Crearon un Departament de Política Lingüística para hacer política contra la lengua catalana, no a su favor. De entre muchas de las estrategias de hipnosis que emplean los socialistas a la hora de censurar la expresión del conflicto lingüístico en Catalunya, el gaslighting es la más mezquina. Francesc Xavier Vila, el vigilante del gueto, tiene encomendada una sola tarea: cada vez que los tribunales, o la política, o las encuestas de uso lingüístico del catalán, o la gente pongan sobre la mesa la diglosia y la minorización premeditada del catalán, la tarea del conseller de Política Lingüística es la de enviar el mensaje de que no existe diglosia, ni minorización. Que “no se puede hablar de ofensiva contra la lengua”, vaya. Francesc Xavier Vila es el director de la ficción socialista; pero, sin oposición al otro lado del espejo, la suya es una ficción que solo se puede desmontar a medias. El antónimo de la ficción es la realidad, pero durante muchos años, las posturas políticas que debían encargarse de priorizar y velar por la lengua han estado alimentando una ficción propia. 

En muchos sentidos, esta ficción autosugestionada ha sido igual o más nociva que la ficción del sociolingüista Francesc Xavier Vila, porque ha sido sinuosa, complaciente y anestesiante. Ha anulado la capacidad de reacción. Es una ficción que no niega frontalmente el conflicto, sino que vende la impresión de que el modelo actual tiene capacidad para remediar sus propios males: que es infalible y, por lo tanto, incuestionable. Y que lo es a pesar de las metamorfosis que haya atravesado el país, porque la imagen idealizada y deformada de cómo funcionó la inmersión en los años ochenta —cuando el país era otro— es un argumento de autoridad lo suficientemente fuerte como para apuntalarlo in aeternum. Hay quien se agarra a la ficción de la inmersión por miedo, o por falta de imaginación para armar una alternativa. Hay quien lo hace para evitar la asunción de responsabilidades políticas. Por una cosa o por la otra, parece que la respuesta para evitar repensar un modelo de escuela catalana que hoy ni es inmersivo ni catalaniza es emplear la misma lógica que emplean los comunistas cuando alguien les dice que el suyo es el peor de los sistemas posibles: esgrimir que, si no funciona, es porque no se ha implementado adecuadamente. Existe una dejadez y una cobardía sistémicas de una parte de los implicados —profesorado incluido— fehaciente. Pero hay algo más.  

Enmendar la ficción de la inmersión es enmendar la autonomía, obviamente, pero también supone enmendar la forma de entender el país de los partidos independentistas de los últimos quince años

El sistema inmersivo inicial contaba con un factor de contexto que ha cambiado. Y como el contexto en el que se desplegaba el modelo de escuela de entonces ha cambiado, el modelo de entonces ha dejado de funcionar. Que, en el mejor de los casos, el profesor sea la única persona del aula que habla en catalán no es una inmersión de ningún tipo. Pero plantearnos cómo hemos llegado hasta aquí y cómo, habiendo llegado, podemos salir adelante, requeriría un ejercicio de autocrítica y de realismo cuyo precio los actores políticos que dicen trabajar por la lengua no quieren pagar. Por eso se agarran con uñas y dientes a una inmersión ficticia y desmantelada como si se tratara del santo Grial: dejar de hacerlo les obligaría a responsabilizarse del tiempo que, mientras nos hemos relacionado con la realidad lingüística en las aulas de un modo folclórico, cándido y prácticamente infantil, se nos ha ido de las manos.

“El catalán no se toca”, cuando ya lo han tocado de arriba abajo, en todos los ámbitos, en todo lo que a priori parecía intocable, no significa nada y no contribuye a leer la realidad lingüística del país pragmáticamente. Y además envía el mensaje de que a la lengua le basta con mantener posiciones defensivas, sin interrogarse sobre la funcionalidad ni la actualidad de los modelos que se defienden a ciegas, por inercia, como quien canta una canción de esplai. Podría pensarse que se trata de un problema generalizado de madurez política, pero, tras la costra de inmadurez aparente, hay unas organizaciones y unos partidos que prefieren el vacío porque les garantiza comodidad. Enmendar la ficción de la inmersión es enmendar la autonomía, obviamente, pero también supone enmendar la forma de entender el país de los partidos independentistas de los últimos quince años. Lo que se interpone entre los catalanes y la posibilidad de que las escuelas catalanicen es una ficción que, a la hora de la verdad, nos condena tanto o más que el gaslighting mezquino de los socialistas, porque disuelve cualquier instinto autocrítico, fiscalizador y propositivo fuera de los eslóganes caducos.