La política no tendría que ser nunca una lucha entre el bien y el mal. Sólo los iluminados lo entienden así. En la España de hoy hay muchos iluminados. Profetas del patriotismo que se piensan que con una prohibición ya tienen bastante para imponer una idea. En España cada día es más evidente que no hay outsiders. La derecha y la izquierda son parte del régimen que se ha convertido en una gran prisión para los disidentes. Hace ochenta y tantos años, el ejército español se alzó en contra de la República porque la derecha, la reaccionaria y la que no lo era tanto, como la Liga, optaron por acabar con la democracia ante la amenaza social. O lo que ellos creían que era una amenaza social.

En la cabeza de casi cuarenta años de aquella revuelta, el franquismo se adelgazó por la muerte natural del dictador y nos dejó en herencia un personal político educado en la mentalidad destructiva franquista. La genealogía del muchos de los miembros de la administración del PP es bien elocuente. Hay suficiente con un ejemplo. Íñigo Pérez de Herrasti, que es uno de los acusados por el ataque al Centro Cultural Blanquerna de Madrid el año 2013 y que no tendrá que entrar en la prisión por decisión del TC, es cuñado del ministro de Educación y portavoz del gobierno español Íñigo Méndez de Vigo y primo, por parte de madre, del exministro de Defensa Pedro Morenés, el vendedor de armas. Cada olla tiene su tapadera, dice el refrán.

A diferencia de otros casos en que también se pasó de una dictadura a la democracia, en España no hubo ningún tipo de depuración del personal de la dictadura franquista. Todo el mundo pudo integrarse en el nuevo régimen sin problemas, aunque posicionara en contra de la nueva Constitución. Hagan el ejercicio de releer el número 130 del Diario de sesiones del Congreso de los Diputados del 28 de octubre de 1978, día en que fue aprobada la Constitución, y se harán una idea de hasta qué punto entonces ya se incubó la crisis política actual. Manuel Fraga Iribarne, ninguna de filas de aquella AP fundada por siete ministros de Franco y que se presentara como heredera de la dictadura, alertaba: “Para muchos españoles y para aquellos que forman la base de Alianza Popular, no hay duda alguna de que la respuesta a la pregunta de qué hacemos con la Constitución se ha puesto difícil. Las luces de la Constitución; el ser en nuestra Historia, tal vez, el primer intento de Constitución pactada; el hecho de incluir claramente un repertorio de libertades públicas modernas y unas instituciones políticas básicamente aceptables, todo ello en una coyuntura histórica que requiere reconciliación, entendimiento y posibilidades de participación para todos en el futuro, están, en la opinión de muchos, ensombrecidos por esos graves peligros para la unidad nacional...”.

A diferencia de otros casos en que también se pasó de una dictadura a la democracia, en España no hubo ningún tipo de depuración del personal de la dictadura franquista

Fraga acabó votando a favor de aquel proyecto de Constitución, a diferencia de otros diputados franquistas de su grupo, como Gonzalo Fernández de la Mora, Alberto Jarabo, José Martínez Emperador, Pedro de Mendizábal y Federico Silva, pero objetó, para justificar esta oposición parcial, que la referencia a la palabra "nacionalidades" que hacía el texto constitucional era incompatible con el principio de unidad de la Nación o de la nacionalidad española. Su grupo, además, presentó objeciones sobre la preparación y revisión de los estatutos de autonomía y de algunas competencias de las comunidades autónomas. El germen de la discordia actual nació allí. El odio xenófobo español contra los catalanes tiene raíces muy profundas, aunque nadie se atreve a estudiarlo a fondo, pero el discurso españolista de la derecha postfranquista lo ha alimentado.

AP se convirtió en PP y el liderazgo fue pasando de mano en mano hasta que cayó a manos de José María Aznar, un extremista que el año 1969, cuando tenía 16 años, era militante de Falange Española y diez años después, en 1979, era militante de Alianza Popular y uno de los destacados opositores a la Constitución española al lado de los exministros franquistas. Da pavor la impostura de este hombre, porque desde que llegó al poder en 1996, la Constitución se convirtió en el arma contra el estado autonómico que se prefiguraba. Claro está que una de las características de los personajes autoritarios es que son, además de mentirosos, manipuladores. Aznar, como también se vio con ocasión de la guerra de Iraq, ha sido las dos cosas.

Los demócratas no tuvieron la fuerza de depurar al personal que provenía de la dictadura

Tony Judt dejó dicho que la historia no se escribe como ha sido vivida, sobre todo por aquellos que han sido protagonistas. Hay impostores que finalmente son desenmascarados, como Enric Marco, aquel personaje que se hacía pasar por un deportado en los campos de exterminación nazi, y hay se tarda más a ver. Mariano Rajoy, y sobre todo el entorno que lo convoya, es uno de estos casos. Todos nacen del mismo árbol que plantó Fraga, y que Aznar o los hermanos Fernández Díaz, para poner a alguien más próximo a nosotros, cultivaron con ardor. Los demócratas no tuvieron la fuerza de depurar al personal que provenía de la dictadura. A diferencia de lo que habían hecho los franquistas con el personal proveniente de la II República que, para poner un ejemplo, al Ayuntamiento de Barcelona comportó un proceso de limpieza ideológica que expedientó a 7.100 funcionarios y expulsó más de 900, después de la muerte del dictador nadie perdió el trabajo. Franco no se privó de nada. Antes de conquistar Barcelona, el mismo dictador y su cuñado, Ramón Serrano Suñer, designaron en Burgos la composición del nuevo Ayuntamiento. Nombraron alcalde Miquel Mateu i Pla, hijo del dueño de la Hispano-Suiza y sobrino de Enric Pla i Deniel, el arzobispo de la "cruzada" que era bien visto por el jesuita Joan Tusquets, catalán como Pla y teórico del "contubernio judeomasonico". Tusquets, descendiente de una familia de banqueros que todavía colea y fundador en Burgos de l'Editorial Lumen, fue, además, el preceptor de la hija del dictador, Carmen Franco, multimillonaria que no ha trabajado nunca, convertida ahora mismo en celebrity a los 91 años por las televisiones del régimen del 78. Se ve que tenemos que tenerle piedad porque la señora sufre un cáncer terminal.

La fuerza de esta impunidad antidemocrática ha acabado por contaminar la política española. Joan Tardà quizás se excedió cuando soltó que los socialistas eran más fachas que el PP. No es eso, no. Es otra cosa tal vez peor. Los socialistas todavía ahora están pagando no haber sido nada consistente hasta que no se murió el dictador. Eran un partido minúsculo ante la fuerza del PCE. Cuando el PSOE obtuvo su primera victoria electoral, el otoño de 1982, The New York Times describió a Felipe González y sus colegas como lo que, en buena parte, resultaron ser: un equipo de "jóvenes nacionalistas españoles". El nacionalismo de Alfonso Guerra o de José Bono no es alternativo en el del PP. Al contrario, está tan contaminado por la intransigencia como el nacionalismo españolista de PP y Cs que llena de banderas rojigualdas las calles y plazas de Madrid. La debilidad del nacionalismo democrático describe muy bien la fortaleza proteica de un nacionalismo español dominado y teorizado por la derecha más extremista de Europa. Los orígenes definen la identidad de quién defiende España como una comunidad de destino en el universal.

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