A priori, el titular de la columna parecerá algo exagerado: una burda exageración para lograr los clics de los lectores potenciales. Pero no lo es. Plataforma per la Llengua denunció hace unos días el caso de una paciente a quien se le negó el tratamiento psiquiátrico tras una crisis suicida por querer hacer las sesiones íntegramente en catalán. La conversación donde se constata la negligencia médica está grabada y es un escaparate de todos los tópicos con los que el españolismo ejerce la discriminación lingüística haciéndola pasar por sentido común. Las discriminaciones lingüísticas, sobre todo en el ámbito sanitario, son de una crudeza y una falta de humanidad —y de sentido común— radicales, porque se producen en un momento de vulnerabilidad e indefensión absolutas del paciente, que necesita el tratamiento que la persona que lo está discriminando le ha de proveer. Y la disyuntiva siempre es la misma: te hacen escoger entre tu salud y tu lengua. Desde la posición de poder acabar con el sufrimiento de quien sufre, se ejerce una catalanofobia descarnada. El sistema sanitario catalán chantajea a los catalanohablantes poniendo en juego su salud y su vida, incluso bajo la sombra del suicidio.
La paciente en cuestión —a quien tengo el placer de conocer— tiene la lección aprendida y no se dejó engañar. La disyuntiva que el españolismo blande para ejercer el chantaje en cuestión es falsa, porque ofrecer tratamiento psiquiátrico en una lengua que no es la del paciente es ofrecer un mal tratamiento psiquiátrico. No hace falta ser Freud para comprender la importancia que tiene la lengua en un contexto terapéutico, por eso cuando la persona del CPB Serveis de Salut Mental que atiende a la víctima le espeta que allí no va para tratar cosas “sociales”, la paciente responde “es mi realidad”. “Yo sufro en catalán”. La respuesta, sin embargo, es la de responsabilizar, culpabilizar y estigmatizar a la víctima doblemente, porque, tras el chantaje entre elegir recibir tratamiento en castellano o no recibirlo, siempre está el menosprecio por el catalanohablante que quiere ejercer sus derechos lingüísticos también, sobre todo, cuando su vida está en peligro.
La catalanofobia en el sistema sanitario es la expresión más cruda y evidente del nivel de destrozo lingüístico al que los catalanohablantes nos enfrentamos todos los días
Me cuesta imaginar que un profesional del mundo sanitario especializado en asuntos de salud mental pueda tratar prácticamente de loca a una paciente que acaba de sufrir una crisis suicida, pero así tenemos el país. En el sistema sanitario, hay profesionales trabajando sobre la idea de que ser catalanohablante es un trastorno —o parte de un trastorno—, convencidos de que la buena praxis implica extorsionar a la persona que está sufriendo y coaccionarla hasta doblegar su voluntad, como si eso no infligiera más sufrimiento a una paciente que, recordemos, recurre a sus servicios porque se encuentra en la situación límite de querer acabar con su propia vida. En The Office, Michael Scott amenaza con saltar desde un tejado y uno de sus compañeros grita: “do a flip!”. El nivel de despreocupación, el afán deshumanizador que muestra la profesional de CPB Serveis de Salut Mental en cuestión y la forma que tiene de intimidar a la paciente podría ser una broma de humor negro, pero no lo es.
El caso denunciado por Plataforma per la llengua ni es casualidad, ni es un caso aislado. La catalanofobia en el sistema sanitario es la expresión más cruda y evidente del nivel de destrozo lingüístico al que los catalanohablantes nos enfrentamos todos los días. La asimilación española ataca todos los frentes y, en Catalunya, el momento político y el discurso que los impulsores de la pax socialista quieren convertir en hegemónico siempre hace el trabajo. Es inevitable leer las implicaciones del caso que nos ocupa y no pensar en Carme Junyent y en morirse en catalán. También es inevitable no pensar en la obra de teatro infame de Teatro sin papeles contratada y pagada por el Ajuntament de Barcelona para explicar hasta qué punto quienes nos gobiernan se dedican a legitimar el marco que invierte la dinámica de poder y de discriminación. Mientras tanto, el conseller de Política Lingüística las ve pasar con gesto preocupado, rascándose lo que no suena en vez de expedientar a los implicados en la discriminación y suspenderlos de empleo y sueldo. La vida política del país presiona sin tregua para que aceptemos los términos de la españolización lingüística y cultural. En este contexto, en la posición de la paciente, sería tentador cuestionarse, dudar, pensar que está sola y que quizás sí que exagera. He escrito esta columna, sin embargo, porque no es cierto: ni está sola, ni está loca, ni se merece que añadan sufrimiento al sufrimiento que ya carga, sola, todos los días.