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En el año 2020 publiqué Generació Tap, un ensayo sobre el reparto de poder en nuestra casa desde el final del franquismo. Un periódico de papel hizo un reportaje, y la semana siguiente dos columnistas veteranos decidieron atacar mi planteamiento. Hasta aquí, todo muy lógico. Lo más interesante, sin embargo, es que los dos autores no citaron ni mi nombre ni el título del libro. "Hay alguien que habla de generaciones...", como aquel chiste de Miguel Gila y el asesino.

Fue la primera experiencia directa de un fenómeno que todos podemos observar, la enorme cobardía de buena parte de nuestras élites políticas, mediáticas y académicas. O dicho de otra manera: hoy, en Catalunya, casi nadie que tiene una pequeña cuota de poder está dispuesto a debatir nada en público. Si te critican lo hacen de manera indirecta, y así pueden negar que han hablado de ti. En privado, claro, las cosas son muy diferentes. Vamos a comer. Tomamos un café y te cuento cosas. Pero si no te portas bien, la puñalada y la cancelación siempre vienen acompañadas de un silencio sepulcral.

Me volvió a pasar hace unos meses con No som 6 milions, un libro en el que quise desmontar con datos muchas de las mentiras del discurso oficial que rodea la inmigración. Siempre estuve abierto a un debate de ideas, pero nadie estuvo dispuesto a rebatirme los argumentos. En lugar de eso, unos optaron por la vía moralista —es un texto execrable que no debería existir— y otros por boicotear toda la promoción en los medios. Eso sí, mensajes privados dándome la razón, todos los que queráis, y a un nivel político alto, pero siempre desde la sombra.

Casi nadie que tiene una pequeña cuota de poder está dispuesto a debatir nada en público

Esta anomalía democrática tiene consecuencias muy variadas. Una de las más banales es la audiencia irrisoria de los programas de TV3 que tienen una "mesa de debate". ¿Qué interés puede tener un espacio en el que la manera de mirar el mundo es clónica? Todos los participantes son profundamente institucionalistas, y creen que hay que preservar las estructuras del país, que hay tabúes que no se pueden mencionar y que, en el fondo, las cosas ya van bastante bien. Cualquiera que pasee por la calle llega a la conclusión de que toda esta gente vive en un búnker, o que emite un discurso que no se cree. Antes pensaba que la manera tan extraña de hablar de los tertulianos, lenta y farragosa, respondía a la poca formación en expresión oral de nuestro sector educativo; ahora deduzco que saben que una sola palabra fuera de lugar los puede dejar fuera del sistema, y se tienen que pensar tres veces cada frase. Y no pensemos que son solo los medios públicos, porque muchos espacios alternativos, disidentes o proscritos se acaban convirtiendo en conversaciones en las que dos o tres personas están de acuerdo con todo aquello que dicen. La izquierda actual sabe mucho de esto.

El único lugar donde hoy hay un debate posible es en las redes sociales, a pesar de los enormes impedimentos para conseguirlo, pero el hecho de que los ciudadanos dispongan de un espacio de libertad pone nerviosos a los guardianes de la moral y a los nostálgicos del monopolio del altavoz. De ahí que los verificadores periodísticos catalanes no fiscalicen las palabras del Govern, sino que se dediquen a comprobar que la gente piense como quiere el Govern. Y de ahí también que el conseller de la Presidència propusiera el otro día la creación de una especie de ChatPSC que solo emitiera las opiniones correctas.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Crecí con figuras como los presidents Pujol y Maragall, que no tenían ningún problema a la hora de debatir con la gente de la calle. El que fue mi alcalde durante veintitrés años, Joaquim Nadal, siempre ha disfrutado de la confrontación de ideas con los periodistas y los ciudadanos. TV3 tenía los grandes programas de debate que inició Joaquim Maria Puyal, que ofrecían ideas de todo tipo, y cuando Josep Cuní me entrevistó en la radio para hablar de Generació Tap, la primera pregunta fue "¿usted cree que yo soy un tapón?". Me rebatió los argumentos y yo defendí los míos, y la conversación fue interesante y divertida.

Ahora, en cambio, las élites catalanas viven en un búnker, y cuando sienten que la gente llama a su puerta, exclaman que les atacan los bárbaros. Se creen que esta combinación de soberbia y cobardía les salvará cuando lleguen los bárbaros de verdad, pero no será así.