Desde la de Juan Pablo II en 1982 —la primera de la historia— no había habido una visita tan extensa de un Papa al Reino de España. Si aquel tour de hace casi 44 años sirvió al papa polaco para decirle a la Corte del Rey Juan Carlos que la Iglesia debía rectificar y que no podía ser que el cardenal Tarancón hubiera permitido una Constitución aconfesional, la visita de León XIV ha venido a decir a los súbditos de Felipe VI que o terminan con el guerracivilismo o esto se acabará mal.

Este es el titular. Pero después están los matices. Ya se sabe que tanto Dios como el diablo están en los detalles. Por ejemplo. Si hace cuatro décadas nacía la España de las autonomías y aquello fue un festival folclórico por media España, en 2026 observamos una capital del Reino que ha vaciado al resto de poder político y económico con una gran fuerza centrípeta y que quiere ser puente con Latinoamérica, y vemos una nación catalana que, sin embargo, todavía destaca por su identidad política, cultural, lingüística, asociativa y no sé si económica.

Otra conclusión es que, como ya ocurrió con Juan Pablo II, el papa León XIV ha pasado por España y Catalunya como una estrella del rock. Hasta el punto de que en el Congreso ha recibido el aplauso más largo de la historia de la cámara. Y porque se fue. Lo que hace pensar que, al fin y al cabo, Juan Pablo II logró su objetivo. O no del todo. Porque, al final, les dijo a los señores diputados que las leyes del aborto y de la eutanasia, que han costado sangre, sudor y lágrimas, son un error. Pero están legisladas. Y, para no hacer maniqueísmo, es verdad que dijo cosas con las que la bancada izquierda puede estar más de acuerdo.

Nos dicen que vuelve la espiritualidad. Que el péndulo nos lleva de nuevo a buscar respuestas en la religión. Que nos hemos pasado de 'wokes'

Quizás lo que se aplauda sea que en el mundo todavía haya alguien con capacidad de liderazgo moral, a pesar de poder discrepar de parte de esa moral. De hecho, otra de las conclusiones es que la democracia cristiana, una de las tradiciones políticas europeas más importantes y que parecía en declive, vuelve a estar en el tronco central. Y se puede decir también socialdemocracia. Dos movimientos, por cierto, insertados en los partidos del actual gobierno. Donde, recordemos, además del PSC, está la antigua Unió. Otra cosa es que ese discurso del Papa acabe teniendo traducción política. Porque la duda es si esta entrega ciudadana —especialmente en Madrid— es un auge del catolicismo diverso o es que los creyentes son ahora más dogmáticos y, por tanto, más fanáticos. Y, de hecho, quien sube a las encuestas es la extrema derecha.

Luego está el elemento de los jóvenes. Nos dicen que vuelve la espiritualidad. Que el péndulo nos lleva de nuevo a buscar respuestas en la religión. Que nos hemos pasado de wokes. No lo sé. Quizá se deba al mismo FOMO que para ir a ver a Bad Bunny. Pero también está en auge el terraplanismo. Ya saben que Galileo Galilei fue ese astrónomo que defendió que es la Tierra la que gira alrededor del Sol. De modo que la Inquisición le hizo pasar el resto de su vida bajo arresto domiciliario. Solo pasaron unos 350 años hasta que Juan Pablo II dijo que, hombre, quizás se habían pasado. Eso sí, tuvo más suerte que Giordano Bruno. Ahora, León XIV expone su posición sobre lo que llamamos inteligencia artificial en su primera encíclica, Magnifica humanitas, donde defiende una tecnología al servicio de la dignidad humana, que aporte beneficios en medicina, ciencia o educación, pero que no concentre poder, destruya puestos de trabajo, facilite la vigilancia y deshumanice. Lo que parece de sentido común. Pero nadie, ni la propia Iglesia, debería quedarse con el titular que dice que el Papa alerta de los peligros de la IA. Porque, con los tiempos que corren, volveríamos a la época de Galileo.

Y, por último, y más importante. Mejor 'bon dia i bona hora' que el 'hola' con que el govern ha dilapidado nuestros impuestos.