Se escribirá mucho estos días sobre la intrahistoria y cómo se gestó y aceleró la decisión de Pedro Sánchez de adelantar las elecciones casi nueve meses. Ya no es posible saber si hubiera habido un momento mejor. Sánchez ha entendido que este era el momento y hay muchas razones para pensar que acierta. Están las políticas, las judiciales, las sociales, las orgánicas y las que tienen que ver con el propio ciclo de gobierno, después de ocho años y cuatro meses en la Moncloa.
El peso de la votación. Los decretos de vivienda ya eran clave en julio. Y ante la imposibilidad de aprobar los Presupuestos, eran el último gran acuerdo de la legislatura. Las medidas que el Ejecutivo necesitaba para lucir bandera social y continuar hasta 2027. El golpe de Junts —el Ejecutivo pensaba que salía— ponía en evidencia la debilidad de Sánchez. Sin reales decretos, se quedaba sin oxígeno. Enterrado en el mantra de la imposibilidad de gobernar y su resistencia a convocar. El golpe de efecto de aprobar el texto del decreto con cambios en la Diputación Permanente revela su importancia.
Votar con la calle encendida. El Gobierno era consciente de cómo le interpelaba la acampada de protesta en Sol. Un revival del 15M que podía volverse en su contra. El adelanto cristaliza ese malestar social y le da la vuelta a su favor. Apoyar a Maricarmen, nombrar así el decreto, fue valorado por el Sindicato de Inquilinas. A partir de ahí, la calle podía girarse en contra. Sin mayorías y sin apoyo de la izquierda social, la descapitalización de Sánchez era absoluta. El "drama de la vivienda", como sentenció Gabriel Rufián, se llevaría la legislatura por delante.
El marco perfecto. Si Sánchez no convocaba, no podía darle la vuelta a esa debilidad. Ahora el marco es electoral, no judicial. No hay voto de la vergüenza, hay un voto político. ¿Qué otras oportunidades iba a tener? Otro momento Santos Cerdán, las joyas de Zapatero o las cloacas de Leire Díaz podrían haberle arrastrado a convocar. Ahora Sánchez elige. Cincuenta y cuatro días son largos, pero el marco está puesto y no es el judicial.
¿Pararán los juzgados? En el Ejecutivo creen haber neutralizado parte de "el que pueda hacer, que haga". Los juzgados, la UCO y las causas pendientes seguirán su curso, pero si no hay grandes titulares el efecto desgaste puede ser menor. No es que vayan a parar, pero una carrera por acelerar el cerco a Sánchez en plena campaña puede polarizar todavía más el ambiente.
Si Sánchez no convocaba, no podía darle la vuelta a esa debilidad. Ahora el marco es electoral, no judicial. No hay voto de la vergüenza, hay un voto político. ¿Qué otras oportunidades iba a tener?
Todo para Sánchez. El presidente no ha consensuado el adelanto con sus socios. La decisión unipersonal se comunicó a Sumar como un hecho consumado. Sería Pedro Sánchez, y solo él, quien decidiera el punto y final de la legislatura. El acelerón del recién bautizado Frente Amplio los ha pillado sin candidatos ni calendario de primarias. A diferencia del 23-J, Podemos no estará. El espacio, dominado ahora públicamente por Sumar, ha descartado la propuesta de Irene Montero de ir a primarias. No los quieren dentro. Y Podemos no quiere estarlo si Montero no capitaliza la lista única. Todo apunta a una candidatura de consenso de varias marcas y sin primarias, mientras Compromís ya ha optado por concurrir en solitario. Dentro del bloque Sumar, el abanico de nombres se reduce al triángulo de ministros formado por Mónica García, Pablo Bustinduy y el propio Urtasun. García gana peso tras haber lanzado ya su candidatura por Madrid. Mientras, Gabriel Rufián reflexiona sobre su futuro y es difícil ver a Podemos expandirse más allá de sus bases. La polarización de la campaña, Sánchez o España versus democracia o ultraderecha puede ser la plataforma que el PSOE necesita para llevarse gran parte de ese voto.
Objetivo, primera fuerza. Desde antes de verano, Sánchez ya reflexionaba sobre la convocatoria con el límite flotante de los Presupuestos. El presidente contaba a su entorno y a periodistas cómo su objetivo es ganar a Feijóo. Ser la lista más votada, interpelar al PP donde más le podría doler. La meta es una obsesión. Y falta mucho para despejar si con ello Sánchez quiere ser líder de la oposición, algo que dependerá también del resultado, o si se abre un debate sucesorio.
Frenar la sucesión. Con este adelanto inesperado, Sánchez logra frenar el debate sucesorio. Óscar Puente lo abrió en septiembre y los críticos del PSOE se organizan para ese momento (el frente socialista anti Sánchez da para otro análisis). El 29-N es tan precipitado que Sánchez lidera el PSOE sin rivales. Dependerá solo del resultado electoral si cae o sigue al frente como líder de la oposición.
El dóberman será naíf. El frente izquierda-derecha aboca a una precampaña frentista. Si el PP no domina la campaña, lo hará VOX. Y el efecto ultraderecha no funciona igual en lo autonómico que en lo nacional. En junio del 2024, con un año de gobierno y el desgaste de la ley de amnistía, el PSOE superó el 30 % de voto. En eso confían ahora y ya no hay matices. Sánchez es el sátrapa de la derecha y Feijóo-Abascal el túnel oscuro de la futura España. Estos 54 días serán como una legislatura de perro —eterna, cada mes un par de años— y también serán historia de España. El título podría ser Ahora que nos odiamos tanto.