Este junio y principios de julio, ha quemado en Catalunya un 75% de la superficie quemada entre junio y septiembre del año pasado; más de 3.000 hectáreas con grandes incendios como el de Les Gavarres o los que han afectado a Sentmenat y la comarca de la Anoia. El escenario es casi apocalíptico. Desde el 1 de enero de este año, se han producido cien incendios más que el año pasado. De hecho, el jefe de Bombers, David Borrell, aseguraba que las condiciones extremas de estos días eran muy parecidas a las del fatídico verano de 1994, en el que quemaron más de 75.000 hectáreas que dejaron el país cubierto de ceniza.

Catalunya tiene la suerte de contar con un cuerpo de extinción que es referente a nivel mundial

Si algo explica esta diferencia abismal de cifras, es el talento, la capacidad estratégica y la excelencia de nuestro cuerpo de Bombers, con Borrell al frente. Catalunya tiene la suerte de contar con un cuerpo de extinción que es referente a nivel mundial y es de justicia valorarlo.

Los Bombers de la Generalitat, sin embargo, luchan contra el fuego con todos los elementos en contra. Por un lado, los efectos evidentes del cambio climático, que casi nadie —a excepción del primo científico de Mariano Rajoy— se atreve ya a cuestionar. Por el otro, la escasez de lluvias y unas temperaturas que destrozan récords diariamente son aliados infalibles del fuego, lo que provoca que el terreno de juego sobre el que se actúa sea cada vez más accidentado.

El debate público, sin embargo, a menudo se limita a esto. Estas semanas oiremos a representantes públicos lamentándose de los efectos perversos del cambio climático, dando codazos para aparecer en los centros de mando de los Bombers —en contra de la voluntad de los profesionales— y utilizando frases convertidas en tópicos, como que "los incendios se apagan en invierno". Llegará, sin embargo, el otoño y los incendios dejarán de ser una prioridad hasta el verano siguiente, en que todo el mundo volverá a echarse las manos a la cabeza.

Cuando llegue el otoño, estos representantes públicos volverán a poner el foco en la ampliación del aeropuerto de El Prat, que se calcula que aumentará un 33% las emisiones de CO₂ y hará que se pase de 55 a 80 millones de pasajeros anualmente. Justamente, AENA ha adjudicado hace pocos días la redacción del Plan Director que guiará la ampliación de El Prat. La maquinaria, como ven, no se detiene ni en periodo estival.

Cuando llegue el otoño y los incendios ya no quemen, los mismos representantes públicos quizás nos volverán a sorprender con la necesidad de sacar adelante el Hard Rock para "potenciar la economía de la zona". Obviarán, claro está, su impacto ambiental —tres millones de agua diarios y un consumo energético equivalente a una ciudad de treinta mil habitantes— y la contribución a perpetuar un modelo turístico de bajo coste, un modelo que va en línea contraria a lo que necesitamos para luchar con efectividad contra las llamas.

Seguramente, estos días escucharán declaraciones de nuestros mandatarios sobre la ola de incendios que azota el país, haciendo hincapié en la necesidad de hacer más prevención, cambiar el modelo de gestión forestal o facilitar el trabajo de nuestros agricultores. Antes que nada, sin embargo, pregúntense qué modelo de país defienden estos representantes. Es una condición sine qua non para averiguar si hablan desde la sinceridad o desde el cinismo.