Mientras los alemanes dicen que quieren tener la bomba atómica y el ejército más fuerte de Europa, España va deslizándose hacia el oscurantismo que la mantuvo durante más de doscientos años a la cola de Occidente. Pedro Sánchez debería fijarse en París y Londres, antes de dar lecciones al canciller Merz sobre los problemas de abrazar las armas nucleares. Los ingleses y los franceses dedicaron todo el siglo XX a contener Alemania para que no les pasara delante y, al final, solo habrán conseguido hacerse daño a sí mismos. A los castellanos les puede pasar una cosa similar con Catalunya.
He intentado ver El Cautivo, la película de Alejandro Amenábar sobre Cervantes, y es tan mala que no lo he conseguido ni viéndola a trozos en mi cuenta de Netflix, a la hora de comer. Amenábar fue uno de los primeros símbolos del éxito de la Transición en mi generación. Cuando Amenábar sacó Abre los ojos, Madrid no solo había aprovechado la democracia para quitarse la pátina franquista. También había conseguido apropiarse de los ideales de libertad y de apertura al mundo que habían sido las marcas de la cultura catalana y de Barcelona desde el tiempo de la Renaixença.
En 1997, cuando Amenábar tuvo el primer éxito, en las calles de Barcelona se oía más el catalán, pero el nivel de conciencia del país era mucho más bajo. El corte con las grandes figuras de antes de la guerra parecía permanente. La mayoría de catalanes consideraban que El País y La Vanguardia eran periódicos objetivos, y leían la ficción y las crónicas de actualidad en castellano. La situación ha cambiado radicalmente. Por poner un ejemplo, el superventas Javier Cercas tiene previsto sacar un libro sobre la historia de El País que se titulará El periódico de la democracia y costará encontrar catalanes que no se rían por lo bajo.
Madrid no tiene un Gaudí, un Dalí, un Casals o un Pla que puedan hacer de espejo colectivo y dar profundidad política a su idea de nación más allá del reparto de recursos
Con el 155, Catalunya se ha quitado un peso de encima porque —como se ha visto con la inmigración— la democracia española ha servido, sobre todo, para explotar las virtudes de los catalanes hasta convertirlas en debilidades. Los castellanos, por su parte, intentan hacerse una épica deprisa y corriendo porque dominan los resortes del Estado, pero los Estados europeos se van disolviendo en un marco más general. Las grandes figuras castellanas no están ligadas a los anhelos de su pueblo, ni a la lucha por la democracia y la libertad. Madrid no tiene un Gaudí, un Dalí, un Casals o un Pla que puedan hacer de espejo colectivo y dar profundidad política a su idea de nación más allá del reparto de recursos.
El desacierto de Ignacio Peyró con el caso de Julio Iglesias —primero escribiéndole una hagiografía y después marcando distancias para protegerse de la crítica feminista— tiene de trasfondo esta superficialidad que la democracia española ha dado a la cultura castellana para intentar comerse a Catalunya. Cuando Peyró prologó la reedición de los libros de Augusto Assia sobre Inglaterra, confundió a Joan Pujol —el espía que hizo posible el desembarco de Normandía— con un tal Juan Pujol, falangista de Murcia, ferozmente antisemita, que fue jefe de propaganda del gobierno de Burgos. Entonces no protestó nadie. Los elogios de la prensa feminista fueron unánimes y espeluznantes.
Todo esto ahora empezará a pasar factura. En las épocas de transición la cultura y la imaginación tienen más importancia que los políticos o las redes de intereses. Basta con mirar hacia los Estados Unidos y ver hasta qué punto los debates y las figuras intelectuales marcan las decisiones de Washington y de los grandes empresarios tecnológicos. El propio canciller Merz no habría dicho que quiere la bomba atómica sin la guerra cultural que ha hecho posible la emergencia de Alternativa para Alemania. Los políticos alemanes, un poco como los catalanes, todavía están bastante dominados por las inercias del siglo XX, pero el pueblo ya empieza a pasar página.
En España, Madrid quiere volver a imponer su hegemonía por la fuerza de la masa, y por eso los periódicos enloquecen con Bad Bunny. Les encanta que cante en castellano en la Super Bowl y que pida la independencia de Puerto Rico a los americanos anglosajones. Pero la época de las masas ha pasado, igual que la época de la socialdemocracia, que sirvió a los castellanos para imponer su ley a través de las necesidades de los pobres. No sabemos qué vendrá, pero Sánchez no irá a ninguna parte invocando los valores de la Transición ni organizando cumbres progresistas en Barcelona para fingir que las izquierdas comprenden Catalunya.
El poder abandonará a los políticos que no sean capaces de decir cosas nuevas o de doblegar a la oposición por la fuerza bruta, como hizo el Estado con el 155. Solo esto ya hará que se vea de manera muy marcada que el pueblo catalán y el pueblo castellano son dos pueblos diferentes, que se anulan el uno al otro cuando no tienen vida propia. Sánchez polariza con VOX y finge que es el político más pacifista y más demócrata de Europa. Pero tarde o temprano tendrá que elegir entre tomarse en serio la libertad de los catalanes o subirse al carro de Abascal, que es donde acabará subido cuando los jueces lo acorralen y Bruselas ya no lo necesite.
El intento de repetir con ERC la estrategia que el PSOE ya utilizó con el PSC —aprovechando que Gabriel Rufián es de cultura castellana— solo multiplicará las contradicciones de una España que aún no ha entendido que su bomba atómica era la autodeterminación de Catalunya.