Casi nadie se siente cómodo delante de una cámara. Es curioso porque vivimos rodeados de vídeos, de redes sociales y de móviles, pero cuando nos toca hablar directamente a un objetivo, la mayoría nos encogemos. Nos cambia la voz, no sabemos dónde poner las manos, repetimos las frases diez veces y tenemos la sensación de que cualquier error quedará grabado para siempre. Y hoy no ha sido diferente.
Grabo y edito vídeos para las redes sociales de otras empresas. Hoy ha tocado una de las carnicerías de mi maridito. Intentamos dar visibilidad a las personas que trabajan allí, porque a menudo hablamos mucho de marcas, de productos y de estrategias de comunicación, pero nos olvidamos de que detrás de cualquier negocio hay personas y son ellas las que realmente lo hacen funcionar y las que conocen a los clientes por su nombre. Por eso nos gusta ponerlos delante de la cámara de vez en cuando, para dar valor a su trabajo.
Hoy hemos grabado un vídeo con una hondureña auténtica. Tiene una risa contagiosa y una actitud envidiable: ¡sí a todo! Le hemos pedido que nos explicara algunos quesos y lo ha hecho con un catalán que me ha dejado boquiabierta. Con naturalidad, sin miedo, sin pensárselo demasiado… y en un momento dado, ha soltado una frase que me ha acompañado todo el día. Hablando de un queso, ha dicho: «Si en vols mig te lo tallem i si en vols un quart pues te lo venem també». Ha terminado la explicación, ha mirado a cámara, ha sonreído y ha rematado la escena con un espontáneo: «bueno, ja sabeu on som, okey?» y todavía ha añadido: «venga, byeeee!».
Todos nos hemos reído. Ella también. No porque lo hubiera hecho mal ni porque hubiera dicho nada incorrecto. Nos hemos reído porque había sido absolutamente ella misma. Espontánea, sin filtros. Sin imposturas. Sin intentar parecer otra persona. “Valentina, jo parlo asíns, eh?” “¡Y tanto, y tanto! ¡Lo haces genial!”, le he dicho yo.
Y no sé por qué, pero mientras regresaba a casa he seguido pensando en esa escena. Quizás porque hace tiempo que tengo la sensación de que cuando hablamos del catalán, lo hacemos casi siempre desde la preocupación. Nos preocupan las cifras, los usos sociales, los datos, los porcentajes, los hábitos lingüísticos de los jóvenes, la presencia en las plataformas digitales o el retroceso en determinados ámbitos. Y, sobre todo, la corrección. Y es normal que sea así; las lenguas necesitan ser cuidadas y protegidas. Pero a veces me pregunto si, en medio de todos estos debates, no hemos acabado transmitiendo una idea equivocada: que para hablar catalán hay que hablarlo bien. O aún peor, que solo lo pueden hablar con legitimidad aquellos que lo dominan perfectamente.
El catalán que más me emociona no es el catalán perfecto, sino el que se utiliza
Y la realidad es exactamente la contraria. El catalán que más me emociona no es el catalán perfecto, sino el que se utiliza. El de la persona que lo habla, aunque mezcle expresiones de otra lengua. El de quien duda, pero lo intenta igualmente. El de quien no tiene miedo a cometer un error, el de quien no abandona una conversación porque le falta una palabra y el de quien no cambia automáticamente de lengua porque siente que no está a la altura.
Quizás porque he visto demasiadas veces lo contrario. He visto personas que entienden perfectamente el catalán, pero que no se atreven a hablarlo por miedo a hacerlo mal. Gente que pide disculpas antes de empezar una frase y que siente que el catalán es una lengua que se debe aprobar antes de poderla utilizar. Y eso me parece triste.
Porque el éxito del catalán está allí donde hay una persona hablando catalán sin pedir permiso, sin vergüenza y sin miedo a no hacerlo lo suficientemente bien. Y cada vez estoy más convencida de que este es el catalán que vale la pena defender. El catalán de la gente que lo usa para trabajar, para relacionarse, para vender, para explicarse o, simplemente, para vivir. El catalán que sale espontáneamente cuando alguien es simplemente él mismo.
Quizás el futuro de la lengua no se decidirá en grandes debates ni en grandes titulares. Quizás se decida en momentos mucho más pequeños: en una tienda de barrio de un negocio de los de siempre. Detrás de un mostrador, delante de una cámara de móvil y en la naturalidad de una trabajadora que se equivoca, mezcla palabras, se ríe y simplemente sigue hablando.