Hace dos años de la toma de posesión de Donald Trump, "the big pretender", y los derechos de las mujeres siguen siendo una de las cuestiones de las que más se habla en todo el mundo. El gran desafiador de los medios, de la verdad, del acceso a la sanidad, el amigo entrañable de la auto-rebaja de impuestos para los más ricos y el enemigo más feroz de la inmigración empezó el año 2018 con el reto de las grandes marchas de las mujeres contra todo lo que Trump representa.

Con el lema "Poder para las urnas", centenares de miles de mujeres se comprometían con una nueva manera de hacer activismo político feminista. También en las instituciones. Y de manera especial las afroamericanas, las palestinas, las espaldas-mojadas, las dreamers. Cuanto más sin palabra ni espacio propio las quería Trump, más se implicaban las mujeres en los EE.UU. y se registraban para votar, no callar y actuar en las escuelas y universidades, hasta llegar al Congreso. No se resignaron con las políticas de la administración. Se metieron masivamente en política para que los reglamentos, las normas, las leyes reflejaran sus necesidades, sus derechos, la legítima aspiración de vivir mejor. Por ellas. Por sus hijas. Y por las generaciones de mujeres que vendrán.

Las mujeres empoderadas de las marchas de Nueva York, Cleveland, Filadelfia, Austin o cualquier gran ciudad de los EE.UU. hicieron durante todo el 2018 más fuerte el movimiento #MeToo contra la violencia de género, las desigualdades salariales, los techos de cristal impuestos, la misoginia y los papeles secundarios, empobrecedores, que todos los fundamentalistas reservan a las mujeres.

Los efectos de la reanudación del movimiento feminista se han visto hace pocos días en el Congreso. Nancy Pelosi ganó por primera vez por un distrito de California el año 1987. Entonces eran solamente 23 mujeres de un total de 435. Y, sin embargo, Pelosi rompió un techo de cristal especialmente difícil: ser la primera mujer, en el 2007, en presidir la Cámara. Un techo de cristal que ha vuelto a superar los primeros días del 2019 gracias a las mujeres, que ahora ya son 102 ―de las cuales un 90% pertenecen, como Pelosi, al partido demócrata―.

Cuanto más sin palabra ni sitio propio las quería Trump, más se implicaban las mujeres en los EE.UU. y se registraban para votar, no callar y actuar

Y ha salido un arco iris inédito en las instituciones de los EE.UU. Mientras en el lado derecho de la Cámara, ocupado en su mayoría por republicanos, sigue predominando la excluyente y uniformadora norma WASP, en el lado izquierdo un grupo de mujeres de diferente etnia y color empieza a hacer tambalear los cimientos del Capitolio.

Como escribía la periodista Jill Abramson en The Guardian, "Washington ha dejado de ser de Trump". Y lo demostraba Deb Haaland de Nuevo México abrazada a Sharice Davids de Kansas, de la nación Ho-Chunk. Ellas dos son las primeras mujeres indígenas americanas que tienen escaño. Davids pertenece también al colectivo LGTBI. Muy cerca, Ilhan Omar, inmigrante somalí de Minnesota, deslumbra con su hiyab blanco y dorado. Rashida Tlaib, de Michigan, escoge para jurar su cargo un ejemplar del Corán que había sido de Thomas Jefferson: ella es la primera mujer palestina norteamericana que entra en el Congreso. Y a su lado, entre otras, Alexandria Ocasio-Cortez, Barbara Lee, Jahana Hayes, Lauren Underwood y Sheila Jackson Lee. Alguna de las propuestas que han hecho o dan apoyo es la revisión de impuestos al alza para los más ricos y el empeachment de Donald Trump. Son corrientes de aire saludables que provocan las mujeres que, ahora hace un año, reclamaban en las calles el "poder para las urnas".

Nos alegramos con ellas y por ellas. Y por lo que nos estamos jugando. Da nuevas fuerzas que, precisamente ahora, levantemos la mirada y no nos dejemos invadir por la oleada ultramontana. No tengamos miedo por las huidas a las cavernas de jerarquías eclesiásticas y dirigentes políticos de formación precaria. Nos amenazan con un dedo imperial, misógino y dominador para esconder su división y, de hecho, su derrota. El presidente de los EE.UU., la musa dorada de cualquier aspirante a caudillo de España, ha perdido cuando las mujeres se han reencontrado y reconocido entre sí como iguales. Recordemos las palabras de Glenn Close en la ceremonia de los Globos de Oro: "Las mujeres tenemos que cumplir nuestro sueño". Como los pueblos, como las minorías. O como las mayorías que nos quieren minoritarias. Ocupando calles, universidades, escaños: el camino es el mismo y pasa por las causas más nobles: las del 1-O, el 3-O, el 8 de marzo, el primero de mayo, el 25 de noviembre y el Onze de Setembre. Haciendo realidad un mismo lema que, repetido, hace más fuerte la democracia: poder para las urnas.

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