Por mucho que nos resistamos, la IA, en forma de nuevo amigo invisible, ya está instalada en nuestras casas. Resulta difícil poner fechas exactas a la evolución tecnológica disruptiva. Pero si hacemos un poco de memoria, hay un antes y un después en muchos cambios en los últimos cuarenta años. TV3 rompió el monopolio de los dos canales televisivos en 1983; Nokia, el monopolio del teléfono fijo en 1992, y Google se convirtió en el rey de los navegadores en 2008. Posiblemente, ChatGPT, aunque nacido a finales de 2022 y con muchos otros entornos IA haciéndole la competencia, será en 2026 cuando impactará con fuerza y nos descubrirá toda la potencia de la nueva era de la IA.

Hace solo unos pocos meses que me he atrevido a jugar con la IA. Estoy aturdido y, os lo confieso, enfermo de IA. Es mucho más grave de lo que jamás me habría podido imaginar. Y creedme que ya perdí un año entero en 1986, estudiando un programa de matemática simbólica, cuando la IA, en aquel momento, tuvo una primera salida en falso a nivel científico. Los ordenadores de los años 80 no tenían, ni podían soñar con tener, la capacidad de memoria, de cálculo, de programación algorítmica y de aprendizaje que tienen ahora.

Pero dejemos la nostalgia para otro momento y centrémonos en lo fundamental de la IA: ha cambiado para siempre la gestión del conocimiento humano. Por un lado, la IA es como el nuevo bibliotecario de la antigua biblioteca de Alejandría, que acumulaba todo el conocimiento documentado de la época. Tiene acceso infinito a todo el conocimiento disponible en la red y dispone de una memoria infinita y de una capacidad relacional ordenada infinita. Y hablo de un infinito a efectos prácticos, porque si empiezo a dar cifras nos perderíamos. Repito: tenemos a nuestra disposición un conocimiento ordenado, infinito, y accesible de manera resumida y explicada. Pero, al mismo tiempo, la IA es también la nueva academia de Platón, con capacidad de razonar infinita. Porque lo más importante, tenedlo muy presente, son las preguntas que le hacemos. ¡Nos permite dialogar sin parar! Este es para mí el gran descubrimiento. Debemos aprender a formular las preguntas correctas. ¿Qué entenderemos por conocimiento a partir de ahora? Me atrevo a decir que la acumulación nos será totalmente inútil y solo tendrá sentido cómo saber gestionarlo. La IA ha cambiado nuestra relación con el conocimiento. El sabio, entendido como un compilador de conocimientos, queda vencido, superado, como lo han quedado los maestros del ajedrez y, después, del go. Es la sabiduría de Heráclito la que debe fomentar la IA, la que rehúye la acumulación del conocimiento y exige una actitud crítica e indagadora.

La IA ha cambiado para siempre la gestión del conocimiento humano

Por eso impactará, entre muchas otras cosas, en la manera de enseñar y de aprender. Recuerdo haber disfrutado muchísimo, cuando estudié en el IESE, con el método del caso, reinventado a finales del XIX en Harvard y exportado a la mayoría de escuelas de negocios durante el siglo XX. Consistía en analizar un caso práctico, ver sus alternativas y aprender a defender la propia respuesta. Leyendo la autobiografía de Heisenberg, aparece el seminario como herramienta de aprendizaje del mundo científico a inicios del siglo XX. Porque en ciencia, el aprendizaje basado en la resolución de problemas era (y es) la forma más segura de saber que has comprendido la teoría. Creo, pues, que el método del caso y los seminarios acabarán, seguramente, sustituyendo a las clases magistrales. Pero nunca se podrá sustituir a los maestros. Al contrario, el buen maestro será (de hecho, es) aquel que se preocupa por el alumno y por su formación integral como persona.

Yendo más allá, me atrevo a decir que la IA cambiará nuestra forma de hacer negocios, nuestro ocio, nuestra relación con la lectura, todo. La IA domina todos los formatos de comunicación: imágenes, presentaciones, vídeos, dibujos, músicas, etc. Domina todo tipo de idiomas y lenguajes: escritos, orales, matemáticos, físicos, químicos, incluso de programación. Domina incluso tu propio lenguaje, ya que puede escribir imitando tu propio estilo y contestarte según tus preferencias

Pero la IA no nos puede sustituir. La IA no tiene aspectos emocionales en su programación. Ni los podrá tener nunca. Podrá emularlos, pero no sentirlos. La IA deja al descubierto el valor de la inteligencia humana que pasa por la percepción, la relación y el contacto. Existe un aprendizaje humano insustituible y que, seguramente, ahora pondremos mucho más en valor. Como el sentido del humor, que es también insustituible. Cada uno lo tiene distinto y es inclasificable, por lo tanto, no puede ser generado por la IA. Ni tampoco tendrá la parte espiritual. Si le preguntas si crees en Dios, la IA de Google te contesta que “Google Search no tiene creencias personales”. Al menos es más sincera que muchos de nosotros. La recepción de la trascendencia no puede ser filtrada por la IA. Estemos, pues, tranquilos. Es una herramienta de los hombres y para los hombres. No le tengamos miedo. (Confieso que he utilizado la IA seis veces para escribir este artículo).