La legislatura española llega a su fin, pero para poder hacer un balance honesto, hay que recordar cómo empezó. Tanto ERC como Junts invistieron a Pedro Sánchez. A pesar de que los segundos aseguraban que cobraban por adelantado, la realidad es que, de todos los compromisos que Sánchez adoptó, quizás el único que se ha cumplido es el de poder intervenir en catalán en el Congreso. Aunque, fijándonos en las intervenciones de Gabriel Rufián, cuesta creerlo. Tanto ERC como Junts se encargaron de hacernos creer que la evidente necesidad de sus votos para la investidura y para la legislatura y el vínculo entre Sánchez e Illa serían garantía de una legislatura en la que Catalunya obtendría resultados palpables de algunas de sus reivindicaciones históricas. La realidad, sin embargo, es que Pedro Sánchez se ha aprovechado de su apoyo hasta que le ha salido más a cuenta aprovecharse de la crisis de vivienda y de confrontar a Junts. Ni nueva financiación, ni condonación de parte de la deuda del FLA, ni competencias en inmigración, ni traspaso de Rodalies, ni catalán en Europa. Y unos frutos de la ley de amnistía que han llegado in extremis.
En esta legislatura española, Catalunya ha ganado muy poco. El error, sin embargo, sería el de pensar que se trata de un hecho excepcional: que es cosa de Pedro Sánchez, que es un estratega de la política excepcional y que maniobra diligentemente para distraer a los independentistas. Que es cosa de la coyuntura política, que ha truncado prematuramente la legislatura y también las negociaciones para hacer efectivas las condiciones que se habían pactado para la investidura de Sánchez. Que es cosa de los partidos independentistas, que no saben sacar rédito de sus escaños en Madrid —bueno, quizás un poco de eso sí que hay—. El error sería el de pensar que los incumplimientos reiterados tienen por causa la excepcionalidad de la legislatura que se cierra con el anuncio de adelanto electoral de Pedro Sánchez. Pero la realidad es que, sobre todo desde el Primero de Octubre y a raíz del retroceso político en Catalunya, la política española —a grandes rasgos— no tiene ningún incentivo real para cumplir, sobre todo una vez el presidente en cuestión ya ha sido investido.
Pedro Sánchez se ha aprovechado del apoyo de ERC y Junts hasta que le ha salido más a cuenta aprovecharse de la crisis de vivienda y de confrontar a Junts
A menudo se habla de la pérdida de credibilidad de los partidos independentistas respecto a sus electores, pero no se habla de ello respecto a los partidos españoles. Durante décadas, los catalanes han negociado en Madrid con el as de la independencia en la manga. O, como mínimo, conscientes de que los españoles asumían que llevaban el as de la independencia en la manga. De un modo sutil, como si se tratara de un fantasma rondando la habitación, toda negociación pasaba por la condición implícita de que, si los catalanes no estaban contentos, la unidad del Estado podía quedar en falso. Que era mejor mercadear competencias y pactar el alcance de la autonomía que no hacerlo, porque la alternativa era que los catalanes no tuviéramos bastante con el marco autonómico. A veces, con la asunción de la amenaza bastaba, a veces hacía falta un poco de lubricante convergente para hacerlo funcionar. De hecho, también durante el procés, los partidos independentistas utilizaron la unilateralidad con la intención de forzar al Estado español a la negociación. Pero España, como ya sabemos, no negocia nunca su unidad.
Después del Primero de Octubre y de la represión que lo siguió, los españoles le han quitado el velo al fantasma y han podido constatar que, en realidad, en la manga no hay as. Conscientes de ello, ERC —Rufián— ha optado en el Congreso por, en la práctica, jugar a la política española como si fueran españoles. De entrada y de cara a la galería, ponen sobre la mesa una serie de exigencias, pero durante la legislatura se adhieren al bloque de la izquierda española sin que los incumplimientos cuestionen nunca su adhesión; sin que los incumplimientos tengan ningún tipo de coste real para el PSOE. La única diferencia con Junts es que los convergentes se hacen los difíciles y tienen una predilección incontestable por los aspavientos, pero en términos de resultados positivos, de logros obtenidos, unos no distan mucho de los otros. En vez de aprovechar la oportunidad que la aritmética parlamentaria les brindaba al inicio de la legislatura, o en vez de retirar el apoyo al Gobierno de Pedro Sánchez a medida que los incumplimientos se hacían evidentes, ERC y Junts han hecho de partidos satélite, hasta el punto de que Sánchez se ha ido sobreponiendo crisis sobre crisis, y ha convocado las elecciones cuando le ha parecido oportuno porque el viento de la crisis de vivienda le iba a favor. Los toman por el pito del sereno, y hasta que no estén dispuestos a pagar el precio de hacerse valer, los españoles no volverán a participar en el espejismo de la autonomía. ¿Por qué deberían ceder en algo los socialistas si, sin hacerlo, ya tienen a ERC y Junts donde los quieren?
