El presidente ruso, Vladímir Putin, ha demostrado a lo largo de los años una notable habilidad para encontrar oportunidades en medio de las crisis. La escalada militar alrededor de Irán podría ser el último ejemplo de esta estrategia. Mientras la atención internacional se centra en el conflicto del Golfo, el Kremlin parece decidido a mantener la mirada puesta en su objetivo principal: doblegar a Ucrania.
El año había comenzado con Putin mostrando confianza en su campaña militar contra Ucrania, a pesar de los avances limitados en el frente. Pero a principios de enero, la administración de Donald Trump golpeó el prestigio ruso con la caída del presidente venezolano Nicolás Maduro, un aliado clave de Moscú, después de una operación de comandos que sacudió el equilibrio regional.
La guerra con Irán tampoco parecía inicialmente favorable para el Kremlin. Los ataques selectivos de Estados Unidos e Israel pusieron fin a la vida del líder supremo iraní, Alí Khamenei, otro socio estratégico de Rusia, y destruyeron numerosos objetivos militares del país. La alianza estratégica firmada entre Moscú y Teherán el año anterior parecía, de repente, perder peso. Khamenei se añadía así a una lista reciente de aliados del Kremlin que han caído. A finales de 2024, el régimen del dictador sirio Bashar al-Assad, durante años protegido por Moscú, también se derrumbó.
La relación con Trump, pieza clave
A pesar de estas pérdidas simbólicas, Putin parece priorizar otro elemento: su relación con Trump y el margen de influencia que le puede dar en el conflicto ucraniano. Esta semana, ambos líderes han mantenido una conversación telefónica de una hora, la primera desde el pasado diciembre. Según el Kremlin, el diálogo se centró principalmente en la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, pero también incluyó referencias al conflicto de Ucrania.
Según el resumen oficial ruso, Trump reiteró su interés en que la guerra termine con un alto el fuego que permita una solución duradera. El relato del presidente estadounidense, sin embargo, fue ligeramente diferente. Trump explicó que Putin quería “ser útil” en Oriente Medio, pero le respondió que sería aún más útil si ayudaba a poner fin a la guerra entre Rusia y Ucrania.
A pesar de condenar oficialmente los ataques contra Irán y lamentar la muerte de Khamenei, Putin ha evitado criticar personalmente a Trump. Varios analistas, recoge la CNN, interpretan esta prudencia como un intento deliberado de mantener abiertos los canales con la Casa Blanca. Para Moscú, presentarse como un actor dispuesto a contribuir a la estabilidad regional puede tener un objetivo claro: conservar una relación funcional con Washington y preservar margen de maniobra en el dossier ucraniano.
La energía, un factor decisivo
La crisis también puede tener un impacto directo en la economía rusa. El cierre efectivo del estrecho de Ormuz ha desencadenado una nueva tensión en los mercados energéticos globales. El precio del petróleo ya ha superado los 100 dólares por barril, y algunos expertos advierten que podría llegar a los 150 dólares si las interrupciones del tráfico marítimo continúan.
Para Rusia, uno de los principales exportadores de crudo del mundo, este escenario es potencialmente muy favorable. Además, la administración Trump ha concedido recientemente una exención temporal de treinta días a la India —uno de los clientes energéticos más importantes de Moscú— para continuar comprando petróleo ruso que había quedado bloqueado en el mar.
Este cambio llega después de que el Departamento del Tesoro estadounidense sancionara el año pasado a las dos mayores petroleras rusas e impusiera aranceles secundarios a la India por sus importaciones de crudo ruso. Con precios más altos y mercados aún abiertos, el Kremlin podría obtener ingresos adicionales para sostener la economía en tiempos de guerra, justo cuando la inflación y el déficit presupuestario comenzaban a generar preocupación.
Una guerra que continúa en segundo plano
Mientras el foco internacional apunta hacia el Golfo, la guerra en Ucrania continúa. En los últimos días, drones y misiles rusos han golpeado varias ciudades ucranianas sin provocar el mismo impacto mediático que en otros momentos del conflicto.
Esto podría jugar a favor del Kremlin. Con la atención global dispersa, Rusia puede mantener la presión militar mientras espera que las dinámicas políticas internacionales evolucionen.
En este contexto, la crisis con Irán puede acabar generando dividendos inesperados para Putin. Entre el aumento de los ingresos energéticos, la distracción de las capitales occidentales y su relación con Trump, el líder ruso podría encontrar en este nuevo conflicto una oportunidad para reforzar su posición en la guerra que realmente le importa: la de Ucrania.