Ayer mismo, nuestro estimado diario viraba al desierto de la Catalunya central para publicitar la figura de Sergi Perramón, líder de Avenç Nacionalista en Manresa (una formación proveniente del Front Nacional de Catalunya) y político que maduró la fruta dentro de la Convergència crecida a la sombra del Tripartit, quien ha anunciado recientemente una fusión electoral con Junts per Catalunya (y su candidato, Ramon Barcardit) de cara a las municipales de 2027. Aquí somos señores de Barcelona y, por lo tanto, sufrimos la clásica indiferencia y el indisimulado desprecio por los asuntos de pagés; pero recomiendo al lector que se zampe la entrevista que le hace el colega Vicenç Pagès, porque las declaraciones y el marco mental del futuro número dos de esta coalición resume muy bien cuál será la táctica convergente para intentar anular a Sílvia Orriols. El invento en cuestión, manifiesta Perramón en la entrevista, ya tiene la bendición de un tal Artur Mas.
En términos generales, la cosa podría resumirse bajo el lema “Aliança sí... pero no así”. Visto que la problemática de la inmigración (que es el reverso de la cuestión identitaria nacional) ya es el eje rector de la política catalana y dado que, digan lo que digan los cursis, Sílvia Orriols no representa ninguna radicalidad, sino que está en el centro de la conversación pública y privada, los convergentes vendrían a decir que hay que restringir la inmigración, solo faltaría, pero haciendo lo posible para evitar la islamofobia. Yo puedo estar de acuerdo con esta aproximación al tema, pero eso da igual, pues aquí lo importante es detectar el cinismo de aquellos que ahora se presentan como continuadores de la ética pujolista mientras intentan cargarse la única política que, en cuanto a los extranjeros, piensa exactamente lo mismo que el 126 y que ha visto en la entrada masiva de extranjeros lo mismo que Pujol intuyó a raíz de la inmigración castellana sesentera.
Aliança se encuentra en la dicotomía de convertirse en un simple receptáculo del voto convergente o, muy al contrario, de renunciar a engordarse a toda prisa para centrarse más bien en cómo hacer un corte definitivo con el sistema autonómico
Como decía antes, cuando en Catalunya se habla de inmigración no se cuestiona la capacidad de acogida o de apertura mental de nuestra tierra ni de otras mandangas similares; simplemente, se está abriendo la discusión sobre la posibilidad cultural de sobrevivir que tendremos los catalanes cuando el Estado utilice a los recién llegados para convertirnos en València. Hasta este momento, durante la agonía franquista, en la década de los noventa y durante el procés, el país tuvo suficiente fuerza para asimilar a “los otros catalanes” bajo la promesa de una prosperidad compartida. Esto explica que muchos de nuestros padres pasaran de charnegos a catalanistas radicales y que muchísimos españoles acabaran votando el 1-O. La intuición de Orriols es que, con las pantomimas del procés, esta musculatura de absorción ha desaparecido y ahora hay que volver al nacionalismo para fortificar la armadura de los catalanes étnicos que comandan el país.
Todo ello tiene cierta gracia, porque si Convergència tuviera un mínimo sentido de la ironía y quisiera debilitar a Aliança lo tendría tan fácil como avivar el fuego de las contradicciones de los orriolistas. Por ahora, y justamente a raíz de la proximidad de los comicios municipales, Aliança se encuentra en la dicotomía de convertirse en un simple receptáculo del voto convergente o, muy al contrario, de renunciar a engordar a toda prisa para centrarse más bien en cómo hacer un corte definitivo con el sistema autonómico. El trajín de candidatos que veremos en las municipales, y Manresa es un ejemplo de ello, será una especie de ventolera que intente llevar el partido de Orriols hacia una especie de nebulosa de ideología, óptima para los convergentes. Si se tira hacia la segunda opción los éxitos tardarán, pero el cambio será más fuerte; hay un miedo convergente de desaparecer por obra y gracia de Orriols, pero Aliança también tiene mucho pavor de matar a los papis.
Esto explica, en parte, por qué Aliança está experimentando tantas dificultades en encontrar un candidato para Barcelona (contrariamente a lo que ha dicho Orriols, que ya se ejercita en el arte de la mentira, la silla no tiene un individuo asegurado; muy al contrario, la líder de Aliança incluso ha tenido que ver cómo algún jovencito prometedor le dice que no a la cara), justamente porque cuando te presentas en Barcelona con un programa netamente independentista, y que le pregunten a Graupera, las alarmas se disparan y los mecanismos del Estado y sus virreyes te empiezan a perseguir de verdad. De hecho, Barcelona situará a Orriols más allá de la tesitura de tener que elegir entre un convergente encorbatado con cuatro trucos verbales, como estos chicos del Bages antes mencionados, o un paleto exaltado que decline las palabras en el idioma octubrista. La capital come aparte, pues es donde se discute el futuro y donde, aunque latente, reside el verdadero poder.
Por eso Artur Mas, haciendo honor a su cobardía ancestral, ha preferido ir embarrando alcaldías de pueblo que concurrir a Barcelona. Porque en la capital, insisto, es donde se disputará todo de nuevo y el lugar que nos permitirá recobrar las fuerzas. Ya lo veréis.