Perpinyà ha dejado consternado al ejército del orden. Todos los que querrían “independizar” el independentismo de Puigdemont todavía no se explican por qué demonios acudió tanta gente al llamamiento del Consejo por la República después de los esfuerzos que habían invertido para aislar al expresidente y amedrentar al personal. La coalición contraria a la estrategia de ruptura de Puigdemont, que incluye al partido rival, al unionismo postcomunista y también a la nueva derecha autonomista que sueña con volver a la época en la que la independencia era una especie de utopía inalcanzable, solo sabe recurrir a la descalificación. Da risa que alguien que ha exaltado a los líderes hasta el punto de convertirlos en protagonistas de canciones tan melosas como aquella que cantaba Raimon para exaltar “la bondad en la cara” del secretario general del PSUC, ahora se escandalice por lo que fue, según su opinión, una exaltación exagerada del líder exiliado de los independentistas y por la sobrecarga de banderas. Mira por dónde, jamás habría imaginado que los que antaño desplegaban banderas rojas y entonaban La internacional como su estuvieran pasando el rosario reprocharían estúpidamente la simbología política de los demás.

En vez de plantearse la pregunta pertinente: ¿por qué el Consejo por la República y los tres eurodiputados no pudieron organizar el acto en la plaza Cataluña y tuvieron que parar en Perpinyà?, esta coalición unionista se dedica a atacar a Puigdemont y al independentismo que no está dispuesto a claudicar simplemente porque están en contra de la independencia. Es la represión lo que mantiene vivo el conflicto y no la resistencia de los independentistas. En Perpinyà vi a un montón de personas que sé seguro que votan opciones políticas diferentes pero que no siguen las doctrinas sectarias de sus partidos. Y es que hay quien vota legítimamente una opción y actúa según su propio criterio. Y esto me parece muy sano. Solo los que viven de la política se ven obligados a callar y someterse al mando superior. El electorado es más maduro de lo que creen los “ilustrados” que siempre saben lo que le conviene al pueblo.

La fuerte resaca de Perpinyà está acelerando los movimientos para arrinconar a Puigdemont y hundir a JxCat. Es verdad que internamente hay quien contribuye al caos porque no entiende que su momento ya ha caducado. ¿Es que no se dan cuenta de la razón por la que el Tribunal Supremo español ha aplazado por cuarta vez dictar la sentencia firme del caso Palau que, además de afectar a los sátrapas que expoliaron el Palau de la Música, también condenó a CDC a pagar 6,6 millones de euros, que es el dinero que habría recibido como beneficiario a título lucrativo de Ferrovial y otras empresas? Quien no se dé cuenta de que los magistrados Julián Sánchez Melgar, Andrés Palomo y Vicente Magro esperan el mejor momento para dejar caer la bomba, es que está ciego. El pescado podrido se aparta y se tira. Van a ver ustedes que el Estado no perseguirá a algunos de los responsables de aquel inmenso desastre por razones obvias, porque han “renunciado” a Satanás y a la unilateralidad. Los concentrados en Perpinyà, incluso la gente honrada que está afiliada al PDeCAT, quieren librarse tanto de la herencia corrupta de CDC como de lo que representa el grupo de Poblet, para crear un espacio político diferente, preparado para sintetizar el pluralismo de los tres grupos parlamentarios —en Catalunya, en España y a Europa— de JxCat. Esta es la fórmula ganadora, como se ha constatado en las diversas convocatorias electorales, y no el retorno al pasado. La “tieta convergente” o la gente del Baix Llobregat que vota por la independencia se liberó de los tópicos sociológicos en 2012 y hoy es más progresista y rebelde que algunos de sus nietos.

En Perpinyà se reunieron patriotas, como le gusta llamarse a si mismo Pablo Iglesias y a sus seguidores. Patriotas catalanes, no cabe duda, y no los votantes xenófobos que ahora son partidarios de Salvini con la misma pasión que antes lo eran del comunista Berlinguer, siguiendo la estela de los votantes de Le Pen que en otro tiempo adoraban a Georges Marchais, el secretario general del PCF. Perpinyà fue escenario de una concentración en defensa de la libertad, de la liberación nacional y sí, claro que sí, también fue una fiesta de celebración. La doctrina Puigdemont, para dar nombre a una forma de actuar, es la que ha vencido a la represión del Estado español en varias ocasiones. Emprender el camino del exilio fue duro, tanto como lo es estar encerrado en la cárcel, pero la libertad de movimientos de los exiliados, cuando menos de los que siguen activos, ha servido para desenmascarar al Estado. Es esto lo que desespera a la coalición unionista que se emborracha con palabras y difunde mentiras. “El poder real es el miedo”, declaró Donald J. Trump, candidato a la presidencia de los Estados Unidos, en una entrevista con Bob Woodward y Robert Costa. El actual presidente de los EE.UU. sabe lo que eso significa. El miedo es la herramienta que usan todos los reaccionarios para intentar acabar con la libertad. Es la doctrina Steve Bannon, que en España también sirve para perseguir al independentismo.

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