidad misma. Con la intención de sacudirse de encima determinados clichés, el país fabrica anticlichés que acaban por reforzar los clichés que inicialmente se querían combatir: "si todos los catalanes somos fans de Manel, la catalanidad se hace un corsé estético, y musical, y de carácter, incluso. Así pues, reivindicamos el macarrismo para hacer de contrapeso al estereotipo, y preservamos la catalanidad de convertirse en una identidad castradora, más que posibilitadora".
Ellos son sin dar explicaciones, porque no pueden hacer otra cosa que ser fieles a sí mismos. Y este es su triunfo, pero también es un triunfo que como catalanes, por encima de los clichés y de las caricaturas, a pesar del espíritu contemplativo que a veces abrazamos sin condiciones, podemos hacer nuestro
Esta es la intelectualización de una actitud que los metaleros catalanes viven sin intelectualizar: sin hacer grandes aspavientos —y tiene narices, teniendo en cuenta el tipo de música de la que estamos hablando— su autenticidad desprendida de performación —y tiene narices, teniendo en cuenta que el canon estético es clarísimo— ya rompe el cliché. De hecho, que haga décadas que el mundo del metal catalán funcione y se organice te hace pensar que el estereotipo al que me refiero tiene una parte de autoimpuesto, y que su alimento, aquello que hace que lo asumamos como orgánico, es el desconocimiento de todos los mundos en catalán que ya laten a pesar de la inconsciencia de algunos. Y que existen sin espacio en los grandes medios, por cierto, y sin que el objetivo de su existencia sea la reivindicación de la existencia misma: los metaleros catalanes ya son. Y no esperan reconocimientos, aunque, de vez en cuando, quizás no les importaría recibir alguno.
Esta Diada, Paral·lel 62 estaba a rebosar de catalanes que seguían el ritmo del ruido con la nuca. Los había que zarandeaban la melena presente y los había que zarandeaban la melena que algún día tuvieron, como quien pierde una extremidad y todavía se la siente. Con este semblante medio seguro, medio despreocupado, propio de la gente que va a su rollo sin intentar convencer a nadie de nada, los metaleros catalanes estaban allí empujados por una pasión que no necesita validación externa. Las personas con grandes pasiones siempre me han despertado una especie de admiración que, en realidad, es respeto. Y los metaleros catalanes, además, tienen la gracia de absorber el género por las hojas y hacerlo llegar a las raíces con toda la naturalidad. ¿Por qué no debería haber un festival en Breda que se llame Vescomtat Death y haga referencia al vizcondado de Cabrera? ¿Por qué no debería existir la comunidad metalera Darkcelona? ¿Por qué se nos debería hacer extraño que un grupo metalero se llame Foscor o Angoixa? ¿Por qué no deberías ir el lunes a tu trabajo de oficina con la camiseta de catalan goregrind?
En el metalero a grandes rasgos, en el chaval que fue Martí, en el único adolescente que iba al instituto de la Garriga con una camiseta de Dying Fetus, hay un semblante desacomplejado de autoafirmación que se hace inspirador para quienes estamos cerca. En el metalero catalán, que se sabe especialmente poco hegemónico, este semblante prácticamente involuntario trabaja doblemente. Ellos son sin dar explicaciones, porque no pueden hacer otra cosa que ser fieles a sí mismos. Y este es su triunfo, pero también es un triunfo que, como catalanes, por encima de los clichés y de las caricaturas, a pesar del espíritu contemplativo que a veces abrazamos sin condiciones, podemos hacer nuestro.
Por la Diada estaba en la sala Paral·lel 62 y notaba cómo vibraba el suelo a ritmo del doble bombo a través del esparto de las alpargatas de cintas —las mismas alpargatas, por cierto, que aquella misma mañana habían pisado el suelo empedrado de Santa Maria del Mar con motivo de la misa de los caídos por Catalunya—. Rodeada de peludos, tuve la sospecha de que de aquello que veían mis ojos no se hablaría ni en ningún suplemento de cultura, ni en ningún medio generalista. Pensé que este era un desacierto que no nos podíamos permitir. Que tenemos fama de ganar poco y que, precisamente por eso, cuando lo hay, debemos hacer por saborear todos los triunfos.