La política en Cataluña se ha convertido en una narrativa basada en las mentiras y las medias verdades. Si un político afirma con la rotundidad de un predicador presbiteriano: “yo soy esto” o “yo soy aquello”, “nadie puede decir de mí...”, “no soy oportunista”, “busco siempre la unidad”, “junto a nosotros cabe todo el mundo, nos necesitamos todos” y otras frases asertivas por el estilo, uno debe respirar profundamente para no reaccionar con un exabrupto. Cuando Oriol Junqueras le dice a Vicent Sanchis que le costaría encontrar a alguien que dijera de él que es una mala persona, la frase me trae a la memoria Trump asegurando a los cuatro vientos que ha roto el techo de un test cognitivo. Cuando el presidente Carles Puigdemont afirma “que nadie se preocupe si tenemos discrepancias”, pienso que debe de decirlo porque en el exilio solo habla con gente que le dora la píldora. El exilio, como la prisión, aísla. Observen sino el giro radical entre el Mandela de la prisión y el que empezó a hacer política después de ser liberado. La realidad se vive en directo y no a través de una pantalla.

En muchos lugares del mundo la política ha caído en el desprestigio por cosas como esas y resulta difícil encontrar políticos que tengan un poco de credibilidad. En las primarias demócratas de 2018, una joven generación desafió a las “vacas sagradas” del partido y consiguió derrotarlas, cuando menos parcialmente. Alexandria Ocasio-Cortez es el caso más conocido. Rachel Lears dirigió un documental para Netflix, Knock Down The House, en el que explica la peripecia. De ella y de otras activistas, como Cori Bush y Paula Jean Swearingen. La semana pasada, además, Ocasio-Cortez demostró que tiene un cerebro muy bien estructurado y una estrategia política suficiente pensada al responder a los insultos y las gamberradas machistas del congresista republicó Ted Yoho, miembro del Tea Party. Realizó una intervención, que no alcanzó los diez minutos, intensa y nada cargada de tópicos, para explicar que el machismo no es ideológico, sino cultural. Lo hizo con una combinación de argumentos éticos y emocionales —que es lo que se lleva ahora— que sin embargo llevaba una fuerte carga política. Está claro que solo en los EE.UU. una outsider puede hacerse un hueco en la alta política, pues los partidos son débiles y los comités electorales de base son imprescindibles para llegar a ocupar un asiento en el Congreso o en el Senado. En Cataluña, por desgracia, los partidos, viejos o nuevos, son máquinas de control incluso de la opinión publicada. Cuesta mucho sentirse libre en un país donde la política está dominada por un sistema que limita la libertad de expresión. Además, las Ocasio-Cortez catalanas son golondrinas que de momento no hacen verano en unos partidos liderados por machos alfa, encarcelados, exiliados o en el Govern.

En España la política no soluciona problemas, sino que crea muchos otros. Es tradicional. La historia de los siglos XIX y XX es la historia de las guerras civiles, los pronunciamientos y las dictaduras. La Segunda República fue un caos descomunal y eso sirvió a los militares para justificar una rebelión antidemocrática. La extrema derecha se ha aprovechado de la débil democratización de la política española incluso para apoderarse del estado. En el siglo XXI ya no necesita a los militares. Les basta y les sobra con los abogados del Estado, los jueces y otros especímenes del deep state. Se ha constatado cuando el juez Marchena ha decidido aplicar lo que ya anunció que haría en la sentencia del juicio contra el procés: regular el régimen penitenciario de los reos. El ministro socialista de Justicia lo ha aplaudido, ¡anda ya! El establishment no es ni de derecha ni de izquierda, simplemente es establishment. Bajo la presidencia de Donald Trump, la política en los EE.UU. también se ha convertido en una práctica guerracivilista.

En Cataluña, por desgracia, los partidos, viejos o nuevos, son máquinas de control incluso de la opinión publicada

En los EE. UU. la alternativa a un presidente senil (Trump tiene 76 años) es la gerontocracia demócrata: Joe Biden tiene 77 años y Bernie Sanders 78. Los demócratas no se atreven a apostar por una mujer joven, rebelde, a pesar de que a veces caiga en el victimismo propio de las mujeres jóvenes de hoy en día, como es Ocasio-Cortez simplemente porque saben que muchos estadounidenses son cono Ted Yoho. Tampoco quieren ceder el paso. En Cataluña —y también en España no hay ningún político de primera fila que supere los 60 años. El Parlamento es como un parvulario donde se pronuncian discursos infantiles. Incendiarios en la forma pero vacíos de contenido. Al contrario, precisamente, de la intervención serena y pensada, sin papeles en las manos, de Ocasio-Cortez. “¡Qué envidia!” —me dijo un alcalde de ERC, un buen amigo, cuando me mandó por whatsapp el video de esta intervención. La juventud es un elixir, pero es una condición pasajera que se tiene que saber aprovechar. Sin preparación política, ser joven no es un plus.

Angela Merkel también fue joven y creció bajo el manto del gigante alemán, en todos los sentidos, Helmut Kohl. Lo supo aprovechar porque lleva quince años al frente del gobierno y cuando ha anunciado que se retira, a los 66 años (una mujer madura según los estándares norteamericanos y una vieja según los catalanes), una muchedumbre le pide que no lo haga. Es una mujer que transmite confianza entre las turbulencias. Ha demostrado con hechos que las decisiones políticas que toma no están condicionadas por una ideología rígida, dado que lleva años gobernando con los socialdemócratas. Lo que es seguro es que es más valiente que ninguno otro político europeo, incluyendo los catalanes. No todos los políticos son líderes —a pesar de cubrirse con un incienso artificial—, y en cambio ella sí que lo es sin caer en la deshumanización que desprendía el liderazgo de Margaret Thatcher. Hay muchos políticos como Ted Yoho —en Cataluña el diputado de Cs Carlos Carrizosa protagonizó un incidente parecido contra las diputadas Elsa Artadi y Aurora Madaula—, y la única vía para combatirlos es no mentir sobre la realidad y, sobre todo, sobre un mismo. Quizás el camino sea adoptar como máxima el cándido repente del poeta J.V. Foix: “Me exalta lo nuevo y me enamora lo viejo” y ponerse a cantar la irónica canción de Georges Brassens: “La edad no tiene que ver: si uno es huevón, es huevón”.

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