En esta época oscura, prebélica y malcarada que vivimos, lo que resulta más revelador son las actitudes. Este factor siempre explica las causas y las soluciones de casi todo, pero en estos momentos puente de la historia, en que las antiguas cooperaciones se dinamitan (o bien demuestran que nunca han existido), la función cartográfica de las actitudes se muestra especialmente eficaz. Quienes escribimos artículos de opinión política tenemos el deber de ser concretos y directos, pero a la vez tenemos la responsabilidad de no ir esparciendo nuestras primeras ocurrencias. Hay quien, como el notario López Burniol, se siente con el deber imperioso de salvar su patria de un inminente apocalipsis (lo cual se podría haber hecho sin invocar un golpe de Estado); los hay que prefieren mezclar cartografías, como Enric Juliana, aunque las superpongan demasiado (como mínimo, él no las confunde con el marketing, como hace Iván Redondo); otros intentan tirar de la historia y la geografía ya conocida para adivinar el mapa, que me parece lo más razonable. A los aprendices de brujo de esta disciplina les hace falta de vez en cuando la ayuda de un bully bajo pseudónimo para hacerse valer, pero incluso estos a veces la clavan. A pesar de todo, incluso clavarla es insuficiente: hoy, las actitudes nos lo dicen todo. No hace falta tener razón, o tener la verdad: la actitud permite distinguir cristalina y claramente un rebelde con causa de un matón con navaja. Intentaré yo hacer mi cartografía del momento, un sincero árbol de posibilidades y algunas pistas sobre los rumbos que bonitamente pueden depender de nosotros.  

1 - Se ha decretado el fin de la globalización, como si la globalización se hubiera impuesto por decreto. Sea como fuere, la reciente campaña de Desigual (más que la avalancha inmigratoria) nos da muchas pistas del infumable churro global donde nos hemos metido. Toda esta atmósfera de preparación de una gran guerra; la clamorosa grieta en los grandes airbags de la OTAN y de la ONU (recordemos el desesperado brindis a la sombra de Pau Casals, ante una ONU que ya reconocía a Franco); el gran salto tecnológico y militar, como también la lucha encarnizada por el control de la información; el reforzamiento de las fronteras, la alergia a la inmigración (la hispana en Estados Unidos, la musulmana en Europa)… Todo esto se puede resumir en una revalorización exponencial de la soberanía como concepto, y de la identidad histórica y cultural como vehículo. Hoy, las naciones o bien refuerzan su soberanía o bien la ponen directamente en peligro: porque la zona del medio ya la va abandonando todo el mundo. Y porque el individualismo profundo que han propiciado las redes ha aconsejado el resurgimiento del nacionalismo, tanto el cívico como el tóxico, para recuperar la idea de colectividad.

2 - España no sabe cómo reforzar su soberanía. En primer lugar, el "nosotros" español es demasiado débil y no ha resuelto (ni bien ni mal) el caso de los catalanes, que continúa congelado como Walt Disney a la espera de que se desglacie alguna báltica. En segundo lugar, la barrera exterior le ha caído como un muro de Berlín (lo de Ceuta no es tan importante por la avalancha de africanos que han cruzado la valla, sino por el miedo a plantarse ante Marruecos y por el recuerdo del trauma de 1898). Y, en tercer lugar, la prometida plurinacionalidad de Zapatero y Redondo ya solo es una mentira que, incluso en el caso de que se demostrara cierta, ya nadie en Catalunya está dispuesto a comprar. Se ha hecho tarde en todo, y el "nosotros" español está cayendo a pedazos, trágicamente, fatalmente, deulofeuamente. Tres horas y media de reunión con el jefe de las fuerzas armadas.

Lo que sucede a nivel mundial tiene que ver con la recuperación de las soberanías y con el establecimiento de los nuevos "nosotros"

3 - El "nosotros" catalán, que tuvo una afirmación contundente en 2017, debe actualizarse. Socialmente, debe partir de la base pujoliana, si bien acentuando su coda ("...y quiere serlo"), detallándola hasta el máximo y no poniéndole necesariamente la sonrisa. Los partidos independentistas están a tiempo, creo, de proponer una fórmula que incluya y excluya a la vez: en un momento de reforzamiento de las soberanías, a escala mundial, Catalunya ya no puede quedar a merced de aquello que diga la UE (que también está en busca de su "nosotros" perdido, y donde la vía de los tribunales parece que ya llega a su fin, con un retorno del TEDH a las tesis proestado). Tampoco podemos quedar a merced de los viejos discursos, permítaseme el juego de palabras, exclusivamente inclusivos. El tema se vuelve especialmente complejo cuando nos enteramos de que, por ejemplo, el asesinato en Manresa fue ejecutado por dos jóvenes nacidos en Catalunya. Que hablemos de orden público no puede ocultar el (también necesario) debate sobre el choque cultural, y, sin embargo, no podemos dejar de hilar fino. Si no hilamos fino, podemos dejar de saber exactamente quiénes somos. Que es la base de toda soberanía: cuando ya no sabes quién eres, acabas apaleando un "ellos" que reivindicabas precisamente como un "nosotros". 

4 - El actual (e innegable) auge de Aliança solo se puede contrarrestar con una propuesta independentista fiable, determinada y sobre todo eficaz. Ya no hace falta que sea inmaculada en el plano teórico, sino simplemente eficaz y efectiva: las puertas se abren abriéndolas, las urnas se ponen poniéndolas. Espero que, como mínimo, se haya entendido esto, ante la nueva ola que se acerca: Ceuta se ha cargado el 15M, y todavía podemos evitar que se cargue el independentismo. El probable regreso del president Puigdemont agitará mucho por sí solo la geografía política catalana y española, pero será insuficiente si no se acompaña (ni que sea como hilo histórico conductor) de un regreso actualizado a la legitimidad nacional ganada el 1-O. Si el protagonismo de este nuevo "nosotros" se tiene que compartir con otras ideas o con otras fuerzas, dependerá del resultado electoral: que gane el mejor, claro, pero es absurdo intentar construir un "nosotros" sin tener en cuenta al ganador. Las actitudes contarán, a un lado y al otro: y es que si hoy manda el PSC más españolista de la historia es por el exceso de cordones sanitarios establecidos entre independentistas. No nos ha hecho falta Aliança para desarrollar este concepto a sabiendas: ya lo hacían ERC y Junts entre ellos. Y no hace falta decir tampoco que incluso Aliança puede caer en el error de construir sus propios cordones, sus propios muros, para después encontrarse (¿cómo es posible?) aislada. Ellos sabrán.

En definitiva, lo que sucede a nivel mundial tiene que ver con la recuperación de las soberanías y con el establecimiento de los nuevos "nosotros". Los Estados lo intentan haciendo la guerra, más fría o más caliente, pero también reforzando fronteras y su política de enemigos (interiores o exteriores). O bien ganando Mundiales, claro. Los catalanes solo podemos recuperar la soberanía y el "nosotros" volviendo allí donde estábamos en 2017, pero poniéndolo al día y materializando los programas prometidos. Cualquier otra cosa no será soberanía, ni seremos nosotros, sino una mezcla imposible de anhelos y de identidades que ni siquiera España o Europa se pueden ya permitir. Tenemos que saber quiénes somos ahora, cuántos somos ahora y, sobre todo, con qué actitudes: como decía, no es lo mismo salvar una patria que hacer de salvapatrias. Entre otras cosas, porque nosotros no somos focas ni ballenas. Nosotros no nos tenemos que salvar, sino imponernos y ganar. Espero, ahora sí, haber sido lo suficientemente concreto.