Deberían empezar a hacer cola para pedir la liquidación y dirigirse hacia la puerta giratoria de turno. Y no por incompetencia, que sí, sino por la insoportable sensación que tienen los ciudadanos de palabrería vacía, de promesas imposibles, de política de andar por casa y, sobre todo, de tomadura de pelo por parte de una casta política que ha hecho de las medias verdades su modus vivendi

Y mientras seguimos esperando a que llegue el mesías de Waterloo, su representante terrenal, Míriam Nogueras, va por el mundo con esa pose de enfadada perpetua, teatro del malo, porque todo es teatro para mantener el negociado vivo. Si no hubieran gobernado años y años, si no hubieran abandonado el gobierno que compartían con ERC por un trocito de pastel mohoso del independentismo —¡oh, Itaca!—, podríamos considerar que esto del concierto económico se lo creen, ellos tan serviles, pero no tienen ni una gota de ingenuidad y mucha de fanfarronería, de postureo para mantener a salvo la casa y el huertecito, la Casa de la República, lugar ilusorio desde donde piden imposibles sabiendo, y esto es lo que más quema la sangre —a nosotros, los ciudadanos que tenemos que votarlos a ellos, a todos, con pinzas en la nariz— que son imposibles disfrazados de medias verdades. Nunca tendremos el concierto económico, y lo saben los juntaires, antiguos maestros del peix al cove convergente, antiguos maestros de una prestidigitación a la que se le ven, por reiterados, todos los trucos. Por mucha pose de cabreada, Míriam Nogueras nunca tendrá un lugar prominente en la compañía del TNC. El problema de Junts no son Sílvia Orriols y Aliança Catalana. El problema de Junts es Junts.

De ERC se puede esperar muy poco. Mandó, se desorientó por falta de lluvia, quiso hacer una revolución interna para quemar al jefe, y se quemaron todos, incluso el gran líder, Oriol Junqueras, menos mesiánico pero más meapilas que Puigdemont y que va por el mundo como si los cuatro años que pasó en la cárcel le otorgaran el derecho imperativo de ser president de la Generalitat. ERC necesitaba nuevo plasma para volver a ser creíble, pero al partido de Junqueras le ha pasado lo mismo que a la mayoría de las formaciones. Ha promocionado a profesionales de cargo y no a políticos con capacidad de estadista, y la mediocridad es tan manifiesta, que vivimos en una realidad laberíntica mientras los jinetes del Apocalipsis del neofalangismo llaman a la puerta.

Los catalanes, los que nos sentimos catalanes y no somos ni simpáticos, ni queremos hacer carrera en Madrid, ni genuflexionarnos ante el Borbón para poder colocar la fotografía enmarcada en el salón de casa y lucirla en las fiestas de Navidad ante la familia, estamos hartos de los nuestros y de su teatralidad de supervivientes. Y para colmo, tenemos un president de la Generalitat con alma de practicante, de los de maleta, de los de inyección puerta a puerta, de los de culos de niños atemorizados, un licenciado en medicina útil, pero que vive su trabajo con la resignación de quien quería ser un gran cirujano en España y ahora camina como un espadachín regional de la jeringa y de las agujas subcutáneas e intramusculares. "First we take Manhattan, then we take Berlin", honorable president Illa, un hombre que depende políticamente de un presidente de España acorralado y al que sigue igual que una oveja a un perro pastor, y en Catalunya, de ERC y de los Comuns, un partido que es más Bob que Pop, o al revés, controlado por la grumete Ada Colau.

Los políticos catalanes se han dejado marcar tantos goles por la escuadra, que esta colonia con ínfulas de país está deshecha

El panorama es escalofriante. Inversiones fantasma, promesas incumplidas, políticos catalanes mediocres y, a dos años vista, la llegada de la derecha extrema y de la extrema derecha nos pillará con las vergüenzas al aire y con Rodalies bloqueadas por los ictus isquémicos de la red. Toda esta golfería ultraespañolista, del bla, bla, bla no hace pactismo, hace venganza guerracivilista y nos tienen ganas. Nos odian, y tenemos una casta política catalana que solo está preparada para las repúblicas de nueve segundos. Nos odian, y prefieren a los vascos que a nosotros, porque el nacionalismo español tiene más respeto a la violencia que al pactismo. Nos odian, y vendrán a por nosotros, a por nuestra lengua, a por nuestras escuelas, a por nuestras instituciones, a por todo lo que nos diferencia de la marca España, una, grande y libre.

Cuando se hubieran podido sentar las bases para mantenernos a salvo económica y socialmente de toda esta horda de bárbaros neofalangistas, no se hizo nada. Demasiado seny y poca rauxa, demasiado cálculo y poca habilidad, o un exceso de prudencia, pensando que este tropel de nacionalistas españoles cambiaría su talante, por arte de magia, impulsado por los vientos europeístas. Recuerdo a Toni Comín, en una época en la que él me consideraba hermano de sangre por las militancias de nuestros ancestros, diciéndome: Europa nos escuchará. Y yo, tan idiota, preguntándole: ¿pero qué tenéis preparado? Qué vergüenza, todo esto. Nos violarán el alma, el cuerpo y la memoria ante todos estos políticos catalanes que, en teoría, debían salvaguardarnos de los bárbaros.

Cuando los sucesivos gobiernos españoles incumplen los presupuestos pactados una, dos, tres veces, se puede entender que existe mala fe, mala praxis, cálculo y mucha catalanofobia. Cuando estos gobiernos incumplen las promesas reiteradamente, existe mala fe, mala praxis, cálculo y mucha catalanofobia y, por parte de nuestros políticos, incompetencia a raudales. Sois unos incompetentes, incapaces de plantar cara de forma seria a un Estado que sueña con la España radial, la de la gran Madrid codiciada históricamente, la anhelada por los barones socialistas y por los caimanes peperos. Cuando el corredor mediterráneo pase por Madrid, saldrán a protestar y volverán a estrellarse, como siempre, a 300 km por hora contra el muro de la realidad.  

Los políticos catalanes se han dejado marcar tantos goles por la escuadra, que esta colonia con ínfulas de país está deshecha. Goles en políticas económicas, en políticas sociales, en políticas culturales, en políticas estructurales, en políticas migratorias… Goles y más goles. Con las inversiones paralizadas en beneficio de la España del km 0, hay que pisar las estaciones de Rodalies o las calles de una Catalunya desarticulada para saber lo que es un enfado real, alejado de los enfados electoralistas como los de Míriam Nogueras y compañía.