Un puño cerrado y dirigido, en propia defensa, hacia el policía que quiere apalearlo después de quitarle la estelada. Quizá tenga razón Lluís Llach, que apunta a un posible cambio de paradigma en los acontecimientos de Elx; o, en todo caso, a nadie se le escapa que algunas lecciones las hemos aprendido, y que cualquier nueva oleada tendrá un carácter menos sonriente. Tampoco se nos escapa que, en un conflicto de soberanías, el debate ya no es sobre el orden ni siquiera sobre la proporcionalidad: las supuestas fuerzas del orden actúan, cuando conviene, como fuerzas de ocupación. Y nosotros, cuando conviene, nos convertimos en fuerzas de liberación. Otra cosa es cómo se exprese todo ello, y hay muchos más campos de expresión de este nuevo paradigma que el campo de la violencia. O, dicho de otro modo, violencias las hay de muchos tipos. De fuerza, de fuerzas, de capacidad para ganar.

Durante una revolución (lo vivimos en persona) todo se acelera, cada hora se convierte en un acontecimiento histórico y cada día parece representar una década. Estos episodios no suelen durar mucho, son ventanas de oportunidad en las que un conflicto, o como mínimo una batalla determinante, se gana o se pierde. La hiperactividad se vuelve necesaria durante esos momentos, casi indigerible, de manera que todo el mundo acaba agotado y el conflicto queda pausado en sensación de victoria, de derrota o de empate. Yo diría que nuestro caso es el de una congelación por impotencia de ambos bandos: ni el nuestro consiguió mantener la épica (y la fe, tan necesaria en días de incertidumbre) para rematar la faena, ni el de ellos consiguió resolver, ni mucho menos, su problema. Sí se congeló el statu quo, lo cual favorece la inercia y, por tanto, la continuidad del régimen. Pero es una continuidad que, como vemos cada día, se sostiene sobre una construcción artificial y una atmósfera de conflictividad latente. De frustración y de profunda desconfianza, a ambos lados. Las condiciones para la aparición de una chispa revitalizadora están claramente ahí. Todo el mundo puede verlo.

Sin duda es una exageración convertir un episodio policial, en un contexto deportivo, en el comienzo de un nuevo ciclo político, pero la reacción es profundamente interesante, sintomática, paradigmática. Revela hasta qué punto una parte del país está esperando algo que hace tiempo que no ocurre, y es aquella sensación de que la historia se mueve. El proceso tuvo evidentemente ese sentido de la épica, no porque todo lo que prometió llegara a cumplirse, sino porque millones de personas creyeron (supieron) que participaban en una secuencia histórica. Una Declaración de Independencia es un acontecimiento histórico, se implemente inmediatamente o no, y en el futuro (yo esperaría un poco, a ver cómo acaba todo esto) tendrá que exponerse en el Museo de Historia. 2017 puede entenderse como el final de todo, o como el comienzo de todo: una expresión de voluntad de divorcio no acaba una relación, sino que comienza toda una batalla por su ejecución final. Con dudas, con tira y afloja, con negociaciones y con episodios conflictivos. Pero cuando se pronuncia, cuando se verbaliza, es cuando todo empieza y no cuando acaba.

A estas alturas, nuestra épica no puede consistir en recordar cuándo fuimos fuertes. Hay que volver a crear una situación en la que la gente sienta que puede pasar algo, en la que nos preguntemos cuál será la próxima página que escribiremos juntos

Hoy aquella época parece convertida en resistencia, ante un escenario de negociación política que, si bien resulta fallida en su mayor parte, todavía no puede darse por cerrado. El problema no es la negociación en sí, sino que, mientras tanto, la congelación del conflicto provoque su estancamiento crónico. También hace falta épica para negociar, ya sea con mediador en Suiza o sin él: es necesario que pasen cosas, hay que recordar dónde nos quedamos, hay que enseñar los dientes y la herida. La independencia americana no se consiguió únicamente en los campos de batalla, sino también en los salones diplomáticos europeos. La diplomacia era un arma más de la revolución, porque negociar no tiene por qué ser necesariamente lo contrario de la épica. La negociación puede ser, incluso, extraordinariamente épica cuando es una expresión del poder: Franklin no negociaba como un gobierno regional que pedía mejoras administrativas, sino como el representante de un país que había decidido existir. La diplomacia no desmovilizaba la revolución: la alimentaba, y viceversa.

Este es el riesgo en Catalunya: que los pactos, las reuniones y las largas discusiones sobre el cumplimiento de los acuerdos introduzcan el conflicto en una temporalidad administrativa. Que el movimiento que había anunciado que cambiaría la historia acabe hablando de transferencias, competencias, cumplimientos e incumplimientos. El problema no es que los independentistas hayan dejado de querer la independencia, sino que muchos puedan haber dejado de creer que su acción sea necesaria para conseguirla. Pues lo es, y lo es más que nunca. Y eso no significa solo manifestaciones, sino volver a tener una sociedad civil organizada, que es algo mucho más complejo. Y mucho más urgente.

Esta próxima temporada notaremos que la tierra se moverá un poco. Y es que un movimiento nacional no puede vivir eternamente esperando que el otro le conceda una victoria, sino que debe fabricar las condiciones para que el otro necesite admitirla (o negociarla). A estas alturas, nuestra épica no puede consistir en recordar cuándo fuimos fuertes. Hay que volver a crear una situación en la que la gente sienta que puede pasar algo, en la que nos preguntemos cuál será la próxima página que escribiremos juntos. La que, dentro de veinte años, todavía explicaremos.

A saber si esta página empieza con un Camp Nou inundado de esteladas y con un menor de edad haciendo de invitado de honor.