Se acaba este 2020. Ha sido un año catastrófico para todo el mundo. Para mí, también. Golpes emocionales y enfermedad. Según el calendario chino, 2020 correspondía al año de la rata, que se acabará el 11 de febrero, y que tenía que ser un año lleno de éxitos, fuerza, amor y dinero. Al final, de China solo llegó el virus de los murciélagos de Wuhan. Este es un año para olvidar.

Los murciélagos tienen una tolerancia muy alta a los virus, que supera a la de otros mamíferos, y el problema es cuando nos los comemos y los comercializamos en mercados de animales vivos. Por nuestros lares no es costumbre, pero en otros sí. Las consecuencias pueden ser terribles, como ya hemos podido comprobar. La aureola simbólica nacional del murciélago, al que el Llibre dels feits atribuye virtudes fundacionales del Reino de Valencia, pero que en realidad representa la soberanía global de la monarquía catalana en la edad mediana, incluyendo Mallorca, con la pandemia se transforma en algo negativo. El murciélago se convierte en un animal devastador en vez de un simbolismo fundacional. Para la ciencia —explica James Gorman en un artículo muy didáctico—, la capacidad de los murciélagos de transportar tantos virus y sobrevivir siempre ha sido un gran interrogante. La historia de las naciones es igual de complicada. Observen el murciélago del escudo del Valencia CF, el escudo de la antigua cabecera del Diario de Barcelona, o el murciélago que preside el escudo de la ciudad de Palma. No hace falta decir nada más sobre lo que ha representado el murciélago para toda el área lingüística catalana. Unidad y tradición.

Urge dejar atrás este 2020, que solo puede considerarse positivo en cuanto ha provocado una colaboración globalizada debido a la pandemia, lo que no siempre ha ido acompañado de una real solidaridad. El secretismo sobre los precios que ha pactado la Unión Europea con seis farmacéuticas por la vacuna contra la Covid-19, desvelado por Eva De Bleeker, secretaria de estado de Presupuesto y Protección de los Consumidores del gobierno belga, con un tuit que borró enseguida, demuestra hasta qué punto la política mundial está condicionada por las industrias —en este caso farmacéuticas— que compiten por obtener grandes beneficios con la comercialización de la vacuna curativa. Un tratado sobre los malestares del presente que escribió Tony Judt hace diez años, ya auguraba que algo iba mal en el mundo. Hemos ido a peor. Para los catalanes, la última década ha sido especialmente convulsa. Y todavía lo es, a pesar de las buenas palabras de Pedro Sánchez, quien quiere convencernos de la bondad del proyecto patriótico español por él representado. De momento, este encantador de serpientes solo ha convencido a ERC y al PDeCAT, que parecen ignorar que el PSOE fue el cómplice necesario de Mariano Rajoy para aplicar en Cataluña el artículo 155 de la Constitución.

Este año, a pesar del pacto de legislatura de Sánchez con los republicanos, no ha dado ningún fruto para Cataluña. El informe Cumpliendo que Sánchez presentó antes de ayer, es una especie de check balance contable de los primeros meses de su gobierno, y en él se jacta de haber cumplido el 0% de todo lo que había pactado con ERC cuando los republicanos fueron decisivos para decantar la investidura por un solo voto el 7 de enero. Además de cornudos, apaleados, pues el mismo informe exhibe porcentajes mucho más jugosos con los demás aliados del PSOE, que van desde el 36% con Compromís hasta el 7% con el PNB, pasando por el 22% con el BNG y el 29% con Nueva Canarias. Pero los republicanos eso ya lo saben, especialmente la facción federalista que tienen dentro, reforzada por la absorción de una parte de antiguos socialistas que cada vez es más evidente que han transformado el independentismo de los republicanos en un soberanismo indeterminado que no descarta “reenganchar Cataluña al proyecto común”, dicho con las palabras de Pedro Sánchez. El derecho a decidir por uno mismo es un método por el que un pueblo decide su futuro y jamás puede ser lo que defina el objetivo de un grupo. Si estuviéramos hablando del caso del Reino Unido, podríamos decir que la escocesa Nicola Sturgeon lo tiene clarísimo, mientras que Gerry Adams, ante su fracaso, solo mantiene la posición soberanista, como los republicanos aquí, sin ningún resultado en concreto. Todos los perdedores esconden las frustraciones con fraseología y gestualidades.

La independencia es la única vía para asegurar que Cataluña no se convierta en una provincia pobre y marginal de la corrupta monarquía española

El fin de año de este 2020, de momento no es augurio de algo bueno para el año siguiente. La tercera oleada de la pandemia no para y las tibias medidas que ha adoptado el gobierno pueden provocar, según los expertos, estragos incalculables. Ya se verá. Quizás entonces estaremos en condiciones de encarar las elecciones del 14-D con menos mentiras. Si diez años atrás, cuando, por así decirlo, arrancó la década soberanista, los motivos argüidos eran un déficit fiscal crónico, la denuncia ante los incumplimientos en la renovación y la ampliación de las infraestructuras, y los ataques a la lengua y la cultura catalanas, entre otras cosas, ahora hay que añadir la represión contra 3.000 catalanes. No ha cambiado nada. Al contrario, ha empeorado. Los comentaristas próximos a ERC y los que han vuelto al redil convergente con el PDeCAT, acusan a los que no se tragan el cuento de hadas de Sánchez de carlistas, con la típica bromita fácil de barra de bar, sin darse cuenta de que cuando se reclama hacer efectivo el mandato del 1-O se está exigiendo a los políticos que culminen lo que, ciertamente, no se resolvió en 2017. La independencia es la única vía para asegurar que Cataluña no se convierta en una provincia pobre y marginal de la corrupta monarquía española. Tengo un amigo, más convergente que Jordi Pujol, que me dice que él no quiere la independencia si después tiene que mandar ERC. Y yo le respondo que la quiero, aunque el primer gobierno independiente estuviera presidido por Joan Coscubiela. La independencia no es un hito ideológico. Es el instrumento que mantiene vivas a las naciones que quieren regir por ellas mismas las políticas de bienestar que ahora más que nunca se necesitan. Como Suecia. Como Dinamarca. Como Israel. Como en tantos otros países del mundo constituidos en Estado.

Si no podemos desfallecer para combatir la pandemia, ¿por qué deberíamos doblegarnos y renunciar a lograr la independencia? No hay mal que cien años dure. El mundo solo cambia con la lucha. Así pues, les deseo lo mejor para el 2021 y les pido que no se dejen engañar con falsas promesas.

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