Gabriel Rufián es un político que a menudo se lía con sus metáforas. ¿Se acuerdan de aquel tuit suyo, poco antes de la proclamación de la República, cuando ERC era casi más radical y purista que la CUP, que con una enigmática leyenda, “155 monedas de plata”, insinuaba traiciones por doquier? Después desmintió en el programa de Ana Rosa Quintana que hubiera dicho lo que todo el mundo entendió. Los políticos han provocado la crisis de la política porque mienten de manera reiterada. No saben pronunciar la palabra “perdón” para reconocer que se han equivocado. En el supuesto de que fuera verdad que aquel tuit no era un dardo que apuntaba al presidente legítimo de Catalunya sino que expresaba su rechazo a la oferta de elecciones del PP, el PSOE, Cs y el PNB, que es lo que aseguró en una entrevista reciente en el programa Preguntes freqüents de Tv3, Rufián debería  reflexionar sobre si no se equivocó igualmente, a tenor de lo que está defendiendo hoy ERC.

Y es que ahora Rufián propugna que es necesario “pinchar según qué burbujas o discursos del independentismo mágico que todo el mundo conoce” y “exponer la realidad”. ¿Por qué no nos la explica con toda la sinceridad del mundo? ¿Es que el 27-O Rufián no formaba parte de este “independentismo mágico” que ahora no se sabe por quién está representado? Estaría bien que fuera menos enigmático y hablara en plata. Si en octubre de 2017 Puigdemont estaba traicionando al independentismo “de pelo en pecho” que entonces representaban él y su partido, sería muy de agradecer que nos aclarase quiénes son los soñadores actuales. Ha transcurrido un año de todo aquello y la gallardía rufianesca se ha transformado en un chapoteo de pies que salpica la dignidad de los combatientes que están en prisión o en el exilio. Si ERC quiere sumar más gente, anhelo que es compartido por todo el mundo, lo mejor será que evite ofender a los aliados y que se abstenga de dar lecciones si antes no se aplica una severa autocrítica por los hechos de octubre del año pasado. Puesto que ya lo he escrito anteriormente, no tengo inconveniente en repetir que el 27-O estuvo a punto de cargarse el 1-O. No fue así, como se pudo comprobar el martes pasado.

Rufián embiste un supuesto “independentismo mágico” sin ni siquiera hacerse una autocrítica por lo que él mismo provocó

Rufián es en estos momentos uno de los portavoces de la moderación de ERC, junto con Joan Tardà. “Madrid me mata”, proclamaban los de la “movida”. Eso también lo sabía Tarradellas cuando afirmaba que en Madrid disponen de un cepillo reservado a los catalanes. Quien dice cepillo dice un ramillete de engaños que consiga que los políticos catalanes que acuden a la “villa y corte” con el miedo en el cuerpo de que no van a ser bien recibidos se achanten y estén dispuestos a aceptar la palabrería condescendiente habitual. Carles Campuzano es el paradigma del político que se traga todas las propuestas por ruinosas que sean. Lo acabamos de constatar otra vez con la moción “fantasma” que había acordado con el PSOE, pues como le dejó claro el siniestro José Zaragoza: “podemos hablar de todo menos de la independencia”. Si no podemos hablar de lo que reclaman las miles y miles de personas que ocupan las calles con coraje, ¿para qué sirve el diálogo? Eso sí que sería mágico. Rufián y Campuzano convergen, miren ustedes por dónde, para equivocarse.

El 26 y 27 de septiembre se tomaron unas decisiones equivocadas porque no se tuvo en cuenta que el Estado reaccionaría violentamente. Un político que hubiera leído un poco de historia de España habría tenido que prever la reacción violenta del españolismo. Creo que en la ejecutiva de ERC se sientan unos cuantos licenciados en Historia. Antes de entonar un “imposible” grito de insumisión, habría estado bien pensar sobre las consecuencias de hacerlo. Nos habríamos ahorrado algunos disgustos. Nadie puede alegar ahora ignorancia. Ni Rufián ni Torrent. La ingenuidad ignorante debería estar tipificada como delito por el código penal. Rufián embiste un supuesto “independentismo mágico” sin ni siquiera hacerse una autocrítica por lo que él mismo provocó. Desde 2015 sabemos que es imprescindible ensanchar la base independentista. ¿Quién puede dudar de eso? Rufián afirmó en el mismo programa en el que criticó al independentismo mágico que su partido “no ha echado el freno de mano”. Es evidente que sí lo ha hecho. No pasa nada. Sólo es cuestión de reconocerlo y proponer una vía que no pase por la exigencia unionista de que los independentistas dejen de reclamar la independencia. Eso sí que sería magia.

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