Se veía venir. Tras los millones invertidos en publicidad y relaciones públicas y las comparecencias rebosando buen rollo y empatía con todo el mundo, al final a los Uber y Cabify les ha salido la cara del patrón de toda la vida: o se hace lo que yo diga o todos a la calle. Tras tanto invocar la modernidad, la revolución digital y la libertad del cliente como valor supremo y frontispicio de su filosofía de empresa, han decidido defenderla como siempre ha preferido el patrón de toda la vida: sacrificando al trabajador para liberar al cliente.

El capitalismo salvaje ha acreditado siempre su habilidad para el disfraz, pero también su falta de paciencia y disciplina para preservar intacta la tapadera el tiempo necesario. Siempre lo quiere todo y lo quiere ya. ¿O ya nadie se acuerda cuando Uber se presentaba como la quintaesencia de aquella mítica “economía colaborativa”; que no era negocio, era colaboración mutuamente beneficiosa?

Tras tanto reprochar a los taxistas su supuesta violencia y activar a todos sus portavoces para presentarlos como una mafia cruel y despiadada, estas empresas tan modernas y geolocalizadas han decidido activar esa otra clásica violencia económica, igual o más devastadora, donde el fuerte procede a forzar la inanición del débil para que se peleen por ser explotados. Dejar que los proletarios se maten unos a otros y luego llevarse los beneficios fuera resulta la estrategia de negocio más vieja del mundo. Ni siquiera eso han inventado.

Dejar que los proletarios se maten unos a otros y luego llevarse los beneficios fuera resulta la estrategia de negocio más vieja del mundo

Lo que sí hay que reconocerles es el desparpajo, la absoluta falta de decoro a la hora de utilizar como escudos humanos a los pobres conductores y amenazar después con marcharse si no se cedía de inmediato a sus exigencias. El viejo patrón guardaba al menos las formas y el tono a la hora de esgrimir sus amenazas. No se pavoneaba en los papeles como un abusón del colegio, presentándose como víctima de una regulación que le impide hacer negocio mientras su CEO presume de sueldo millonario. La regulación les deja trabajar. Lo que ciertamente no les permite es hacer de taxi sin licencia, que era lo que estaban haciendo y donde estaba su ventaja.

No menos novedosa se antoja la indiferencia o incluso el fervor y el aplauso con que una parte de la sociedad y la opinión pública han recibido esas amenazas, tan propias de aquellas viejas empresas coloniales cuando operaban a su antojo en ultramar. Como si al verlas marchar ellos también estuvieran ejerciendo también un derecho fundamental, como si los CEOs de esas compañías fueran campeones librando un torneo en defensa de su honor y libertad y un poco de la riqueza que arrebatan goteara también hasta su plato.

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