Una de las pocas ventajas que los catalanes podemos aprovechar ahora mismo para hacer política es que, en Europa, todo el mundo está igual o más desorientado que nosotros. Hacía mucho tiempo que la base del país no tenía tan pocos incentivos para imitar a los castellanos, a los franceses o incluso a los ingleses. Nuestros vecinos están culturalmente deshechos, y lo que ha pasado con Rodalies y el PSC es la punta del iceberg de una decadencia que va más allá de los secretos de la gestión o del trato colonial que recibe la llamada España asimilada.
Los Estados nación europeos han muerto de éxito. Todavía funcionan por inercia, pero los mecanismos que los habían sostenido se van volviendo deficitarios, y la población que los financiaba se siente cada vez más desprotegida. La tecnología ha abaratado tanto el coste del bienestar que ha corrompido los valores universales y las fuerzas del mercado que habían dado una vida genuina —y una fama irresistible— a los Estados del continente. Los gobiernos intentan hacer durar el Antiguo Régimen importando mano de obra barata, pero el progreso científico nos recuerda cada día que ni siquiera el capitalismo puede saltarse la historia.
La crisis del Estado nación europeo se notará en Catalunya más que en ningún sitio, porque la burguesía y las clases populares que liberalizaron España eran eminentemente catalanas. La vieja Europa se apoya en Pedro Sánchez porque Madrid es la capital del continente que tiene más necesidad, política y económica, de preservar las estructuras actuales. Los castellanos suelen aferrarse a los sistemas decadentes porque, cuando las cosas van mal, confían en caer en blando sobre nosotros. La crisis financiera de 2008 ya pilló a los castellanos con el pie cambiado, igual que el colapso de los imperios de la Europa central, un siglo antes.
Catalunya todavía no se ha cobrado el esfuerzo que hizo para europeizar España
Cuando los Estados nación modernos empezaban a gestarse, Larra escribió que España era el prostíbulo de Europa, el agujero donde se discutían los límites de las ideas nuevas. Esto no creo que haya cambiado. Lo que ha cambiado es la capacidad de Madrid de cerrar a los catalanes dentro de la jaula española. Hacía siglos que los problemas de los catalanes no se parecían tanto a los problemas del resto de europeos. Madrid se ha convertido en un punto de choque de alcance europeo e incluso occidental, justamente porque ya no puede confinar el conflicto con Catalunya dentro de las fronteras españolas. Catalunya todavía no se ha cobrado el esfuerzo que hizo para europeizar España, y los próximos años quizás tendrá la ocasión de hacerlo.
Como tantos pueblos oprimidos, los catalanes han tendido más a pensar qué podía hacer Europa por su libertad que no qué podían hacer ellos por Europa. Pero el futuro de Catalunya —y quizás su supervivencia— dependerá de si somos capaces de generar una clase social pionera, con suficiente ambición y musculatura políticas para impulsar cambios de cierto alcance: como lo hizo la burguesía, cuando Catalunya era uno de los países más ricos de Europa; como lo hizo el movimiento obrero, cuando Barcelona era la rosa de fuego; y como lo hizo la clase media mientras existió como fuerza real, capaz de endosar el Estado de las autonomías al ejército franquista y de forzar un referéndum de autodeterminación.
Los partidos nuevos, la regeneración de las estructuras burocráticas y representativas, la clase política nueva: todo eso vendrá después. La aparición de Aliança Catalana, o la resistencia de Oriol Junqueras y Carles Puigdemont a dejarse matar por la justicia española, nos da margen y nos ayuda a ganar tiempo, pero no resolverá nada. El problema de Catalunya —igual que el de Europa y el de España— no es de índole técnica, sino espiritual; por eso el gesto de Sílvia Orriols ha generado tantas expectativas. El problema no es cómo gestionamos mejor los recursos, sino qué sueños perseguimos para que el bienestar y la tecnología no nos conviertan en títeres de una sociedad improductiva, desmotivada e indefensa.
Si estos sueños se podrán perseguir democráticamente o no, ya es harina de otro costal.