Acaba un curso trepidante. Ha transcurrido un año de casi todo. Del atentado del 17-A y del referéndum del 1-O. Y cuando ya llevamos cuatro meses desde que me destituyó el ministro Cristóbal Montoro en aplicación del artículo 155, él ya no es nadie. Quiero decir que la moción de censura que los independentistas catalanes y vascos ayudaron a ganar a Pedro Sánchez ha mandado a la oposición a Mariano Rajoy y a todo su gobierno. ¿Cómo cambian las cosas, verdad? En España se ha producido un relevo entre los partidos del 155. Ahora gobiernan los que se creen más civilizados. De momento, sin embargo, no se ha notado el cambio en casi nada. “Parole, parole, parole...”, que es lo que les gusta a los politiquillos catalanes que al miedo le llaman moderación. “La libertad es no tener miedo”, decía la cantante Nina Simone. Y es que perseguir la libertad, luchar por defenderla, a menudo comporta riesgos. Es lo que tiene vivir de acuerdo con un compromiso democrático.

En la despedida alemana de Carles Puigdemont, el president ha proclamado que la hora presente “es la hora de los hechos”, que será la única manera de comprobar hasta qué punto es cierto el “cambio de estilo, de clima y de lenguaje” que todo el mundo dice que se aprecia en el nuevo ejecutivo de Pedro Sánchez. Hay que pasar “de los gestos a la acción”, asegura el president. Estaría bien que Pedro Sánchez demostrara más predisposición al diálogo. Al fin y al cabo, si ustedes lo piensan bien, incluso en el supuesto de que lo consideren un delito, la acusación contra Puigdemont y su gobierno es por haber osado facilitar una votación. Como hemos constatado muchas veces, para los españoles y los catalanes unionistas, lo sagrado es la nación española y no la democracia. Si lo piensan fríamente, provoca escalofríos que la represión desatada del Gobierno español haya sido motivada por una cosa tan arbitraria como es una “frontera”.

La acción política impide que la gente se mate por las calles. Donde fracasa la política empieza la guerra

La acción política impide que la gente se mate por las calles. Donde fracasa la política empieza la guerra. El problema es cuando uno de los bandos en conflicto no reconoce al otro en un contexto de ausencia de violencia. Tiene razón Puigdemont cuando, desde Berlín, observa que “es absurdo que el Estado español estuviera dispuesto a reunirse con terroristas de ETA y ahora ponga inconvenientes a dialogar con nosotros, los representantes de un movimiento independentista democrático”. Incluso José María Aznar, el paladín de la derecha extrema española, negoció con ETA el alto el fuego. ETA mataba, lamentablemente, pero jamás fue una amenaza real para el Estado. Por el contrario, el soberanismo democrático catalán ha provocado que se tambaleen los fundamentos del poder establecido, el de verdad, el que en Madrid y en Barcelona se dan la mano para repartirse beneficios y prebendas.

Carles Puigdemont lleva en el extranjero nueve meses, si es que la UE es realmente el extranjero para un europeísta. Lo es, no nos engañemos. Vive exiliado. Pero la justicia belga lo protegió primero y, hace pocos días, la justicia alemana le paró los pies a un juez español que, según los juristas más reconocidos, incluidos muchos españoles, ha preparado una instrucción pésima, contaminada por su ideología y por la lógica represiva que puso en marcha el PP con la colaboración inestimable de Pedro Sánchez. El único argumento del Estado para que Catalunya siga ligada a España ha sido la fuerza, la intimidación, el chantaje, el boicot, la deposición del gobierno legítimo y la destitución de altos cargos, la sanción a concejales y alcaldes y la persecución de ciudadanos que reclaman poder ser libres. El Estado ni siquiera se ha molestado en exhibir una zanahoria. Aunque fuera mustia.

La contaminación de la democracia es lo único que provoca fractura social, ya que el Estado solo protege al unionismo y a sus agentes represivos

La tensión, el conflicto político tienen solución. La tiene si se aplican las normas democráticas. La contaminación de la democracia es lo único que provoca fractura social, ya que el Estado solo protege al unionismo y a sus agentes represivos. Cuando un policía fuera de servicio le rompe la nariz a un gran fotoperiodista como lo es Jordi Borràs y las autoridades no reaccionan, queda demostrado que el fascismo tiene bula en Catalunya para intimidar a los soberanistas.  Estamos acostumbrados. Que Albert Rivera y Xavier García Albiol justifiquen que un personaje siniestro se lance a toda velocidad contra un mar de cruces amarillas en la plaza de Vic es la prueba del nueve de hasta qué punto la derecha española, del color que sea, naranja o azul, se parece a extremistas del estilo de Marine Le Pen o Matteo Salvini.

Para la derechona española los enemigos de España son los catalanes soberanistas, como para la francesa y para el italiano los enemigos de Francia e Italia son los refugiados. De tal palo tal astilla. Europa está dominada hoy en día por personajes que solo difunden el odio internamente o con el exterior. Con los que son diferentes. Los patriotas son amantes de la libertad, los nacionalistas defienden barbaridades como la que espetó Concepció Veray, vicesecretaria general del PP de Catalunya, en un programa de televisión: “Si no queréis seguir en España [los independentistas] podéis marcharos, pero no os llevaréis Catalunya”. Todos los genocidios —y en particular los pogromos— han empezado con afirmaciones esencialistas como esa. Los soberanistas no han derramado jamás la sangre por las calles. El españolismo es, por tradición, tabernario y violento.

En fin, esperemos que triunfe la democracia. Me marcho unos días y cierro esta sección. Les deseo unas buenas vacaciones, a pesar de que lo hago con el corazón en un puño cuando pienso en los presos soberanistas. Ellos van a pasar el verano encarcelados injustamente. No los olviden.

 

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