Me interesa muchísimo conocer el alma de León XIV. Es la única pregunta que no me ha sabido responder la IA. Les confieso que lo primero que he hecho para saber qué dice el Santo Padre en su primera encíclica es pedirle un resumen a la IA. Se lo recomiendo vivamente. Háganlo y después dialoguen con la IA. Un diálogo franco, con preguntas pertinentes, para saber más de lo que dice el Santo Padre, y profundicen en lo que les llame más la atención. Con esto entenderán lo que, de entrada, ya está haciendo la IA por ustedes, pecadores: ahorrarles una horita larga de lectura con fosforito para subrayar las principales ideas. Incluso le pueden pedir a la IA que les haga el artículo de réplica o de alabanza. Pero después, llevado por una manía extraña, le he preguntado si podía desaparecer la Iglesia como institución. ¡Qué idea tan poco estimulante! Y me ha contestado: "La Iglesia católica puede desaparecer como institución social y física tal como la conocemos, ya que se enfrenta a una grave crisis de secularización, envejecimiento de clérigos y pérdida de fieles. No obstante, desde una perspectiva de fe, la doctrina sostiene que la esencia de la Iglesia perdurará de alguna forma".
La doctrina sostiene que perduraremos. Y ahora nos llega el Santo Padre León XIV a visitar la Sagrada Família, Montserrat, la cárcel de Brians y el Estadi Olímpic, entre otros sitios. Seguro que ayudará a perdurar. ¿Qué podría salir mal? Un programa intenso y que será un éxito mediático y popular. Cuando se marche, dejará un buen recuerdo. Asistí hace poco en Roma a uno de los encuentros multitudinarios que hace el Papa en la plaza San Pedro. Un ritual totalmente recomendable. Experiencia mística, incluso. Tienes al jefe de tu Iglesia muy cerca. Tienes que dejarte llevar por la mística del momento. Porque si empiezas a analizar el ritual mediático y teatral, ves a agentes de seguridad por todas partes, vallas disuasorias, paradas estudiadas para sostener en brazos a niños de todas las razas y captar imágenes perfectas desde todos los ángulos en unas megapantallas que permiten un seguimiento del evento visualmente impecable. Las palabras leídas, políticamente correctas. Ningún margen a la improvisación. La cara morena, sonriente, el gesto amabilísimo. Un Santo Padre de manual.
Necesito percibir, a la luz de la fe, el alma de León XIV
A mí, que soy un poco iconoclasta por culpa de mi formación francesa, las palabras y las imágenes me tienen que llegar al alma. El papa Francisco, con su mirada cansada, su cantinela habitual y sus gestos pesados de su última época, me inspiraba ternura y amor. Conocía su vida y había leído con fruición sus encíclicas (y las había archivado en el subconsciente). También confieso que el libro de Cercas aún resuena en mis oídos. Lo quiero, a Francisco. Y lo siento mío.
Necesito rehacer una relación similar con León XIV. Sé que puede llevar tiempo. Como ejercicio intelectual, admiro mucho su encíclica. Es oportuna, bien argumentada y muy ecuménica. Seguro que tiene preparados, para su exhaustiva visita a Barcelona, momentos intensos de oración, discursos motivadores, actitudes del todo eclesiales. Pero necesito sentir que, ante estos nuevos retos que tan bien plantea la encíclica, la Iglesia nos da también herramientas para luchar contra ellos.
Últimamente he ido a muchos funerales laicos. A veces sobreactuados, pero a menudo mucho más cercanos que los diáconos hablando de la resurrección a un auditorio neófito y descreído. He ido a misas de curas con sotana y una docena de laicos jubilados. He ido a iglesias del Upper Diagonal de curas con clergyman llenas de jóvenes. Confieso una falta de interés real por ir a misa los domingos a mi parroquia. Me permito el lujo de compartir oraciones con las benedictinas y los monjes de Montserrat y de elegir, para ir a misa, a curas conocidos y queridos. Todo esto es una actitud impropia de un creyente que quisiera dar ejemplo. De todo esto no me confieso regularmente, aunque debería hacerlo. Lucho como puedo por transmitir la fe y llevo con dignidad y un poco de buen humor el desasosiego de ver cómo mi Iglesia se desmorona, se diluye y tiende a la irrelevancia en mi sociedad. El mundo que describe la encíclica de León XIV está aquí y hago míos los retos y las soluciones que plantea. Pero necesito percibir, a la luz de la fe, el alma de León XIV. Hechos. Necesito, pecador de mí, que las obras de León XIV vayan por delante de las palabras. Las obras que son el reflejo del alma. Solo así lo conoceré de verdad.