Pocos años atrás —concretamente, cinco—, la canciller alemana Angela Merkel era considerada el demonio. Incluso el conservadurismo mediático cargaba contra Merkel y lo que entonces se denominaba “austericidio”. Recuerdo haber leído un artículo de las profesoras Miriam Suárez Romero y Lorena R. Romero Domínguez, de la Universidad de Sevilla, sobre la percepción negativa que un diario conservador como La Vanguardia transmitía de Angela Merkel. Esta es una de las conclusiones de las investigadoras andaluzas: “En primer lugar, podemos afirmar que La Vanguardia se ha posicionado de forma negativa sobre Angela Merkel en los textos de opinión. Casi el 40% de las piezas analizadas tomadas en conjunto presentan una valoración desfavorable hacia la canciller, aunque cabe matizar que la diferencia con las valoraciones positivas (34,88%) no es muy alta, debido a la variación en los posicionamientos de los distintos años. La evolución en el tratamiento de Merkel no presenta una evolución lineal cualitativamente ascendente o descendente, sino de altibajos. En 2005 es aún una candidata inexperta y desconocida, valorada negativamente; en 2009 las alusiones son mayoritariamente positivas y su reelección es presentada como una buena noticia para Europa. Las apreciaciones vuelven a tornarse negativas en 2013, tras haberse desarrollado toda la crisis económica desde las anteriores elecciones federales”. Esta percepción negativa de Merkel también era evidente en las piezas de los corresponsales internacionales, que en el diario de la derecha catalana son de extrema izquierda.

Supongo que si estas dos profesoras repitieran en estos momentos su estudio, la imagen de Angela Merkel estaría encumbrada en lo alto de un pico altísimo de popularidad. La crisis de los refugiados hizo que los más descreídos, los más doctrinarios, empezaran a revisar la crítica frontal a una de las políticas más importantes de la derecha europea desde los tiempos convulsos de Margaret Thatcher, que entre 1979 y 1990 cambió la Gran Bretaña con mano de hierro y provocó una revolución conservadora por todas partes. Thatcher era una mujer conservadora, hija de un metodista muy estricto; Merkel, en cambio, es hija de un pastor luterano que ejerció en la RDA y donde Merkel fue miembro de las juventudes del partido comunista. Años después fue decantándose por los democristianos, hasta integrarse en la CDU una vez caído el Muro de Berlín. Es bueno recordarlo, porque no es lo mismo ser conservador que democratacristiano. Para entendernos, si estuviéramos hablando de Catalunya, en ningún caso Manuel Carrasco i Formiguera, el que fuera fundador de UDC, sostenía los posicionamientos conservadores de Francesc Cambó ante el golpe de estado de 1936. Quizás fuera por eso que Carrasco fue fusilado por Franco el 9 de abril de 1938, hoy se cumplen 82 años, y Cambó le pagó las misas al general golpista.

Merkel ha dado sobradas muestras de sabiduría política para confiar más en ella que en la pandilla de exaltados españolistas de derechas y de izquierdas que mandan en España

Estos días leo que la única esperanza que le queda a Europa para sobrevivir es que Angela Merkel se decida a dirigir la recuperación pospandemia. Quien más lo defiende es el historiador y columnista Timothy Garton Ash: “En Europa hay una persona que puede tomar y defender las medidas que son necesarias: la canciller Merkel —escribía hace unos días en The Guardian—. El año pasado argumenté que Alemania necesitaba un cambio de gobierno, porque la gran coalición estaba agotada y fortalecía los extremos políticos que se oponían a ella. Ahora, en medio de esta tormenta de fuerza 10, esto queda descartado”.

Es verdad que el partido de Merkel está descabezado desde la dimisión de Annegret Kramp-Karrenbauer, la candidata del relevo que ha resultado ser un fiasco. Merkel tiene 65 años —un año menos que los que tenía Winston Churchill en 1940, cuando empezó su esplendor—, y hoy en día tiene una autoridad moral con la que ha conseguido revertir las opiniones negativas que una izquierda desnortada proyectaba sobre ella. Con la crisis de los refugiados Merkel ya pasó la mano por la cara a la mayoría de los gobernantes europeos. Ejerció un liderazgo nunca visto entre la derecha europea de los últimos tiempos. Tendríamos que retrotraernos a la época del general De Gaulle y del canciller Adenauer para encontrar un ejemplo mejor. Lo que teme Garton Ash, sin embargo, es que Merkel aproveche la ocasión para estrujar todavía más a la UE. La Europa unida es una unión monetaria que no ha conseguido en absoluto los objetivos políticos con los que fue planteada y que, además, tiene un desarrollo económico muy desigual. Merkel tiene la oportunidad de imponer unas normas sin demasiada oposición. Pero si quiere hacerlo, primero tendrá que resolver el mar de fondo que está destruyendo las democracias occidentales. Y esta agitación subterránea no es otra que el ascenso del autoritarismo en muchos estados de la UE, incluso en los teóricamente democráticos, como por ejemplo España. A diferencia de los años treinta hitlerianos, la Alemania de Merkel puede ser una garantía democrática contra todos los abusadores.

Dicen que una llamada de Merkel a Mariano Rajoy acabó con el espectáculo de los porrazos y el secuestro de urnas el 1-O. Sea cierto o solo sea un mito, Merkel ha dado sobradas muestras de sabiduría política para confiar más en ella que en la pandilla de exaltados españolistas de derechas y de izquierdas que mandan en España. Si Merkel lo quiere y se queda, apuesto que los columnistas de La Vanguardia se dejarán llevar por el oleaje y elogiarán a la canciller más que nadie. Es el ADN de la casa. Entonces todos los “cuñados” escribirán a favor del diálogo incluso con el más “malvado”, Carles Puigdemont.

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