Padezco de un mal que es el de no sorprenderme de casi nada si las cosas dependen de la condición humana. Y eso no significa que no me cabreen los hechos que chocan con mi nivel de moralidad, variable según el qué, el quién, el cuándo y el por qué de los acontecimientos. Y casi inmune como soy a la sorpresa, no me extraña nada de lo que está haciendo Donald Trump.
Si uso el 'casi' es porque lo que sí me sorprendió fue un hecho que no me esperaba: el primer mandato del magnate y su moderada exaltación de la irracionalidad. Este Donald Trump, el que quiere destruir el orden mundial siguiendo los parámetros de su mente paranoica, es lo que yo intuía entonces y no me dio la razón cuando asumió la presidencia de EE.UU. en el año 2016. Pasados los años, he comprendido que su presunta moderación estaba perfectamente calculada para alcanzar la reelección en unas elecciones que perdió, finalmente, ante el candidato demócrata Joe Biden, con las consecuencias que todo el mundo recuerda. El asalto al Capitolio perpetrado por los MAGA es y será una de las vergüenzas históricas de EE.UU.
El Donald Trump actual, el que arrolló en las urnas a la candidata demócrata Kamala Harris, no engaña, como el algodón sucio pasado por la campana extractora de la cocina. Este Trump es el individuo hiperactivo y megalómano que recuerdan sus adversarios empresariales, el mismo que quiso convertirse en el magnate más importante de Manhattan a finales del siglo XX, siguiendo las instrucciones del mentor Roy Cohn, abogado homosexual de armario, que murió de sida tras haberse convertido en uno de los más tenaces perseguidores del movimiento gay de EE.UU. Cohn le mostró el camino del éxito siendo fiel a tres normas conductuales fundamentales: “atacar, contraatacar y nunca disculparse”. Exprimido Cohn como un limón, Trump lo abandonó cuando el abogado empezaba a mostrar síntomas inequívocos de sida. El sida era un estigma molesto para acometer con éxito una carrera empresarial que lo llevaría, al final, a la Casa Blanca en el año 2016.
Atacar, contraatacar y nunca disculparse son las tres normas que caracterizan la praxis presidencial de Trump. Y ya reelegido para un segundo mandato, se ha rodeado de estulticia, personificada en personajes como Marco Rubio, J.V. Vance, Kristi Noem, Michael Waltz, Tom Homan, Robert F. Kennedy Jr., y un largo etcétera de fanáticos imperiales, reforzados por el dinero insaciable y el canibalismo económico de Mark Zuckerberg (Meta), Tim Cook (Apple), Sundar Pichai (Google/Alphabet), Jeff Bezos (Amazon), Elon Musk (Tesla/SpaceX), Satya Nadella (Microsoft) y Sam Altman (OpenAI), líderes de las empresas tecnológicas reclutados para la causa trumpista por Peter Thiel (Palantir Technologies). Este último es el gran ideólogo, un alemán nacionalizado estadounidense, estudiante de filosofía en la Universidad Stanford, fundador de The Stanford Review, maestro de ajedrez en EE.UU. y un apologista de la ideología anarcocapitalista. Sin el apoyo de estos líderes tecnológicos, Donald Trump no habría tenido el valor de atacar, contraatacar y nunca disculparse, porque no habría tenido ni la fuerza ni el cinismo moral de sentirse el propietario del relato. La contradicción de toda esta nueva élite imperial es que odia a la gente corriente, pero la necesita para hacerse rica.
Estados Unidos está perdiendo la batalla geopolítica ante la fuerza silenciosa de China
Por desgracia para ellos, existe China, nación que ha colonizado el mundo sin hacer ruido, y Barcelona es el ejemplo manifiesto. Los chinos controlan económicamente mastodónticas zonas geográficas y no han tenido que raptar a presidentes para lograrlo. A China la trataron como una nación bastarda, y China ha matado al gran padre de Occidente con precisión quirúrgica. A diferencia de Rusia, China es —con permiso de EE.UU.— la primera potencia económica del mundo y tiene, entre otras fortalezas, el control de la producción y el refinamiento de las tierras raras de donde se extraen los minerales esenciales para la fabricación de los dispositivos con los que funciona el Gran Hermano Tecnológico. La lista la componen diecisiete elementos: escandio, itrio, lantano, cerio, praseodimio, neodimio, prometio, samario, europio, gadolinio, terbio, disprosio, holmio, erbio, tulio, iterbio y lutecio. China domina casi el 60% de su extracción a escala mundial, y el 90% de su procesamiento. El nuevo poder tiene el color de estos minerales y es la evidencia fehaciente de que Estados Unidos está perdiendo la batalla geopolítica ante la fuerza silenciosa de China. Ante la certeza, Trump se mueve como un perro rabioso ante el desmembramiento de un imperio, el suyo, que espera volver a unir menospreciando el derecho internacional. El uso de la fuerza solo denota debilidad e impopularidad, y China lo sabe. Los perros rabiosos o mueren sufriendo o se sacrifican.
El vikingo Erik el Rojo llegó a Groenlandia en el año 982 y poco podía imaginar que aquella tierra áspera de la que se sentía descubridor, sin serlo, se convertiría en una zona estratégica de la humanidad del futuro, y que once siglos más tarde, un tal Erik el Naranja querría hacerse con la isla más grande del mundo para simbolizar el inicio de una nueva era imperial. Por ubicación y por unos dominios de Groenlandia llenos de tierras raras. Un imperio de mil años, atendiendo al amor que tiene la administración Trump por los históricos despotismos iletrados. Con el orgullo de Europa hecho añicos por culpa de su burocracia y los enemigos internos, conquistar Groenlandia por lo civil o por lo criminal no les costará mucho esfuerzo. Con 56.686 habitantes censados, invadir y controlar el país es tan fácil como invadir y controlar la isla Perejil por el ejército español. Y aunque los groenlandeses hablan el kalaallisut y, como segunda lengua, el danés, el inglés tiene la persistencia del maltratador.
El único problema vendrá si, una vez que desembarquen en Groenlandia para instalar allí los McDonald's que tanto gustan al presidente Trump, encuentran las licencias comerciales copadas por bazares chinos. Así, señor Trump, es como se conquista el mundo en el siglo XXI.