Por si no lo sabía el señor Núñez Feijóo —Alberto para los amigos—, los catalanes hacemos cosas, y no siempre de su agrado. Puede preguntárselo al señor Rajoy, que las sufrió, a pesar de haber hecho anuncios colonialistas cuando trataba de demostrar el amor que sentía él como representante de un partido usualmente avezado a la catalanofobia, secundada por una tropa de peperos catalanes inadaptados. Y, como el colono que llega con el carro lleno de espejos, peines, botellas de alcohol o morcillas de Burgos para mostrar su actitud paternalista con los indígenas cuyo territorio quiere expoliar, Núñez Feijóo se acercó a Catalunya y le hicieron una entrevista en La Vanguardia de una condescendencia admirable. Prometió más inversiones en Catalunya en caso de ser elegido presidente y un respeto a la cultura catalana, seguido de muchos bla bla bla que, si no estuviéramos escarmentadísimos de falsas promesas procedentes de partidos nacionalistas españoles, nos las habríamos podido tragar por el método del gavage —en castellano, "cebado forzado"— que es la forma en que se alimentan las ocas para obtener el foie gras, a través de un proceso de alimentación forzada con el objetivo de provocar una acumulación masiva de grasa en las células hepáticas para que el hígado hipertrofiado del animal multiplique su tamaño. Al fin y a la postre, lo que quiere decir el señor Núñez Feijóo es que de los catalanes solo quiere el foie gras o lo que, en lenguaje más llano, sería jodernos el hígado para seguir alimentando a la cortesía servidora de su majestad el Borbón.
Tras leer la entrevista, lo que me salió del alma fue "quins pebrots!", una expresión muy catalana y que, a buen seguro, se la podrían traducir Fernández, Albiol o Cirera, policía política auxiliar subordinada a unos intereses alejados del territorio catalán. Si este artículo estuviera dedicado a Abascal, en vez de hablar de policía política auxiliar, hablaría directamente de Schutzmannschaft o de Schuma.
No sé si estoy viviendo en una realidad paralela, pero últimamente me he encontrado bastantes veces con Daniel Cirera, un tipo que te gana por su simpatía, pero no por su ideología. Mientras charlábamos, llegó un camarero con una bandeja de copas de vino, y Cirera, como hombre bien educado, me acercó una y le dije que no, que no bebía, por problemas pretéritos con el alcohol. La sinceridad es una parte importante de la curación. Y ante el "no", me contestó socarronamente que la culpa de mis pasadas debilidades la tenían mis convicciones independentistas. Lo miré con condescendencia, y con una educación casi cristiana le contesté que, al contrario, una parte de la culpa de mis tribulaciones la tenía un partido como el suyo. Por cortesía, no le hice la madre de todas las preguntas y la que debería hacerle cualquier periodista con auténtica alma periodística: como catalán, ¿cómo puede ser miembro activo de un partido catalanófobo?
Núñez Feijóo está en campaña y sus ansias presidenciales pretenden que olvidemos, por poner un ejemplo, el papel visceral que ha tenido su formación en contra de la oficialidad del catalán en la Unión Europea. Pero el presidente del Partido Popular ha llegado a Catalunya sin saber de qué va Catalunya, o, lo que es más grave, sin saber de qué va este país pequeño, el 19% del PIB del suyo, y parte sustancial —impositivamente hablando— para que todas las comunidades subsidiadas gobernadas por los populares puedan seguir manteniendo los chiringuitos, los trenes de alta velocidad que llegan a ninguna parte y toda una tropa funcionarial que le garantiza el voto. El sueño de la España radial que soñó Aznar —una pantomima intelectual, un estadista incapaz de entender frases complejas, un rapsoda del esfínter— es lo que Núñez Feijóo lleva escrito en un programa diseñado para recuperar un hipertrofiado concepto ibérico. Se perdieron las colonias, pero como dijo un español de pro como Casto Méndez Núñez, "más vale honra sin barcos que barcos sin honra". Como era de esperar, el líder del PP llegó a Catalunya con un espíritu conciliador pero fraudulento, como el lobo con piel de cordero. Núñez Feijóo no es un lobo, pero a su alrededor ya tiene a las fieras para reconducirlo en caso de sesgar los objetivos de la FAES.
Por cortesía, no le hice la madre de todas las preguntas y la que debería hacerle cualquier periodista con auténtica alma periodística: como catalán, ¿cómo puede ser miembro activo de un partido catalanófobo?
Como catalán, y español por imperativo legal, me da cierta vergüenza estar representado en el mundo por gente —si las encuestas no fallan— como el presidente del Partido Popular. Me pasó con Rajoy, y me sentí insultado con Aznar, y me temo que con Núñez Feijóo tendré que pedir nacionalizarme andorrano, aunque tenga que vivir 181 días en Escaldes-Engordany. Soy un tipo demasiado sensible como para soportar a esta pandilla de facinerosos viéndolos viajar por Europa en un inglés tan raquítico y berlangiano como su talante europeísta. En cualquier país más o menos avanzado, sería incomprensible que su representante no hablara la lengua oficial internacional, pero Núñez Feijóo se excusó por no hablar inglés diciendo que él había nacido en una aldea, y se quedó tan tranquilo.
Muchas leyes que se han aprobado en Catalunya, como la vivienda, fueron tumbadas por un Constitucional entonces gobernado por mayoría de magistrados conservadores, leyes que ahora se quieren adoptar en la nueva España sometida a las inclemencias del tiempo y de la revolución tecnológica. Porque los catalanes hacemos cosas, y lo sabe el señor Núñez Feijóo, y toda la camada de populares y policías políticos auxiliares que lo secundan. El problema es que muchas de las cosas que hacemos no las tolera y necesita una mayoría absoluta para no tener que hablar catalán en la intimidad, como hacía el fantasma de las guerras pasadas. Y ante los verismos, no entiendo las razones por las que Núñez Feijóo viene a Catalunya con un saco de promesas muertas. A eso se le llama ser un caradura.